¡Fuera!

¡Qué fijación que tiene el creyente con las cuevas! Iba a decir “cristiano”, pero no está del todo bien catalogar de “cristianos” a los del A.T.

Lot, el sobrino de Abraham, se escondió en una cueva junto a sus hijas huyendo de la destrucción de Sodoma. Ahí hubo abuso e incesto, del cual nació el pueblo de Moab (Génesis 19:30-38).

Gedeón, su familia y su pueblo se escondían en cuevas escapando de la opresión de Madián y sus saqueos, intentando así guardar sus bienes. Esto provocó temor, inseguridad y falta de identidad (Jueces 6:2, 12-17).

David, en dos ocasiones, corrió a las cuevas. La primera fue escapando de Saúl, y la segunda… escapando de Saúl. La primera vez fue en Adulam: ahí formó alianzas con algunos marginados sociales que terminaron siendo sus generales y oficiales. Esta cueva parece que fue buena, pero lo acostumbró a vivir escondido, porque después de ahí se refugió en la fortaleza de Moab. Al final, Dios tuvo que hacerlo salir para volver a tomar su lugar (1 Samuel 22:4-5).

La segunda ocasión fue en En-gadi. Estando dentro de una cueva, aparece Saúl para… hacer sus necesidades (eh, sí, los personajes bíblicos también iban “al baño”). Esa fue una oportunidad para que David muestre su integridad y temor de Dios, al perdonarle la vida. Al menos esta cueva no tuvo consecuencias negativas… (1 Samuel 24).

Dejando de lado estos casos interesantes, me voy a quedar con otro, que fue el que dio origen a mi libro Síntomas de un Corazón no Transformado, hablando de los conflictos emocionales de mi amigo Elías.

Ayer te dije que Elías era un tipo complicado. No solo eso, sino que era, digamos, bipolar, porque reclama a los demás que tomen decisiones firmes, cuando él estaba a punto de salir corriendo escapando de una mujer.

Sí, huyendo de la esposa de Acab, Jezabel, Elías se escondió en una cueva en el monte Horeb (1 Reyes 19:8-9). Sería una buena imagen si hubiera servido para descanso y fortalecimiento. En realidad, antes de llegar a la cueva se había fortalecido con la comida que Dios le envió (v. 8). Se metió en la cueva para dormir, y ahí comienzan las manifestaciones de Dios.

Digo que sería una buena imagen porque Horeb representa el lugar de la morada de Dios. Es el lugar al que Moisés llevaba las ovejas “…hasta Horeb, monte de Dios” (Éxodo 3:1). Así que podríamos decir que Elías fue a buscar refugio en Dios.

Pero al tener su encuentro con Dios, demuestra que no buscaba refugio, sino aislamiento, escondido de los que lo habían amenazado (1 Reyes 19:9-10); encaprichado en su visión parcial de las cosas (v. 10), y evitando ser transformado por Dios.

La Biblia muestra varios casos con este perfil. Uno, del que hablaremos en Rompiendo Maldiciones…, es el rey Ezequías, quien, siendo uno de “los mejorcitos” de los reyes de Judá y de los que más se acercaron a Dios, evitó ser tratado por Él, y eso trajo una consecuencia bastante negativa: para su vida y para el reino.

Las cuevas pueden ser refugio, pueden ser un “motel”, pueden ser escondite o pueden ser vivienda; pero las cuevas también son tumbas, donde muere nuestro propósito y llamamiento celestial. Abraham metió a su esposa muerta en una cueva que compró (Génesis 23:19); y José de Arimatea puso el cuerpo de Jesús en una cueva fabricada como sepultura (Mateo 27:59-60).

El tema de las cuevas me interesa mucho porque alguna vez fui experto en ellas. Me convertí en decorador y ambientador de cuevas; aprendí a convivir con ratas y murciélagos, y a tomar como normal el olor a podredumbre y humedad. Pero las cuevas, como los desiertos, no son lugar de habitación. Son apenas para cubrirte de cosas peores que puedan pasar fuera de ellas, hasta que salga el sol.

Es que, el problema de la cueva es que termine pareciendo un lugar cómodo, agradable. Como te protegió de algo pasajero, le tomaste cariño; como en ella te sentiste seguro, no querés salir. Pero ya te dije: el que no sale de la cueva es porque la usa de tumba. ¿Te lo explico mejor? ¡Ya estás muerto! Capaz que tu corazón todavía late, y aún hay actividad cerebral. No estás en estado vegetativo, ni siquiera en coma. Estás en un estado cataléptico… con muerte espiritual.

No te enamores de las cuevas.
No les hagas cortinitas ni busques muebles a tono.
No les compres sistemas de ventilación e iluminación apropiadas…

Salí de la cueva.

Como con Elías, Dios se está manifestando, esperando tu reacción, pero te manda salir, subir e ir delante de Él:

“Entonces el Señor le dijo: «Sal de tu cueva y espérame en el monte, delante de mí.»” (1 Reyes 19:11)

¿Entendiste el proceso? No alcanza con salir. Una vez que asomaste la nariz, tenés que ir al monte… y no alcanza con el esfuerzo de subir: tenés que “presentarte delante de Él”. Para ser transformado, para ser promovido, para ser restaurado.

Ahí fue donde Elías falló. No aceptó el proceso. Lo vivió, pero no le dio lugar. Siguió en la misma. Fue desechado por Dios.

No falles como Elías.
Dejate ser tratado, dejate ser procesado, dejate ser transformado, para que Dios haga de vos, otra vez, una nueva creación.

“…dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar…”
— Romanos 12:2, NTV

“…el Dios de toda gracia que los llamó a su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y estables.”
— 1 Pedro 5:10, NVI

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