¿Qué ven?

Hace algunos años atrás compartí ministerio —y en algún momento también lideré— con un hombre con varios años en el Señor (o sea, varios años de ser cristiano, o de haber entregado su vida a Cristo). No solo estábamos en la misma iglesia: servíamos juntos, ministrábamos juntos. Su familia, esposa e hijos ocupaban distintos lugares desde los cuales trabajaban en la iglesia desde bastante tiempo atrás.

Fue formado en el evangelio tradicional. A ver… sinceremos… en el evangelio cuasi legalista hiperreligioso, ese de hombres a la derecha y mujeres a la izquierda, ese evangelio de polleras largas y mantillas impecables (de polleras con tajos y mantillas arrogantes… ¡perdón!). Era hijo, sobrino y nieto de pastores, así que para él, la iglesia era su primer hogar y el evangelio parte de su existencia.

Una vez, hablando de esos formatos, me dice, orgulloso: “En mi trabajo (hacía más de 10 años que trabajaba en ese lugar) nunca se enteraron de que soy cristiano”. Entiendo su punto, aplaudo su punto. Se sentía tranquilo de que no vivía el evangelio prohibitivo ni lo veían como un bicho raro. Disfrutaba el poder mostrarse como una persona “normal” y no tener que cargar con el mote de “aleluya”.

¡Y ojo! No está mal que te digan “aleluya”, es un tema de los demás. La falta de entendimiento provoca esas cosas. Pero también tengamos entendimiento de que Dios nos puso para alumbrar. Ni debemos encerrarnos en la supuesta santidad con tantos candados para que nadie se acerque, ni debemos vivir al modo “mundano” para no mostrar a Cristo.

Ayer me pasó algo gracioso: conversando con una persona de la iglesia, me cuenta su charla con un vecino acerca de nosotros, la iglesia. Y en esa charla le dice al vecino: “No es evangélica, solo cristiana”. Por un momento dudé: no sabía si sentirme bien o mal, no sabía si estaba bien o mal. Por supuesto que sí somos una iglesia evangélica: adoptamos el formato de la iglesia del Nuevo Testamento. Somos cristianos, ¡claro! También protestantes… porque seguimos el pensamiento y levantamiento de Lutero y los que tomaron la posta: Calvino y Zwinglio. Capaz que también somos bautistas, porque no andamos a los gritos y hacemos mucho énfasis en la Palabra. Somos trinitarios porque creemos en la manifestación de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y también puede ser que tengamos un poquito (poquito) de cada denominación que exista. Pero entiendo lo que esta persona de la iglesia quiso decir: “No somos la imagen legalista tradicional de la iglesia”.

El susto me duró solo unos segundos. Dije: “Sí, estamos dando la imagen correcta”. Después de todo, pienso ahora, Jesús no era evangélico (ni siquiera era cristiano). Pero la iglesia del primer siglo se identificó como “los seguidores del camino de Jesús”, de Cristo.

¿Y a dónde vas con todo esto, pastor?

Voy a compartirte que el primer caso que te conté siempre viene a mi memoria, a pesar de los años, porque me hizo y me hace reflexionar: ¡Tantos años compartiendo horas de tu vida con tus compañeros de trabajo, ¿y no se dieron cuenta de que sos cristiano?! ¿Qué imagen daba? ¿Qué veían en él?

Y no es en ánimo de juzgar. Es un giro reflexivo que me hace mirar al espejo y preguntarme: ¿Qué ven los demás en mí? ¿Qué imagen transmito? ¿Qué piensa la gente acerca de qué o quién soy? ¿Se les ocurre, se les pasa por la cabeza que soy cristiano? ¿Y que soy pastor?

Muchas veces me dijeron que tenía “porte” de profesor. Algunas veces me preguntaron si era abogado. Sí, también si era cristiano, y hasta alguno se tiró a la pileta y preguntó si era pastor. Creo que, después de tantos años de vida y ministerio, hay cosas que se te pegan en tu conducta cotidiana que, sin darte cuenta, ¡te deschavan!

Pero lo mismo puede pasar si seguís siendo lo que eras antes, o pensando o hablando como lo hacías antes. Tanto tiempo viviendo de una manera, haciendo las cosas que siempre hacías y mostrando un determinado comportamiento, que la gente se guía por lo que ve.

Dice Juan que “José de Arimatea era discípulo de Jesús, aunque por miedo a los judíos lo mantenía en secreto…” (Juan 19:38). Obviamente José quería mantener su imagen como miembro del Sanedrín (la junta oficial de autoridad religiosa del judaísmo) y de la sinagoga (la escuela de enseñanza de la ley de Dios). No quería perder, digo yo, su statu quo. ¡Era un hombre importante y reconocido! Pero creía y seguía a Jesús. ¿Y alguien lo sabía?

Se puede seguir a Jesús en secreto. Todavía hay sociedades en las que está prohibido —a riesgo de cárcel o vida— el ser cristiano. Pero seguirlo en secreto para no perder tus beneficios, por temor a los demás, para no ser burlado o criticado, o no ser discriminado… no es seguir a Jesús.

¿Se puede tener una relación amorosa en secreto? Se puede.
¿Se puede oficializar esa relación en secreto? Se puede.
¿Se puede hacer una manifestación pública de ese amor? Si la vivís en secreto, no se puede.

Jesús dijo que “la luz de ustedes alumbre delante de todos, para que todos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre, que está en los cielos” (Mateo 5:16).

Divididos canta: “¿Qué ves cuando te ves?”
Yo te pregunto: ¿Qué ven cuando te ven?

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