¿Quién te dijo que si vas a la iglesia se te terminan los problemas?
¿Caíste en el marketing de “la Universal”? ¡Pare de sufrir! Es más… ¿quién te hizo creer que a la iglesia se va para dejar de sufrir o que se terminen los problemas?
En realidad, si hacemos una mirada objetiva, es muy probable —muy probable— que los problemas aumenten. O al menos, algunos problemas. Retumban en mis oídos las palabras de Jesús:
“He venido para poner al hijo contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra” (Mateo 10:35).
Con la suegra es entendible, ¿pero con la vieja?
Y sí… es más, es algo que sufrí (¡ves que no parás de sufrir tan fácil!) en carne propia.
Mi mamá se me puso en contra en cuanto me acerqué a Dios. Me trató de fanático y sectario. Se puso en pie de guerra contra mí y mi familia. Los años pasaron, y aunque el tiempo no borra nada, Dios sana las heridas y restaura. Pero ella sigue siendo oposición.
El conflicto es más profundo, no es una simple cuestión familiar o de celos, sino un tema espiritual. Desde el día que le dijiste sí a Cristo, estás en medio de una batalla espiritual: una guerra contra lo que te quiera hacer volver atrás.
No vas a la iglesia ni llegás a Dios para que las cosas te vayan bien.
Sí, es cierto, es un buen gancho que el mismo Señor nos pone por delante. Es la “zanahoria del burro”, ¿viste? Es como dice Deuteronomio: “Si querés que te vaya bien… andá por el camino del Señor” (capítulo 28, recontra parafraseado y simplificado).
A través de esas necesidades que te hicieron mirar a Dios, se te abre un nuevo panorama, un camino distinto hacia una vida distinta.
Evangelio es transformación, y evangelio es salvación: ser rescatado “del reino de las tinieblas al reino de Cristo” (Colosenses 1:13).
Ahí tenés una buena razón para que haya oposición espiritual, y que impacta en aquellos que no entienden a Dios y son usados para combatirte: mi mamá.
Pero no quiero hablarte de oposición, sino de procesos.
Porque también los procesos que nos llevan al crecimiento espiritual tienen su cuota de aflicción, crisis, dolor… prueba.
Porque así como cuando procurás un cambio en tu vida empezás a cambiar tus formas, así cuando querés “codearte” con otro nivel, vas cambiando tu aspecto, vestimenta o forma de hablar.
Así como cuando querés conseguir un mejor trabajo, te preparás y estudiás; para la plenitud en Cristo y su consecuente bendición, hay cosas que debemos dejar, otras tomar, otras aprender, otras pulir…
¿Acaso pensás que el que va a correr una maratón no se prepara previamente?
¿Acaso creés que el que tiene que rendir un parcial tira los libros y se emborracha la noche previa?
¿Acaso se te ocurre que el que quiere progresar gasta todo lo que tiene en noche y diversión?
¡Si hasta una fea parra tiene que ser cuidadosamente podada para que dé mejores uvas!
Dijo Jesús: “Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (Juan 15:2).
Para avanzar y progresar en tu vida cristiana es necesario que seas podado.
Que se corte lo que sobra, que se saque lo que te consume.
Que aquello que está seco deje de ser un parásito.
Que lo que resta sea quitado y lo que no da fruto desaparezca.
Así como si la parra pudiera hablar, no nos gusta cuando Dios manda su tijera de podar.
Supongo que la planta gritaría, se quejaría, y si pudiera, se iría; pero como las raíces se lo impiden, no le queda otra que dejarse cortar.
Ahí es donde entra Pablo diciendo: “…dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar” (Romanos 12:2, NTV).
Resistir solo retrasa el proceso, ese proceso necesario para crecer y avanzar.
Es natural evitar ser lastimado, pero es un poco de tontos impedir ser formado.
La meta no es cortar por cortar, sino para aumentar tu capacidad de generar fruto.
Tal vez no te dabas cuenta de que algo te mantenía estancado, pero el labrador ve si hay o no fruto.
¿Te pusiste a pensar si hay algo que detiene tu crecimiento?
¿Revisaste si estás creciendo, si estás dando fruto?
¿Te das cuenta si algo está consumiendo “tu savia”?
¿Esquivaste alguna vez la tijera de la mano del Señor?
No le tengas miedo a la tijera de Dios.
No te está castigando, te está formando.
No te está hiriendo, te está preparando.
No te está quitando, te está dejando listo para dar más.
Si estás atravesando una temporada de poda, ¡no te escapes! No te resistas.
Quedate quieto, Dios sabe lo que hace. Y aunque hoy tal vez duela, el fruto que viene después hace que valga la pena.
No es malicia…
Es un proceso.
Es poda.
Es formación.
Es evangelio.
Y el que comenzó la buena obra en vos, la va a perfeccionar (Filipenses 1:6), para sacar de vos tu mejor versión.
