“¡Oíd, mortales, el grito sagrado: libertad, libertad, libertad!”
Con estas palabras reflejó Vicente López y Planes el anhelo del corazón de todo hombre y mujer sobre la faz de la tierra: el derecho a la libertad.
Fuimos creados para vivir en libertad. Fuimos creados con capacidad de gobierno, lo que implícitamente es una declaración de libertad porque, ¿quién, que no sea libre, puede gobernar?
Desde el principio de los tiempos, la humanidad luchó por su libertad. Al mismo tiempo —y porque en toda lucha hay dos partes—, el otro lado de esa lucha lo ocupan los que quieren adueñarse de la libertad del otro: los que oprimen, los que dominan, los que conquistan y esclavizan.
A principios del siglo XIX, nuestro país se sumó a la movida revolucionaria independentista que impactó primeramente en Estados Unidos en 1776, la Revolución Francesa de 1789 y las guerras napoleónicas con hambre expansionista que convirtieron a Europa en un caos.
En ese contexto, los criollos (los hijos de españoles nacidos en el virreinato) vieron la oportunidad de dejar de depender de un reino colonialista y aventurarse al autogobierno.
Fuimos creados en libertad para vivir en libertad, y era una utopía —toda una fantasía— pretender que los pueblos acepten vivir bajo dominación (o que las iglesias deban depender del Gran Hermano Cobertura que los dirija y controle… comentario al pasar).
Por eso no es extraño que ya en los Salmos se hable de libertad. Dice el Salmo 119:44-45: “Yo cumpliré siempre tu ley, desde ahora y para siempre. Solo así seré completamente libre, pues he buscado seguir tus mandamientos.”
La libertad es un derecho inalienable, que está en la esencia humana, y que depende de ciertas condiciones y nos confronta a tomar un compromiso.
Así como los criollos clamaron por su libertad, y el 25 de mayo de 1810 el primer gobierno patrio vio la luz, del mismo modo, cuando nos presentamos delante de Dios, cuando nos acercamos a Cristo, ejercemos nuestra libertad de seguirlo y así disfrutar la libertad que Él nos otorga.
La libertad de los pueblos fue el resultado de una revolución, que a su vez fue resultado de un clamor. Sin clamor no hay revolución; sin clamor no hay libertad.
Hoy todavía, como en época de Jeremías, Dios nos sigue diciendo: “Clama a mí y te responderé” (Jeremías 33:3); y como declara Mateo: “Pidan y recibirán, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá” (Mateo 7:7-8).
La libertad comienza con un clamor: el clamor de experimentar la restauración de Dios en nuestra vida, de disfrutar una alternativa distinta, de creer y compartir… que se puede vivir de otra manera.
“Si el Hijo los liberta, serán verdaderamente libres” (Juan 8:36).
