No tenía pensado escribir hoy. Por un lado, porque siendo el Día del Padre, ningún texto de la lectura de hoy me conecta con ese tema (aunque siempre se puede forzar para hablar de Dios Padre). Por otro lado, me parecía fuera de lugar salir de la línea habitual del devocional, según esa lectura diaria. Pero al final, acá estoy.
La verdad es que tendría mucho para decir acerca de la paternidad. Tengo cierta experiencia: 59 años y cinco hijos, tres ya adultos, me dan algunas credenciales para tocar el tema, pero precisamente eso me inhabilita al mismo tiempo. Sí, tengo experiencia, pero ni de lejos pretendo ser un ejemplo de padre, y todo lo que diga va a ser muy subjetivo, desde mi visión como tal, en esta profesión que amo: formar a los adultos de la siguiente generación.
Obviamente también soy hijo, y no tuve la mejor de las relaciones con mi padre. No tengo muchos recuerdos agradables con él. Es más, ahora que lo pienso, casi solo tengo recuerdos desagradables; por lo tanto, tampoco sería objetivo hablando de tener un padre.
Pero eso me lleva a pensar que, en realidad, no existe una persona objetiva para hablar de paternidad. Los que tienen hijos tienen su visión parcial. Los que no los tienen, ¿con qué autoridad pueden hablar? Claro, otra vez, todos somos hijos de alguien, pero, otra vez, caemos nuevamente en la subjetividad.
Sumado a todo eso —y aprovecho para hacer un poco de catarsis—, en los últimos años y décadas la imagen del padre y del hombre en general sufrió todo tipo de ataques. Llegó un momento en que casi sonaba a mala palabra. ¡Si hasta tuvimos que soportar la mentira satánica de “deconstruir” la masculinidad! Los hombres nos hemos sentido desplazados, rechazados, marginados, cuestionados, criticados, menospreciados, ¡depreciados!, ignorados, y ser una oficina de reclamos abierta de 0 a 24.
¿Sabías que todos los padres son hombres, no?
Al mismo tiempo, hago un mea culpa de vergüenza ajena: como Nehemías o Daniel pidieron perdón a Dios por pecados que ellos no cometieron pero el pueblo sí, le pido perdón a Dios por los padres ausentes, opresivos, abusivos, tiranos, déspotas, así como por los padres débiles, sin carácter, sin visión, sin integridad ni fuerza interior para guiar a su familia a una mejor condición.
Sí, tal vez no estés de acuerdo, pero eso es parte de los requisitos del contrato laboral: cuando nacimos hombres, cuando nos hicimos padres, firmamos un contrato ciego por medio del cual somos los responsables de la dirección, la guía, la contención, la protección y el cuidado de nuestra familia.
El padre provee carácter, el padre provee firmeza, el padre provee fuerza e identidad. La madre, por su parte, cultiva las emociones, la sensibilidad, la empatía. El padre siembra valores y principios. La madre afirma el concepto de la unidad familiar. Ambos, juntos, necesarios los dos, construyen al adulto de la siguiente generación. Por supuesto que, cuando uno de ellos falta, el otro suple, con esfuerzo y dedicación, la parte que estaría faltando.
Por eso es tan importante, papá, que tomes tu lugar. Que entiendas que tu rol no termina en llevar plata (y a veces ni eso hacés). Que tu presencia es valiosa, que tus palabras tienen un peso transformador. Que tu imagen, la que otros denigran, la que algunos bardean, la que te hicieron creer que no sirve para nada, sigue siendo un faro para tus hijos. Que ellos te miran para saber qué hacer (o qué no hacer). Que tus palabras, tu mirada, tus gestos… edifican o destruyen. Que tu rostro serio o tu mirada perdida confunden y asustan un poco. Que tu sonrisa y tus abrazos edifican hombres y mujeres seguros. Que tu respuesta rápida y directa, y tu mirada amorosa, les da identidad.
A veces no sabemos ser padres porque no tuvimos el ejemplo que nos guíe. A veces nos escondemos o nos aislamos por temor a hacer algo mal. A veces pasamos tantas horas fuera de casa que casi no nos conocen ni conocemos… Pero Dios te capacitó para ser un formador de vidas, para ser proveedor de tu casa y para brindar a cada uno de ellos protección, contención y seguridad.
Y si aun así no sabés cómo hacer… si te sentiste o te sentís un huérfano que no sabe qué hacer, dice Oseas 14:3: “En ti el huérfano halla compasión”.
