¿Intercesores o Interventores?

El principio del liderazgo es que todos ejercemos algún tipo de influencia. No me voy a meter en las formas de liderazgo ni a hacer un análisis de ellas, tampoco a hablar de si el líder nace o se hace (nace y se hace), sino solo del efecto que causamos en el lugar donde estamos.

Ayer alguien me preguntó cuál era el propósito principal de Dios con nosotros. Es un tema que me apasiona, porque el propósito define nuestra vida, conducta, ministerio, etc. El propósito es la razón de existir, la motivación, es lo que Dios nos dio por hacer y para lo que él nos capacitó. El propósito está muy ligado al pacto de Dios con nosotros y al cumplimiento de promesas, un tema que hablamos largo y tendido en la última cruzada y las semanas previas.

Creo, totalmente convencido, que si el propósito de Dios al salvarnos fuera solamente “ir al cielo”, o sea alcanzar la vida eterna y habitar en su presencia, en el mismo momento en que recibimos a Jesús en el corazón deberíamos  haber muerto. Si es la única meta, ¿por qué nos expone Dios a luchas, pruebas, tentaciones y caídas? (Sí, ya sé que Él no tienta a nadie… y por eso mismo, ¿por qué no nos libra de todo eso?) El mismo Pablo dijo, entendiendo el tema “propósito”, que para él “el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21), pero en el verso siguiente dice: “el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra.” Es mejor morir para estar con Cristo, pero tengo que vivir para hacer su obra.

Si el Señor no nos llevó con Él en el momento de recibirlo, no es para jugar con nosotros al “gato y ratón”, ni tampoco para vernos dar vueltas en un laberinto, sino porque tenemos una tarea por cumplir: “anunciar los hechos maravillosos de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable.” (1 Pedro 2:9)

Tenemos propósito, tenemos meta. Somos influencia, ejercemos liderazgo.

Tal vez puedas decir que no, que no es tu caso, y sin embargo te pregunto: en el lugar donde estás en este momento, ahí donde estás leyendo esta reflexión —ya sea que estés sentado, acostado, parado; en la fila del mercado, viajando en colectivo o sentado en el baño— ¿el lugar que ocupás puede ser ocupado por otro al mismo tiempo? ¿Puede pararse otro en la baldosa donde estás parado ahora? ¿Puede sentarse otro en ese inodoro al mismo tiempo que vos? Por efecto o por defecto, ejercés una influencia que afecta el lugar donde estás.

A eso fuimos llamados, es lo que nos fue dado. Dios nos dio capacidad de gobierno para ejercer dominio sobre todo lo creado (Génesis 1:28). Tal es la capacidad que nos dio, que también nos dio a elegir cómo vivir: bien o mal, en bendición o maldición (Deuteronomio 30:19). Tal es así esa autoridad, que nuestra acción (u omisión) puede impedir o detener la obra de Dios, como Pedro, al que Jesús tuvo que pedirle que no intervenga en lo que Dios estaba por hacer (Mateo 16:21-23).

O cuando nos creemos tan importantes, tan sabios, tan imprescindibles, tan expertos y conocedores, que nos olvidamos que somos “embajadores” en nombre de Cristo (2 Corintios 5:20), o sea, representantes de una autoridad superior; que hacemos una obra que no es nuestra, sino del Señor, porque nosotros apenas plantamos o regamos, pero el crecimiento lo da Dios (1 Corintios 3:6-9); y que hemos sido llamados “administradores de los misterios de Dios” (1 Corintios 4:1), no los dueños, ni los autores, ni mucho menos los protagonistas.

¿Viste esos que tienen la costumbre de ponerse a charlar con otro durante la prédica, “porque está necesitado de una palabra”? Esos que creen que su consejo es más sabio que lo que Dios está hablando… o que capaz no creen que Dios esté hablando…

¿Viste esos que salen del culto para ministrar a fulano o mengano? Sí, esos que creen que el Espíritu Santo y la Palabra de Dios no es suficiente…

A veces nos preguntamos por qué Dios no actúa y capaz, tal vez, en una de esas… no sé… sea porque estamos en medio, estorbando “como mosca de verano”.

Dice 1 Reyes 8:10: “En el momento en que los sacerdotes salieron del santuario, la nube llenó el templo del Señor…”

¿Será que Dios es tan respetuoso que no quiso molestar a los sacerdotes?
¿Será que Dios se dio cuenta de que lo que hacían los sacerdotes era muy importante?
¿Será que Dios reconoció su lugar de segundo plano y esperó que le den entrada?
¿O será que Dios tuvo que esperar que dejen de estorbar para poder hacer su parte?

Claramente dice Santiago que “la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (1:20), porque se muestra a manera de hombre y no a manera de Dios, porque proviene del corazón de hombre y no del corazón de Dios.

¿Cuántas veces orás para que Dios quite los obstáculos? ¿Y si el obstáculo sos vos?

¿Viste ese reel donde están orando para que desaparezcan los problemas de una persona (del pastor… jeje) y desaparece la gente que estaba orando? ¿El problema no serás vos?

¿Viste cuando querés que el nene aprenda a caminar solo, o a andar en bici, pero no lo soltás de la mano?
¿Viste cuando querés que aprenda a manejarse solo en la vida, pero le solucionás todo?
¿Viste cuando los discípulos, o los obreros, o los líderes de la iglesia no aprenden, entonces hacés todo vos?
¿Viste cuando “el médico no sabe nada”, entonces te medicás vos? (y terminás en urgencias culpándolo a él)

Dejemos actuar a Dios. Dejá actuar a Dios. A ver… por si no entendés… Dios no necesita ayuda, solo que hagas lo que tenés que hacer, lo que Él te diga que hagas y no que vos le digas lo que Él tiene que hacer.

Dejemos actuar a Dios. ¡Dejá actuar a Dios!
Sacá las manos de donde no tienen que estar para que fluya libremente lo que Él esté enviando.
Que tu “intercesión” no sea un bloqueo para la mano de Dios sino un puente para conectar con su propósito.

Dejemos actuar a Dios…
Dejá actuar a Dios…

Correte de en medio para que él pueda entrar, sacá tus manos para que él pueda tocar. No seas un Pedro dirigiendo al Señor sino un Juan (el bautista) haciéndote a un lado para que él tome su lugar.

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