¿Andarán dos juntos que no estén de acuerdo?
Esas palabras del profeta Amós (3:3) trascendieron tiempos y culturas. Mucha gente las recita sin saber que están en la Biblia, básicamente porque son parte de la filosofía universal. No conozco mucho de otras culturas, pero estoy seguro de que, con alguna variante, también las dijo o escribió alguien más, sin haber conocido a Amós.
Pablo lo dice de otra manera (él sí sabía quién fue Amós): “No se unan con los incrédulos en un yugo desigual” (2 Corintios 6:14), lo que casi siempre termina apuntando a las relaciones de pareja, aunque es mucho más amplio que eso. El concepto es el mismo, una idea vigente en su época que hasta algunos filósofos contemporáneos compartían:
“Es inevitable que, si frecuentas a alguien constantemente, termines pareciéndote a él.”
(Epícteto, Discursos, 2:22)
“Evita la compañía de aquellos que son capaces de corromperte; más vale estar solo que mal acompañado.”
(Séneca, Cartas a Lucilo, 7)
El punto en común es este: si compartís tiempo con alguien, se van a contagiar uno del otro; si uno y otro tienen las mismas ideas, es porque andan juntos. ¿Acaso puede funcionar una sociedad si cada uno de sus integrantes tira para un lado distinto? ¿Acaso puede avanzar un bote a remo si los remos van en distinta dirección? ¿Puede un auto doblar a la derecha e izquierda al mismo tiempo? Tu entorno, tus compañías, tus decisiones, tus amistades, tus relaciones… forman tu criterio y determinan quién sos.
Siempre tuve un conflicto con Salomón. Siendo el tipo más sabio que existió, al punto que de otras naciones venían a conocerlo, que se quedaban sorprendidos por su sabiduría y por sus riquezas… ¿cómo es que tomó tan malas decisiones en su vida? ¡Quisiera yo que Dios me dé la capacidad que le dio a él para resolver conflictos, juzgar en asuntos difíciles, gobernar prosperando al pueblo, y además, escribir tratados de botánica y zoología, e investigar en artes y ciencias! (1 Reyes 4:33)
Pero la sabiduría no alcanza si no va acompañada de decisiones firmes, valores, principios y determinación de respetarlos.
La sabiduría no le sirvió a la hora de sus relaciones. Aunque la ley prohibía formar vínculos con extranjeras (1 Reyes 11:2), se ve que la atracción fue más fuerte. Y no se conformó con un “tiroteo” o una “canita al aire”, sino que “tuvo setecientas mujeres a las que hizo reinas, y trescientas concubinas, y todas ellas lo hicieron extraviarse” (1 Reyes 11:3).
La sabiduría no alcanza. El conocimiento no es suficiente. La inteligencia no hace la diferencia si no tenés dominio propio.
Si el mismo Salomón dijo que “El mal olor de una mosca muerta echa a perder el mejor perfume” (Eclesiastés 10:1 —se acordó tarde…), imaginate lo que puede pasar cuando te rodeás e intimás con personas con metas, propósitos, valores y principios diferentes.
¿Habrá sido antes o después que escribió: “Quien se junta con sabios, sabio se vuelve; quien se junta con necios, acaba mal”? (Proverbios 13:20). ¡¿Podés creer que fue antes?! 1 Reyes 4:32 dice que Salomón compuso 3.000 proverbios y 1.005 cánticos, en el mismo capítulo que habla de su sabiduría y riquezas… y a pesar de eso, emparejó con las extranjeras.
(¡Tuvo 1000 suegras! No, no era tan sabio…)
La sabiduría, el conocimiento y la inteligencia no sirven para nada si no tenés dominio propio.
El dominio propio suficiente para tomar decisiones firmes, tajantes y determinantes.
El dominio propio necesario para decir que no a lo que no te conviene y unirte a lo que es de bendición.
El dominio propio que te da autoridad para alejar de tu vida situaciones y personas que, a la larga o a la corta, te desvíen de tus metas, tu propósito, tus planes, tu camino.
En Proverbios 4, Salomón también escribió: “Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus sendas.” Algo que, parece, también olvidó.
Buscá sabiduría, pero desarrollá el dominio propio.
Buscá inteligencia, pero tomá decisiones firmes.
Buscá conocimiento, pero hacé valer tus principios.
Alejate de lo que te aleja de una vida bendecida, una vida de paz, una vida en plenitud.
