Ya estoy escuchando las críticas y casi que puedo ver los dedos acusadores. Según de dónde venga, me van a decir: opresor, de ultraderecha, conservador u oligarca. Bueno… hace poco me dijeron que “obviamente era un admirador de la dictadura militar” (¡para nada, eh!). El problema es que algunas cosas que dice la Biblia, cuando se la saca de contexto y cuando no se entiende el trasfondo sociocultural, parecen cualquier cosa menos Palabra de Dios.
¿Leíste cuando Pablo habla de “entregar a Satanás”? (1 Corintios 5:5; 1 Timoteo 1:20). No parece muy cristiano… O cuando leemos acerca de las cuatro mujeres (dos esposas y dos concubinas) de Jacob, tampoco parece muy moral… (Génesis 29 y 30). ¿Y la historia de Jefté sacrificando a la hija? (Jueces 11:30-36). ¿Y cuando Samuel miente? (1 Samuel 16:2). Así podría seguir y darte una lista de situaciones que, sacadas de contexto bíblico y sociocultural, parecen cualquier cosa menos inspiración de Dios.
Pero cuando nos metemos en tema, todo cobra sentido. Por eso es tan importante no solo leer, sino aprender a leer la Biblia (así como cualquier otro libro), para no caer en el error o darle crédito a los que dicen que la Biblia se equivoca, se contradice o que solo son metáforas.
Proverbios 22:16 dice: “Quien explota a un pobre lo enriquece; el que da a un rico lo empobrece.”
¡No disparen! No lo digo yo, lo dice Salomón, lo dice la Biblia, la Palabra de Dios. Y antes de que pienses que se trata de un abuso y que Dios aprueba la explotación del pobre (¡te conozco!), dejame mostrarte otra cara, la que es de bendición.
Sí, el Yin-Yang dice que en todo lo bueno hay algo malo y en todo lo malo hay algo bueno (¡qué necesidad de provocar, pastor!). Y aunque lo dice el Yin-Yang, es real, o al menos el principio aplicado es real.
No todo lo malo es tan malo como parece, y no todo lo bueno tampoco lo es; sino que, de todo, tenemos que aprender a “entresacar lo precioso de lo vil” (Jeremías 15:19), o a “examinarlo todo y retener lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21), o —para hacerlo más simple— “que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien…” (Romanos 8:28, aunque esto esté condicionado por el propósito a cumplir).
Vuelvo al punto, no me fui: si aprendemos a ver lo bueno aun en medio de lo malo, los fracasos se convierten en escalones y las pruebas en herramientas de promoción.
“Quien explota a un pobre lo enriquece; el que da a un rico lo empobrece.” ¿Cuántas veces te dije que tu entorno no te condiciona? Es más, hoy leí una frase de Tony Robbins (orador y conferencista motivacional) que dice: “No son tus condiciones las que determinan tu destino, sino tus decisiones.” (¿Se habrá copiado de mí?) No creo que se haya copiado de mí, ni que me haya leído o escuchado, pero seguramente leyó Deuteronomio 30:19, que dice:
“Hoy pongo al cielo y a la tierra por testigos contra ti, de que te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida, para que vivan tú y tus descendientes.”
Son tus decisiones las que determinan tu destino…
Entonces, mi entorno no me condiciona, pero sí me posiciona o me impulsa. A veces no sabés de qué sos capaz hasta que no te ves obligado a intentarlo (como David Banner, el Increíble Hulk), o las condiciones que te rodean son tan malas o negativas que solo te queda patalear y subir para poder salir de ellas (si no, preguntale a la “rana sorda”).
El que explota a un pobre lo hace por malicia, por abuso, por mala persona, por odio y rechazo. Lo hace por desprecio, por menosprecio, por superioridad o, peor aún, por supremacía. Del mismo modo que el que le da a un rico no lo hace porque el rico lo necesite, sino por acomodo, soberbia, interés. Lo hace buscando un beneficio, quedar bien, ganarse un lugar…
Pero cuando el pobre explotado se enfoca en su potencial y en lo que puede hacer por medio de Cristo… así como el ciego dejó de ser ciego mientras era burlado por la gente a su alrededor, el pobre deja de ser pobre poniendo el foco en lo que puede hacer y en lo que puede alcanzar.
No sé si sos pobre o si alguien te está explotando. Aunque así sea, no sé si te sentís explotado o no. Pero lo que sí sé es que:
si dejás de lamentarte
si dejás de quejarte
si dejás de enojarte
si empezás a mirar arriba
si ponés el foco adelante
si sacás a relucir tu potencial…
El que te quiso hacer un mal, termina haciéndote un bien…
¿Te imaginás lo que habría pasado si José se encerraba en su lamento? (Génesis 50:20)
Tenemos que cambiar la manera de pensar, la manera de ver y la manera de actuar…
“Quien explota a un pobre lo enriquece…”
