¿Activismo o actividad? ¿Ocupaciones o distracciones? ¿Servicio o escape?
Aunque parece un raro trabalenguas, medio confuso y desorientado, así son también, a veces, nuestras actividades diarias.
Dejemos de lado por un rato a aquél que hace un culto del descanso, de esos que ponen como meta solamente el terminar su horario u ocupación, que se saben bien el cantito de: “Hoy es viernes…” no, no, el otro: “…y el cuerpo lo sabe”.
Hablemos de los otros, los que andamos al borde del workaholic, la adicción al trabajo por el trabajo en sí, que puede llevarnos a situaciones de altísimo stress, con las consecuencias que este trae. Sí, ya sé, está bien… no sos un adicto al trabajo —en todo caso, al helado de dulce de leche o a las hamburguesas con bacon—, pero tenés el chip incorporado del “hay que hacer”.
¿Está mal? Para nada. ¿Es un error? No digo eso. Lo que digo siempre es que “hay que hacer lo que hay que hacer”, y lo fundamento con las palabras de Jesús, que dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17); o, subiendo la apuesta, al mismo Padre que “reposó el día séptimo de toda la obra que hizo” (Génesis 2:2), pero… “porque había terminado toda la obra que había emprendido” (Gn 2:2, NVI). Por lo tanto, si vos terminaste con tus tareas, si alcanzaste la posición anhelada, si llegaste al nivel buscado… ¡tranqui! Echate una siesta nomás…
El punto es que, por hacer, entremos en un espiral sin sentido que no nos lleva a ningún lado. Recuerdo a Israel en el desierto: ¡cuarenta años estuvieron caminando! Cuarenta años dando vueltas en el mismo lugar, para llegar a un sitio al que se tardaba cuarenta días caminando (un día por año… linda demora, lindo proceso…), y eso que no me enfoco en Deuteronomio 1:2, que dice que “hay once días de camino entre Horeb y Cades-barnea”.
Así como Israel, uno puede aparentar estar muy ocupado, pero lo único que hace es dar vueltas sin sentido. ¿Viste cuando el hámster quiere escapar de su prisión? Se agota corriendo en la rueda que, él piensa, lo lleva a la liberación. Imaginate que estás en tu trabajo, o en tu casa, y empezás a caminar en círculos, horas y horas sin parar. ¿Qué fruto te da? En el trabajo te echan… bueno, en casa también. O simplemente agarrás una caja, la llevás a la otra habitación y de esa habitación la volvés donde estaba. ¿Qué cambio hiciste en realidad? ¿Qué trabajo efectivo fue realizado? Recuerdo una vieja prédica hablando de ser “eficiente y eficaz”: cumpliste con responsabilidad la tarea —pasear con la caja—, fuiste eficiente; pero la caja volvió a su lugar, no hubo cambios, no fuiste eficaz.
Proverbios 14:23 dice: “Toda labor rinde sus frutos, pero hablar por hablar empobrece”. Es cierto: “toda labor rinde sus frutos”, todo lo que hagas tiene un resultado y una consecuencia. Hasta el sembrador ineficiente (ese no fue eficiente), el de la parábola de Jesús, arrojó las semillas “junto al camino”, “entre las piedras”, “entre espinos” y “en buena tierra”, y aun esa que cayó en buena tierra tuvo distintos niveles de rendimiento: “de cien, sesenta, y hasta treinta semillas por una” (Mateo 13:3-8).
“Toda labor rinde sus frutos”, pero no todo fruto es aprovechable o útil; también hay “uvas silvestres” que nacen de “vides escogidas”, “cercadas, y despedregadas” (Isaías 5:2). O puede haber un fruto abundante pero de origen dudoso y, por lo tanto, inutilizable: “Mejor es lo poco del justo que los muchos frutos del impío” (Proverbios 16:8).
“Toda labor rinde sus frutos, pero…” El “pero” es esa palabrita mágica que te advierte de que algo no está bien. A veces, la respuesta inmediata a un “pero” es un “¡ay!”, atajándote a que “algo va a pasar”. Definitivamente, es lo que te muestra que prestes atención y que, en este caso, no alcanza solamente con hacer, sino que hay que hacer lo que dé un buen fruto.
Termina diciendo “…pero hablar por hablar empobrece”, porque no es tan extraño que tu “hacer” quede solo en palabras. Anoche, conversando con los varones en la reunión mensual de hombres, les decía: “Ponete metas, pero cuando te pongas una meta, nunca es ‘a partir de mañana’, sino siempre ‘a partir de hoy’, porque lo que es ‘a partir de mañana’ se puede cancelar o postergar, pero lo que es ‘a partir de hoy’ te confronta a ser hecho”.
No engañes a tu mente ni a tu audiencia solo con palabras. No digas “voy a hacer”, conformando a quienes te escuchan y silenciando tu conciencia. ¡Conocemos tantos casos de los que prometen y no cumplen, o los que hablan para ser escuchados! Jesús tiene una palabra para ellos: “No seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa” (Mateo 6:5).
No hables por hablar, no hagas por hacer. No busques actividades para silenciar tu voz interior. No te cargues con cosas que no te lleven a nada… Ponete una meta: medible, específica, con su tiempo de ejecución y finalización, ¡alcanzable!, realista y, por sobre todo: significativa y relevante. Que haga la diferencia, que sea productiva y con un resultado comprobable.
“Toda labor rinde sus frutos, pero hablar por hablar empobrece” (Proverbios 14:23).
¿Estás avanzando, o solo girando?
