¿Cuánto hace que venimos hablando de promesas?
Creo que aproximadamente un mes. Fue el tema central de la Cruzada de Pentecostés (de Cumplimiento de Promesas) y tuvimos una previa de tres semanas antes, que nos fue direccionando y preparando para encarar el tema.
Pero no por eso es un tema agotado, ya que, hablando objetivamente, la Biblia toda es una promesa en sí misma. No es un libro de promesas, pero está plagada de ellas. Los más detallistas dicen que contiene casi 9.000, y si bien el tema central de la Biblia es la relación de Dios con el hombre para volver a una relación íntima con Él, la vida eterna no deja de ser una promesa.
Dios es Dios de pactos y de principios, y Marcos Witt agrega que es “Dios de promesas”, pero ninguna promesa de las que Dios te dio —o las que estos días pusimos delante de Él— es de cumplimiento automático, sino que:
“todas las promesas de Dios son en Él Sí, y en Él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios.” (2 Corintios 1:20)
Las promesas son condicionales a los términos del pacto en que la promesa se establece.
Recuerdo una época en la que había una corriente rara dentro de la iglesia, en la que se pretendía “exigir” a Dios. Se apoyaban en el hecho de que Dios respalda su Palabra y cumple lo que promete, en que si Dios dijo, Dios va a hacer. Todo lo cual es exactamente así y pura verdad… pero todo es sujeto a los condicionales de Dios.
Deuteronomio 28, “el” capítulo de las bendiciones, arranca con un “si…” y antes de empezar a describir lo que Dios te va a dar, dice:
“Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy…”
Ninguna promesa es automática, ningún cumplimiento es lineal, sino que, como en una carrera de postas, el camino al cumplimiento pasa por distintos estadios, con etapas (pautas, requisitos, exigencias) que vas cumpliendo y te acercan a la meta final.
En 1 Reyes 9:4-5, Dios le dice a Salomón:
“Si tú te conduces como tu padre David, que me honró de todo corazón y fue justo, y cumples con todo lo que yo te he mandado, y obedeces mis estatutos y decretos, yo afirmaré tu reinado sobre mi pueblo Israel, porque así se lo prometí a tu padre. Yo le dije: ‘Nunca faltará un descendiente tuyo en el trono de Israel’.” (vv. 4-5)
“Si… si… si… entonces…” Esa es la fórmula del cumplimiento.
Dios no está atado a su Palabra si no se dan las condiciones para que su Palabra se cumpla. Dios no es esclavo de las promesas, así como nosotros no somos actores pasivos en su cumplimiento.
Hemos dicho —¿cuántas veces?— que “en todo lo que tiene que ver con lo que estás esperando de Dios, lo que Dios quiere hacer con vos y lo que Él te prometió, se requiere de tu intervención”.
El Reino de los Cielos es acción.
Muchas veces se habla de la restauración del tabernáculo de David como ejemplo de cumplimiento. Esa restauración se dio en pleno en Jesús, que es descendiente en línea directa, en la decimocuarta generación desde David. Pero Jesús cumplió cada uno de los requisitos de Dios.
Si Dios te dio una promesa, aferrate fuertemente a esa verdad. Atate a ella con la fe. Ponela delante tuyo como “la zanahoria del burro”. No dejes de creer ni de trabajar en tu vida para alcanzar el cumplimiento. No te eches a dormir creyendo que Dios lo va a hacer solo porque lo dijo.
Pablo le dijo a Timoteo:
“Te doy este encargo porque tengo en cuenta las profecías que antes se hicieron acerca de ti. Deseo que, apoyado en ellas, pelees la buena batalla.” (1 Timoteo 1:18)
¿Qué recibiste?
¿Qué estás esperando?
¿Qué está retenido?
¿Qué te fue prometido?
No abortes la promesa, dijimos estos días.
No sueltes la promesa, nos dijeron también.
¡Levantá la promesa!, hemos recibido.
Pero también quedó bien en claro que:
“El pacto sostiene la promesa”.
