Pagador Designado

¿Conocés la “parábola del polizón”? Te la explico con una vieja anécdota: hace algunos años, con un grupo de hombres de la iglesia fuimos a cenar para despedir el año. Éramos los que asistíamos “regularmente” a las reuniones de hombres de ese entonces. Como te imaginarás, cuando hay comida de por medio no fueron solo los “asistentes regulares”, sino que también cayeron algunos “paracaidistas”, esos que de repente aparecen en el lugar sin haber dado la cara por muuuucho tiempo.

No solo eso (sigo con la parábola): como era una salida de amigos (no me gusta tratarnos como “hermanos”), procuramos que todos pudieran participar. Y si por alguna razón alguno no tenía para pagar, su gasto lo cubríamos entre todos. (¡Chan!)

Ahí es donde entra en juego la parte práctica de esta “parábola del polizón”. Juan Pirulo de los Palotes, que no asistía regularmente a la reunión de hombres y que —¡oh, casualidad!— no tenía para pagar, apareció en la pizzería cuando ya todos estábamos pidiendo. ¿Desubicado? Esperá… no te apures.

¿Qué harías vos en esa condición? Sí, vos… no, no, el de al lado no: vos.
Como sos una persona ubicada y respetuosa, te sumarías y compartirías de lo que todos pidan. Obviamente, te insistiríamos para que pidas libremente (¡para qué!), y entonces te animás a pedir… y pedir… y pedir… sumando bebidas, ¡y no agüita! Una botella de cerveza.

Y como si fuera poco… ¡se fue nomás antes que el resto, deseando un muy feliz año nuevo!

La “parábola del polizón” es una ilustración que se usa en economía para explicar el flujo del gasto público o privado. Dice que, si el gasto de una comida grupal se divide entre todos, todos piden libremente y sin medirse. Pero si cada uno tiene que pagar su parte, entonces se cuida más en lo que consume.
Hay una frase vulgar que lo resume y que no puedo reproducir, pero te la adapto así: “Cualquiera es rico con la billetera del otro.”

Algo así tuvo que enfrentar David. No se escondió como polizón, ni pretendió que otro pague su comida, sino todo lo contrario. Entendió que darle a Dios es algo íntimo y personal, que así como él no pudo cargar con la armadura de Saúl, tampoco Arauna tenía que hacerse cargo de su falta de responsabilidad (2 Samuel 24:24):

“No voy a ofrecer al Señor mi Dios holocaustos que no me cuesten nada.” Y David le compró la era y los toros por cincuenta monedas de plata…

No sé si el precio era el apropiado. Tal vez el vendedor le hizo una rebaja por tratarse del rey. Tal vez David hasta pagó de más por reconocer su pecado. Pero lo que sí sé es que se hizo totalmente cargo de su responsabilidad.

Por eso incluso rechazo un poco los pactos grupales, las oraciones masivas, los encuentros y retiros que tratan en multitud temas que deberían tratarse en intimidad.
Es muy fácil sumarse a la manada y levantar las manos. Es muy sencillo orar en grupo y así esconder mi identidad.

Es como los que se esconden tras las pantallas de las redes: lo oculto les da valentía. Pero la valentía verdadera está en enfrentar, hacerte cargo, dar la cara… aun sabiendo que tal vez salgas perjudicado en el proceso.

David reconoció que había actuado mal. Entendió que quiso exaltarse a sí mismo. Se dio cuenta de que le importaba más su crecimiento que adorar a Dios. ¡Ojo! Es importante cuidar y revisar el progreso y el crecimiento, pero que eso no te saque del foco: poner a Dios en primer lugar.

“Nada te ofreceré a ti que no me haya costado, las primicias te daré, no lo que me haya sobrado” cantaba Humberto allá por los 90, basado en este texto.

Entender que lo que vale para Dios es lo que sale del corazón.
La adoración no se basa tanto en el costo, sino en la disposición y la entrega.

Dios no mira lo que le das, sino cómo lo das.
Dios no mide la cantidad, sino la calidad.
Si le das mucho desde tu abundancia, y para vos eso es poco, Dios recibe poco.
Pero si le das poco desde tu necesidad, y para vos eso es mucho, Dios recibe mucho.

¿Qué le estás dando a Dios?
¿Cuánto le estás dando a Dios?

Anoche decíamos, en el primer día de la Cruzada de Cumplimiento de Promesas, que: “Pentecostés es dar.” Darme a mí mismo, entregarme a Él, consagrarme a Dios, darle mi tiempo, mi servicio, mis finanzas, mi adoración.

¿Cómo le das a Dios lo que le das?
¿Desde qué posición? ¿Desde qué lugar lo hacés?

Pentecostés es dar.
Dale a Dios tu corazón rendido.
Dale a Dios tu tiempo y servicio.
Dale a Dios tu prioridad.
Dale a Dios tu entrega.
Dale a Dios lo que te cuesta…
…y Dios recibe tu ofrenda y multiplica tu cosecha al 100 x 1.

Dejar un comentario