Estoy buscando una frase para empezar mi reflexión, pero la que me viene a la cabeza no es apropiada. Es algo que siempre me decía mi mamá, pero que realmente no sería correcta. Es algo… desubicada. Es algo… ¿vulgar?
Ella lo decía siempre que me encaprichaba con algo solo por haberlo visto: a veces porque otro lo tenía, otras veces por verlo en una vidriera o al pasar, tal vez, en la tele.
Me parece que la estás identificando, capaz tu mamá también te la decía, así que decime: ¿te parece que puedo arrancar un devocional diciendo “¡tatata veo, tatata quiero!”? Viste. Me parecía que no.
Entonces, si ya entendiste, entendiste, y si no, imaginala. La cosa es que los caprichos no los tienen solo los chicos, sino que, a medida que vamos creciendo (dije “creciendo”, no “madurando”), va creciendo el tono, el peso, el valor del objeto de capricho.
A los 5, tal vez era un autito a control remoto; a los 15, puede ser una PlayStation; a los 18, un auto, sin control remoto, claro; a los 25, otro auto, y así podría seguir. Dicen que los hombres (hablo de los varones) solo cambiamos los juguetes.
Recuerdo un capricho apenas me convertí a Cristo. Corría el año 1992 (sí… siglo pasado) y quería tener una valiosísima e inalcanzable Biblia Thompson. Oré al Señor, le pedí a Él que, si era su voluntad (prolijo para orar el tipo), me diera ese pedazo de Bibliaza… A la semana siguiente me la compré en cuotas…
Pasan los años o los intereses, y vamos cambiando de caprichos y, por qué no, de berrinches.
El problema es que, muchas veces, una vez obtenido, ya no genera el mismo interés. En los juguetes de los chicos está a la vista: llorabas por el Scalextric hasta que lo tuviste… ahora lo juega papá (o tal vez el que lo quería era papá…).
El capricho tiene ese efecto: cuanto más difícil de alcanzar, más aumenta el deseo; cuanto más lejano está, más lucho por tenerlo; cuando lo tengo en mis manos, pasa al estante de los trofeos y empezamos una nueva cacería.
Ahí descubrimos que la necesidad no estaba en el objeto, sino en saciar nuestro vacío. Tal vez alguna carencia o algún rechazo, tal vez alguna falta de afecto, tal vez remediar lo que no me pudieron dar de chico, tal vez necesitar que vean que “yo también puedo”.
Sea como sea, cuando nos dejamos manejar por caprichos, emociones y deseos, solo damos vueltas en calesitas emocionales que, cuando paran, nos dejan en el mismo lugar. Otra vez vuelta a empezar.
Dice Warren Buffet que, cuando te viene el impulso de comprar algo, esperes una semana a ver si realmente lo necesitás. O Séneca, que dijo: “Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco”, seguido de: “No es pobre el que tiene poco, sino el que desea más”. O mejor aún, Jeremías: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9), o la historia que nos cuenta hoy Samuel, sobre Amnón, el hijo de David:
“…después de violarla, el odio que sintió por ella fue mayor que el amor que le había tenido, así que le ordenó: ‘¡Levántate, y lárgate!’” (2 Samuel 13:15)
Creo que el consejo de Buffet es bueno. Bueno, todos los demás también. Si Amnón hubiera ocupado su mente en otra cosa, se hubiera evitado varios problemas. O uno al menos: Absalón lo asesinó vengando a su hermana Tamar.
Eso trajo como consecuencia que David desterrara a Absalón, para no condenarlo a muerte.
Eso trajo como consecuencia que Absalón acumulara rencor contra su padre.
Eso ocasionó que se levantara contra él en una suerte de “golpe de Estado”.
Eso hizo que David peleara contra Absalón.
Eso terminó con la muerte de Absalón…
(Efecto mariposa un poroto.)
¿Todo por qué? Porque Amnón se encaprichó con acostarse con Tamar.
¿Qué hacés cuando te viene el berrinche? O la tentación, o el capricho…
¿Cómo manejás tus deseos?
¿Sos de los que dan “rienda suelta” o de los que “sujetan su espíritu”?
¿Sos de los de “dominio propio” o de los que no tienen filtro?
Dominar las pasiones o deseos desmedidos, o los caprichos tontos por cosas sin sentido, puede evitar males mayores.
Ordenar tus prioridades, evaluar tu economía y tus gastos, puede ser la clave para no tomar malas decisiones.
No se trata de privarse de todo, sino de no ser esclavo de nada. Como dice Pablo:
“Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no me dejaré dominar de ninguna” (1 Corintios 6:12)
