Desorientados

¿Sos de los que se orientan o de los que se pierden?
¿Sos de los que reconocen un lugar que ya visitaste o vivís en “babia”?
¿Sos de los que prestan atención a los detalles o de los que se llevan por delante los postes de luz?
¿Sos de los que reconocen a las personas o pasás papelones a diario?

No me quiero mandar la parte, pero creo que encajo un poquito en cada categoría.
Me oriento bien, pero los accesos y bajadas de autopista son para mí una película de terror. Le tengo especial “aversión” al acceso norte de la autopista Gral. Paz y a los cruces con Av. Panamericana. Pero después, más o menos bien.

Para los lugares tengo una memoria fotográfica: si tengo un déjà vu geográfico, lo más probable es que ya haya pasado por ese lugar.

Con la gente no me pasa, o casi. Tengo bastante habilidad para reconocer a las personas… cuando están en el contexto relacional (o sea, cuando los veo en el lugar donde habitualmente nos vemos). El problema es al cambiar.

Hace unos años me encontré con una familia en la playa. Me saludaron efusivamente. Los saludé con sorpresa y emoción. Cambiamos dos palabras y seguimos cada uno por nuestro lado…

¿Eran de la iglesia? ¿De otra iglesia? ¿Del barrio? Al rato me di cuenta: fui varias veces a comprar a su negocio, pero mientras charlábamos no sabía quiénes eran.
(Tené cuidado si nos encontramos fuera de la iglesia…)

Así le pasó a María. Estaba angustiada, todavía en shock. No caía en la realidad de que Jesús ya no estaba. No aceptaba el hecho de que aquel que la sacó de las tinieblas hubiera muerto. Estaba en la etapa de negación del duelo, o ya entrando en la de ausencia… y las lágrimas no dejaban de caer.

Una voz le habla. Se da vuelta y ve a un hombre desconocido. Pensó que era el cuidador del huerto y que él se había llevado el cuerpo de Jesús. ¿Para qué se lo iba a llevar, no?

Hasta que este hombre le habla… Se ve que la conocía, porque la llama por su nombre. No le dijo “señora”, tampoco “señorita”, ni siquiera el diplomático “hermana” (muy útil cuando no sabés cómo se llama), sino que le dijo:
–¡María!

Y de repente, todo cambió.

No la puedo juzgar. Ya te dije, tal vez me pasaría lo mismo. Pero más allá de semejante situación y encuentro… ¿cuántas veces las preocupaciones no nos dejan ver a Jesús?

Angustiados, preocupados, tal vez desfalleciendo, capaz llorando… y Jesús se te presenta.
No con túnica ni con el muslo tatuado, no en la cruz ni portando una canasta de panes y peces; sino en una palabra, en un abrazo, en una mano que te ayuda o en un reto que te quiere levantar.
Tal vez mirando tele, capaz alguien que te habla al pasar, tal vez alguien conocido o no; pero siempre el oído de Dios inclinándose a tu necesidad y su mano lista para levantar.

¡Ay María, Marías! (No, era Marta… –no, esa es otra historia–)
No permitas que las lágrimas nublen tu mirada ni que la tormenta te oscurezca, no dejes que la presión te ahogue ni que las piedras te tiren…

Limpiá tus ojos…
Aunque no lo creas, aunque no lo entiendas, aunque parezca mentira…
Jesús está, y te llama por tu nombre para calmar tu dolor.

“Tan pronto dijo esto, María se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí; pero no se dio cuenta de que era Jesús.” (San Juan 20:14)

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