¡Qué costumbre que tiene la gente de meterse en la vida de los demás! ¡Decime si no te pasa! ¡Decime si no te molesta! Obviamente no es tu caso, vos no sos así, ¡pero hay cada uno!
Sí, hay de todo, y por lo tanto, hay extremos. Está el que tiene espíritu de cámara de seguridad y convierte su ventana en un punto de observación para ver qué hace la vecina o, como si tuviera un gran angular o un domo, qué pasa en el barrio.
Después están los otros, los que pasan disimuladamente y a paso lento para “pispear” por las ventanas de los demás, a ver qué fue ese grito o con quién está tomando mate.
Hay otros más… La jungla de cemento es toda una biosfera de especies humanas, con todo tipo de razas y variantes: los que revisan tus redes para saber en qué andás, los que te siguen a escondidas (se llama stalkear) para controlarte, y los peores de todos: los que literalmente andan tras tus pasos para conocer tus movimientos.
Hay quienes lo hacen por dependencia emocional o afectiva: su día a día y su contentamiento dependen de la otra persona. Que si te saludó, que si te habló, que por qué no te respondió… ¡Está en línea y no me contesta!
Otros lo hacen por baja estima: se sienten rechazados, “ninguneados”, ignorados por los demás, y entonces buscan saber “en qué andan” que no les prestan atención.
Después están los otros. Esos son peligrosos: los acosadores. Puede ser por las mismas razones, pero sus intenciones son más complejas. Es el “fantasma del perro del hortelano”. ¡Ah! ¿No conocés el dicho? “Si no come él, no deja comer al amo”. Así que si no están juntos, no vas a estar con nadie. ¡Toda una saga de tragedias románticas podemos sacar de esto, desde Otelo hasta Romeo y Julieta!
Creo que hay un único contexto en el que debemos estar pendientes del otro, aunque nunca para meternos en su vida: cuando debemos dar una mano, asistir una necesidad, ayudar a salir adelante. Pablo les dijo a los gálatas: “Ayúdense entre sí a soportar las cargas, y de esa manera cumplirán la ley de Cristo.” (Gálatas 6:2, DHH)
También dice Proverbios que: “El que es generoso prospera; el que reanima a otros será reanimado.”
O sea, que debemos preocuparnos por lo que le pasa al prójimo, al cercano. Pero preocuparnos por lo que le pasa no es espiar, controlar, investigar.
En el equipo ministerial de Jesús había algunos “celitos”. Estaba conformado por hombres, tipos bravos algunos. Eran pescadores, agricultores… ninguno vivía entre algodones y joyas (aunque podemos pensar que Mateo tenía una buena posición). Ya había habido un problema entre “los hijos de Zebedeo” porque querían acomodarse en el trono eterno (Mateo 20:20-23), lo que ocasionó algunos problemitas de cartel y la inmediata reacción de los demás (Mateo 20:24). Sinceramente, no creo que haya sido por un arrojo de humildad, sino porque habrán dicho: “¿Y por qué ellos y no yo?”
No es algo para extrañarse. En todo lugar donde hay personas involucradas, la ambición aparece a flote. Es natural. El problema es que no debemos vivir una vida natural, sino sobrenatural, espiritual.
Pablo tuvo que enfrentar las mismas situaciones. A los corintios, en más de una ocasión, los tuvo que corregir por el mismo tema. Había problemas y divisiones entre ellos por distintas razones (1 Corintios 3:3; 2 Corintios 12:20), lo que, en definitiva —como todo en el Reino de los Cielos— ayuda a bien, porque gracias a eso se podía saber quién estaba aprobado (1 Corintios 11:19).
Que sea natural y humano no es excusa para que siga pasando. Debemos aprender a enfocarnos en nuestra transformación:
De mirar al otro para asistir y acompañar.
De mirarme a mí para corregirme y cambiar.
De no estar pendiente de lo que el otro hace, qué le pasa, cómo vive, cuánto crece.
De no creerme más o menos si soy menos o más usado, o si él es más o menos usado que yo.
De no pensar que hay preferencias o favoritismos.
Sino… procurar mi perfección a la luz de Cristo y de mi propia vida.
Le dijo Jesús a Pedro (siempre Pedro):
“Si yo quiero que él se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme.” (Juan 21:22, RVC)
¡Me encanta esa reacción! “¿A ti qué?”, que en nuestra jerga sería un: “¡¿Y a vos qué te importa?!”
Termina Jesús con un “Tú sígueme”, lo que para nosotros sería: “Ocupate de lo tuyo”, “Comprate una vida”, “Fijate en vos”… y otras parecidas.
Dios nos manda, como ya te dije, a ayudar al otro a sobrellevar sus cargas.
Pero también nos manda a mirar, en primer lugar, cuál es la paja que está en nuestro ojo.
¿Cómo podés crecer y desarrollarte si estás todo el tiempo mirando qué es lo que hace tu vecino?
¿Cómo podés enfocarte en una meta, en una tarea, en una carrera, en progresar, si solamente estás pendiente de qué es lo que hace tu hermano?
Como dijo Jesús: ocupate en lo tuyo, que tenés mucho por trabajar, mucho por hacer, mucho por alcanzar y mucho… por cambiar. (No es personal, eh 😉)
Solamente da fruto aquello en lo que nos enfocamos…
¿Qué te parece si dejás que los demás hagan su vida y empezás a dedicarte a tu crecimiento personal?
Nada… solo un pensamiento… 🤭
