Del conocimiento a la transformación

¡Qué importante es tener las cosas claras! ¡Qué importante es saber qué querés o qué esperás!

Siempre me deja un poco de sabor amargo cuando Jesús pregunta: “¿Qué querés que te haga?”, porque es una responsabilidad muy grande la que deja en manos del otro. Según la respuesta será lo recibido, y más aún cuando también dijo: “Conforme a tu fe… sea hecho”.

Eso me deja dos cuestionamientos: si el ciego no respondía que quería ver, ¿seguía siendo ciego? Si decía que quería ver, pero no tenía “la suficiente” fe (¿cuánto será “la suficiente”?) ¿habría sido sanado?

Lo bueno de esto es que nunca lo vamos a saber porque la historia fue otra pero… ¡qué importante es tener las cosas claras! Y no solo en cuanto a qué quiero, sino sobre con quién estoy.

Dios no hace “acepción de personas”, todos somos iguales ante él y las normas de respeto y convivencia me enseñan que, seas barrendero o presidente de una multinacional, tengo que tratarte de la misma manera. Pero si voy al médico por alguna afección, ¡no es lo mismo que me atienda la recepcionista, el de mantenimiento o el doctor!

Hebreos 11:6 dice que “es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe”, pero no alcanza con creer que él existe, sino, como dice Deuteronomio: “Sábelo bien: el Señor tu Dios es Dios” (7:9). O sea, no es cualquier cosa o uno más: ¡es Dios!

Hace un par de años di una serie de mensajes acerca del Padrenuestro, y dentro de ella una sección sobre los nombres de Dios. El enfoque no estaba dado en un estudio teológico o académico para memorizar y mandarme la parte conociendo El-Shaddai, El-Elyon, Adonai, Yahweh, con sus variantes adicionales: Rafa, Roi, Shalom, Tsebaot, Sama, Shiréh, etc., sino en “entender” que cada nombre representa una cualidad de Dios y, por lo tanto, es lo que puedo esperar que Dios haga, lo que puedo recibir de parte de él.

Cuando me acerco a Dios necesito algo más que saber que existe: que, sabiendo que existe, tiene la capacidad de suplir, proveer, dar lo que necesito y fui a buscar.

Jesús dijo: “El que pide, recibe; el que busca, encuentra, y al que llama, se le abre” (Mateo 7:8). Pero yo pregunto: el que pide, ¿a quién? Porque —de paso te digo— también Jesús dijo: “Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán…” (Juan 16:24). ¡Qué curioso! Justamente, hablando del nombre…

En la recta final de los últimos días de Jesús, ya cerca de la cruz, previo al arresto, Judas y unos soldados se acercan a él y él, Jesús, les pregunta: «¿A quién buscan?» (Juan 18:4). La misma pregunta retumba en mi cabeza y te quiero poner este problema: cuando te acercás a Jesús, ¿sabés a quién buscás?

Los soldados, con su razonamiento básico y lineal, le dijeron: “A Jesús nazareno” (Juan 18:5), y entonces él se manifestó. No, tranqui, no se endemonió ni se liberó. Sacó a relucir su esencia, porque dijo: “Yo soy”, la simplificación del nombre de Dios, del “tetragrama” (nada, dejá), eso mismo que Dios le dijo a Moisés: “Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros.” (Éxodo 3:14).

¿Estás entendiendo? ¿Te estás dando cuenta? ¿Te cayó la ficha? Jesús les dijo que él era (es) Dios. El que se apareció a Moisés en el monte.

Esto trajo consecuencias, obviamente. Nada ni nadie queda igual ante la manifestación del nombre de Dios. Nada permanece del mismo modo cuando Dios se muestra, cuando corre el velo o se quita la careta (a alguno esto no le va a gustar, así que bien) y, por lo tanto… “Cuando les dijo: «Yo soy», ellos retrocedieron y cayeron por tierra.” (Juan 18:6)

Nuevamente les pregunta: «¿A quién buscan?» (Juan 18:7), y ellos vuelven a responder: «A Jesús nazareno». Parece el encuentro de Dios con Elías o de Elías con Dios: un torbellino, un estruendo, un fuego… y el silbo apacible (1 Reyes 19:11-13), pero Elías, como si nada, siguió siendo el mismo, viendo que Dios estaba, pero sin permitirle ser transformado.

Cuando te acercás a Dios, ¿sabés a quién buscás? Si sabés, ¿le permitís que te transforme? (2 Corintios 3:18) ¿O seguís siendo el mismo?

Jesús replica: «Ya les he dicho que yo soy.» (Juan 18:8) ¿Cuántas veces te lo dijo a vos? ¡Pará! ¿Cuántas veces me lo dijo a mí…?

Cuando te acercás a Dios es necesario que creas que él existe. Y me imagino que creés, si no, ¿para qué te vas a acercar? Pero no te conformes con la capacidad intelectual de saber que “hay un Dios”, o peor aún, de pensar que “algo debe haber”. Creé que existe, que te escucha, que te espera y que tiene la capacidad de llevar tu vida a un nuevo nivel.

Uh, ahora empiezan los religiosos a criticar que no hablo de pecado… Sí, Dios condena el pecado y Dios perdona el pecado. Dice que: “El que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13). Así que obviemos ese paso… te acercaste a Dios, a recibir misericordia, como dice Hebreos, porque creíste en él y te apartaste de tus pecados. Ahora… creé que él tiene la capacidad de hacer de tu vida una vida sobrenatural.

¿Creés en Dios? ¿Le creés a Dios?
¿Te acercaste a Dios? ¿No? Acercate a Dios.
¿Te acercaste a Dios? ¿Sí? ¿Sabés quién es? ¿No?
Es el que hace que lo imposible se haga posible, el que lleva tu vida a un nivel de plenitud, el que restaura todas las cosas y el que te ama con amor eterno, te abraza y te cubre, porque se agradó de vos.

¿Sabés quién es Dios? ¿Sí?

Entregate por completo a ser transformado en una nueva persona, con una nueva manera de pensar y una nueva manera de vivir.

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