No es la primera vez que hago esta mención y seguramente no será la última. Es más, creo que en los tiempos que corren, es algo que va en aumento.
A pesar de que la vieja publicidad de Sprite decía que “la imagen no es nada”, el peso de la imagen es cada vez mayor.
Pagamos (pagan) para tener más seguidores en Instagram; nos sumamos (se suman) a repetir ridiculeces en videos (trends) para obtener más likes; gastamos en fitness y suplementos, no para una vida más saludable, sino para ser más atractivos.
Los políticos (siempre está la política) gastan fortunas en “asesoría de imagen”; no desarrollan plataformas de crecimiento económico y social basadas en sus ideologías, sino en lo que la gente quiere escuchar.
¡Y cuando vas a una cita o entrevista laboral! Te lookeás para dar una “buena imagen”.
En resumen: fomentamos la dependencia de la imagen.
Pero ¿es tan importante lo que el otro piense de mí?
Vamos por partes.
Por un lado sí, es importante, porque el evangelismo silencioso se fundamenta en eso: lo que se ve de mí es un canalizador de la obra de Dios en mí, y el anzuelo, gancho, testimonio, prueba cabal de esa obra, para que otros me vean, vean a Dios en mí y se acerquen a Él (Mateo 5:15-16).
Por otro lado, hacer las cosas solo para ser visto y depender de lo que se opine de mí afecta ese mismo testimonio.
Como le pasó a Pedro, que “panquequeaba” entre judíos y no judíos (Gálatas 2:11-14).
Debemos procurar dar una buena imagen que glorifique a Dios, sin que eso afecte mis principios ni el llamado de Dios.
¿Te imaginás si Moisés se hubiera dejado llevar por la opinión de los israelitas?
Él, no por voluntad propia, sino por mandato de Dios, encara un trabajo de rescate para liberar al pueblo de la opresión egipcia… y el pueblo lo rechaza, lo cuestiona, lo critica.
¿Qué hubieras hecho vos?
¿Hubieras juzgado a Moisés por mandarlos “a freír churros”?
Y no te pongas, por favor, en místico religioso espiritualoide, porque hay que estar en los zapatos del otro para opinar de los callos del otro.
Cuenta Lucas que:
“A este Moisés, a quien los israelitas rechazaron al preguntarle: ‘¿Quién te ha nombrado nuestro gobernador y juez?’, fue a quien Dios mismo envió como gobernador y libertador por medio del ángel que se le apareció en la zarza” (Hechos 7:35).
¿Qué hubiera pasado si Moisés renunciaba por no tener muchos seguidores?
¿O por no hacerse viral o no tener muchos me gusta…?
Seguramente Dios hubiera levantado a otro y el Éxodo se habría hecho igual, pero Moisés habría pasado a la historia como “el que pudo ser pero no fue”.
La admiración y la aceptación son una droga peligrosa.
Invierte los roles, y lo que debería ser un medio se convierte en una meta.
El elogio es una golosina venenosa: parece dulce… hasta que mata.
Pero Moisés no hizo caso y encaró su posición de líder, libertador, gobernador.
No dependas de la opinión de los demás.
No te dejes seducir por el brillo pasajero de la aceptación.
No cambies tus metas, ni principios, ni valores, por un me gusta o un seguidor más.
No vivas tu vida en función de los demás.
Valorá el llamado.
Respetá el llamado.
Seguí el llamado.
Cumplí el llamado.
Y… “Dios cumplirá su propósito en vos” (Salmos 138:8).
