¿Cómo te preparás cuando tenés alguna actividad? Ya sea organizada por vos o que te hayan invitado, supongo que no lo tomás así nomás.
Si tenés una fiesta en tu casa, preparás el ambiente, la comida, la mesa, la vajilla y, por supuesto, tu outfit personal.
Si vas a una entrevista de trabajo, también te preparás emocionalmente, cuidando especialmente tu aspecto físico.
Si vas a un cumpleaños, tal vez buscás qué regalar. Lo mismo si se trata de una reunión familiar: pensás qué podés sumar para la comida general. (Y siempre tu outfit, vestimenta, aspecto, etc.)
Como sea, alguien dijo alguna vez que “la preparación es sinónimo de que algo llega”. Salvo que te venga de sorpresa, te vas acomodando a lo que sabés que va a llegar. ¡Si hasta nos preparamos para los problemas si sabemos que van a venir! Jesús les dijo a los discípulos: “Les he dicho estas cosas, para que no tengan tropiezos.” (Juan 16:1)
Así pasó ese día de Pentecostés, la Fiesta de las Primicias, del, supuestamente, año 33. (Eso es para otro tema.)
Es raro que se den estas “alineaciones”. No quiero decir que haya un trasfondo espiritual (aunque siempre lo hay), sino que es una simple pero bendita casualidad. Hoy comenzamos la Cruzada de Cumplimiento de Promesas, que está relacionada directamente con el Pentecostés, porque hoy comienza la festividad de Pentecostés. Y curiosamente, en la lectura de hoy toca “el día de Pentecostés” (Hechos 2:1). Así que aprovecho para conectar los dos temas. Bueno, tres: lectura, devocional y Cruzada.
El texto de Hechos dice: “Cuando llegó el día de Pentecostés…” (Hechos 2:1).
Un evento esperado, un evento conocido, una fecha prefijada con anterioridad.
No se trató de algo casual, sino de algo que formaba parte de las tres fiestas anuales ordenadas por Dios.
Sí, Pentecostés no nació el día en que los apóstoles se reunieron en el aposento alto. Sino que los apóstoles se reunieron en el aposento alto, y llegó el día de Pentecostés, la fiesta donde se celebraban las cosechas y se presentaban delante de Dios las ofrendas, las primicias de esa primera cosecha del año.
Pentecostés no era la fiesta del Espíritu Santo, sino que la fiesta de las primicias y de las cosechas se convirtió en la fiesta del Espíritu Santo.
Volviendo al punto: ellos ya sabían que la fecha llegaría. Tenían una obligación ritual de celebrar el acontecimiento y presentar sus ofrendas ante el Señor. Pero estaban recluidos, esperando algo que iba a pasar… que no sabían bien qué era.
Jesús les había dicho, después del encuentro camino a Emaús: “Quédense en la ciudad hasta que sean revestidos del poder de lo alto.” (Lucas 24:49)
A lo que después agregó: “Cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos, tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, hasta en los confines de la tierra.” (Hechos 1:8)
Algo iba a pasar.
Algo que iba a transformar.
Algo seguramente distinto a lo conocido y acostumbrado.
Algo que merecía estar preparados.
No se trataba de comida, ni de ropa, ni de compras o arreglos.
Se trataba de esperar lo que Dios iba a hacer y preparar el ambiente para que eso sucediera.
“Cuando llegó el día de Pentecostés, todos ellos estaban juntos y en el mismo lugar.” (Hechos 2:1)
También cuando Jesús les dijo que esperen, ellos estaban juntos. Lo mismo cuando lo vieron ascender. En ese mismo contexto: “estaban juntos” (Hechos 1:4,9)
Todos estaban juntos, “en un mismo sentir”, agregan las versiones tradicionales, y obviamente en el mismo lugar.
¿Cómo te preparás para recibir lo que esperás recibir? ¡Ah! Ya te lo pregunté…
¿Compartís el mismo sentir de los que te acompañan?
Mejor dicho: ¿te rodeás con gente que tenga tu mismo sentir?
¿Compartís el mismo lugar de manifestación de la promesa?
¿O estás disperso “rodeando la tierra”?
¿Tenés un lugar que ocupar, o estás “picoteando” sin saber dónde echar raíces?
Un poco más, me animo a ir más profundo:
¿Mantenés “un mismo sentir” en tus propios pensamientos, decisiones y acciones?
¿O vas saltando de una a otra, a ver cuál te queda mejor?
¿Sos de los que “perseveran en sus pensamientos” (Isaías 26:3)?
¿O de los que van y vienen como la ola del mar? (Santiago 1:6-8)
Decía el sábado pasado que “hay momentos en los que hay que tomar una decisión”.
Es momento de dejar de volar, correr, escapar, esconderte y huir.
Es momento de prepararte para recibir lo que Dios prometió y lo que Él tiene para vos.
Es momento de prepararte, permanecer, esperar y, por sobre todo: “guardar tu corazón” (Proverbios 4:23),
andar en unidad de criterio, de pensamiento, y permanecer en el lugar que tenés que estar.
