No voy a decir nada nuevo: se perdió el valor de la palabra. Por supuesto que no hablo de la Biblia, la Palabra de Dios, sino de la palabra personal, esa que en generaciones pasadas se usaba acompañada de un apretón de manos diciendo: “te doy mi palabra”.
Así se sellaba un contrato, un acuerdo entre partes, un préstamo, ¡una venta! Algunos hasta se ofendían si tenía que haber papeles de por medio. Con la palabra era más que suficiente.
Dar la palabra era hacer un pacto. Un pacto involucra un compromiso, y al mismo tiempo compromete a cada parte según las cláusulas de ese pacto.
Hoy firmamos contratos a los que debemos sumar garantes. Ya no alcanza con uno, te piden dos y hasta tres… y que puedan probar su solvencia. Como ya no se puede confiar en lo que el otro diga, necesito que se hagan corresponsables y que quede un documento escrito… “por si las moscas”. Después de todo, “a las palabras se las lleva el viento” y “cuentas claras conservan la amistad”.
Todo eso es consecuencia de las permanentes violaciones a los pactos y de la falta a la palabra.
En los tiempos bíblicos, la firma de pactos era un poco más pintoresca: el sacrificio de animales siempre fue un elemento de adoración, de ofrenda, y de reconocimiento de la dependencia de Dios. Pero también se utilizaban precisamente para sellar pactos.
También estaba la graciosa “ley del descalzo”, donde se cerraba una operación comercial cuando una de las partes le daba uno de sus zapatos a la otra (bueno, no usaban zapatos, sandalias).
A lo largo de la Biblia, desde Adán hasta la cruz, vemos constantemente una relación de pactos. La Biblia es un libro de pactos: pactos entre Dios y el hombre. Para Dios, los pactos son muy valiosos. Para Dios, todo pacto que hacemos es importante.
¡Mirá la importancia que tienen los acuerdos entre partes, que incluso una servilleta firmada con las condiciones de una operación —aunque no sea un contrato sellado ante escribano—, para la ley es un documento válido!
Los pactos son importantes. Tienen valor legal. Las cosas que decimos tienen peso, y aunque en la vida natural necesitemos garantes, para con Dios el valor de la palabra sigue estando en primer lugar.
Imaginate cómo será, que a Josué le hicieron firmar un pacto falso y eso, para Dios, fue tan válido como cualquier otro. Hoy diríamos que hubo dolo, que está invalidado; que si las condiciones fueron mentirosas, si hubo algo engañoso, el contrato es falso.
Los gabaonitas eran un pueblo vecino a la tierra que Josué estaba conquistando. Gabaón era uno de los pueblos que Josué iba a invadir. Para evitar la masacre, los gabaonitas llegaron hasta Josué fingiendo venir de tierras lejanas. Hicieron un acuerdo de palabra que Josué no chequeó, y siguieron viaje… hasta que la mentira salió a la luz.
Pasaron los años —siglos, en realidad— y Saúl hizo guerra contra Gabaón. Un tiempo más, y durante el reinado de David hubo un tiempo de sequía que trajo crisis sobre la población. Se presentan delante de Dios para orar por esa situación, y Dios les dice que era la consecuencia de haber roto el pacto que Josué había acordado con los gabaonitas.
“David consultó al Señor por esto, y el Señor le dijo: «De esto tienen la culpa Saúl y su familia de asesinos, pues mataron a los gabaonitas.»” (2 Samuel 21:1)
Los pactos son importantes. Son compromisos inviolables. Tus palabras tienen peso. Jesús dijo que todos debemos dar cuenta de cada cosa que decimos (Mateo 12:36). Dice Salomón que “La muerte y la vida están en poder de la lengua…” (Proverbios 18:21). Por eso debemos cuidar lo que decimos y respetar los pactos que hacemos.
Recuerdo a cierto predicador famoso —hoy muy famoso— cerrar una reunión en el Estadio Vélez Sarsfield en el año 1999, haciendo que los asistentes “hagamos un pacto con Dios”, ante el último gran avivamiento que vendría sobre la tierra. Veintiséis años pasaron… Por casualidad… ¿estuviste ahí?
¿Fuiste de los que corriste al campo o de los que se quedaron en sus lugares? ¿Fuiste de los que levantaron sus manos y se sumaron al pacto? ¿Cuántas veces lo quebraste? ¿Cuántas veces lo rompiste? ¿Cuántas veces lo violaste?
Cuidá tus palabras, pero por sobre todo respetá el pacto que hiciste con el Señor. Un día justamente lo hiciste “Señor”, le dijiste que era tu dueño. Ese día le dijiste que lo ibas a amar, adorar, seguir y servir. Ese día le pediste que “anote tu nombre en el Libro de la Vida”.
Dios no quiebra el pacto.
Dios respeta el pacto.
Dios cumple el pacto.
¿Hiciste tu parte?
¿Estás haciendo tu parte?
El pacto de Dios te trae vida y salvación.
No temas hacer pactos con Dios.
Respetá los pactos hechos con Dios.
Guardá y cumplí el pacto con Dios.
