Hay un dicho popular gracioso que dice: “Estos son mis principios; si no te gustan, tengo otros.” Alude a esas personas que acomodan sus valores a la situación que les toca, que quieren caer siempre parados y buscan estar del lado del ganador.
En otros ámbitos les dicen “panqueque” porque se cocinan al darse vuelta y, entonces, no tienen problema en cambiar su posición.
Los principios son los valores firmes que hacen y sostienen tu personalidad y carácter. Son esas cosas que, como columnas, son inamovibles en tu forma de ser. Son las cosas que no cambian; que pase lo que pase, permanecen.
Principios son también las normas establecidas de conducta: se debe hacer tal cosa, nunca tal otra, y actúan como una regla para saber cómo y por dónde actuar.
La Biblia está llena de principios. Es más, se podría decir que es un libro de principios, y cuando estos conceptos salen de la boca de Jesús, ya no son solo columnas, sino base y fundamento de la vida y de la fe.
Hace poco descubrí un principio mencionado por Jesús que es parte de la enseñanza sobre el rompimiento de patrones, dentro de la serie Rompiendo Maldiciones Generacionales. Jesús dijo:
“Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por su propia cuenta, sino solamente lo que ve que su Padre hace, porque cualquier cosa que hace el Padre, la hace también el Hijo.” (Juan 5:19).
No existen maldiciones generacionales: existe una repetición de patrones de conducta aprendidos y hábitos adquiridos. El hijo hace lo que el padre hace.
Así, del mismo modo, Jesús habla del desarrollo y el crecimiento personal. Nos han enseñado que si alguien no nos mentorea, no podemos crecer; que si no estamos bajo cobertura, no tenemos autoridad; que si no tenemos un padre espiritual, somos huérfanos en Cristo. Y estas cosas son más o menos ciertas hasta cierto punto en el desarrollo (ojo… más o menos ciertas).
Sí, porque necesitamos una guía, alguien que nos forme, que nos acompañe en el desarrollo y, por qué no, que supla esa carencia de paternidad. Ahora, sentirnos huérfanos en Cristo es una aberración, tal como lo es creer en la maldición generacional.
Gálatas 4:2 dice que el heredero de la casa “…está bajo el cuidado de tutores y administradores hasta la fecha fijada por su padre.” Hasta la fecha fijada por el padre.
El tutor tiene un tiempo; el guía, el mentor, tienen un tiempo. Pero cuando ese tiempo llega, ya no hace falta bastón.
Pero en su tiempo sirvió: transmisión de principios, de valores, formación de criterios, de pensamiento. Somos lo que hicieron de nosotros nuestros padres, nuestros guías, nuestros maestros, nuestros profesores, líderes y pastores. Claro que también somos lo que permitimos y aceptamos, pero en definitiva, somos consecuencia y resultado de todo eso.
Por lo tanto, es de vital importancia saber elegir quién es tu guía, tu mentor, etc.
No podés elegir a tus padres, y si no te han sabido formar, en ese caso sirve la figura de la paternidad espiritual…
Es importante saber debajo de quién estás, qué criterios vas a tomar, qué filosofía, qué ideología vas a seguir. Edwin Cole, autor del libro Hombría al Máximo, dice: “La persona bajo cuya autoridad te colocás determina la clase de vida que vas a vivir.” y “Lo que tolerás, terminás viviendo. Lo que aceptás, se convierte en tu estándar.”
Repito: es importante saber debajo de quién te ponés y elegir quién va a aportar a tu formación.
Jesús dijo: “De cierto, de cierto les digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que lo envió.” (Juan 13:16). Un principio establecido que muestra que no vas a salir de la línea de lo que permitís y aceptás.
También dijo Jesús: “De cierto, de cierto les digo: El que recibe al que yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.” (Juan 13:20). Un principio que establece que sos un representante de aquel que te manda o delega, que seguís sus pasos, su forma.
¡Ojo! Este último también es una advertencia para quienes delegan…
Aquel que mandás en tu nombre, habla de vos:
El que está en la puerta, el que atiende a la gente, el que cobra en la caja del negocio o le muestra la mercadería, el ujier que acomoda, quien asiste en los baños, el que abre la reunión e incluso el que maneja el aire acondicionado.
Todo habla de quien manda.
Me parece que me estoy excediendo en demasía. Así que hasta acá llegamos. Pero antes…
¿Debajo de quién te colocás?
¿Qué ideología, qué filosofía estás siguiendo?
¿A quién estás representando?
¿Qué o a quién ven los demás cuando te ven?
¿Sos un fiel reflejo de lo que creés o a quién servís?
¿Quién forma tu criterio? ¿Qué alimenta tus pensamientos?
¿Estás bajo una cobertura que te limita y condiciona?
Es importante saber debajo de quién estás.
Es importante definir a quién servís.
Es importante elegir a quién escuchás.
Es necesario ser espejo de lo que creo, lo que pienso, lo que vivo y a quién sigo.
