¿Hay que decir todo lo que se piensa? ¿Hay que hacer todo lo que se siente? ¿Debemos dejarnos llevar por nuestras emociones? ¿Por sentimientos? ¿Está bien reaccionar impulsivamente?
Vivimos en una época donde el “respeto” es una palabra pasada de moda que se estudia como si fuera una lengua muerta. Hoy se pone en primer lugar el “mis derechos adquiridos” antes que las normas de convivencia. Hoy todos reclaman esos mismos derechos, olvidando que “el otro también existe” y no somos parias de un universo apocalíptico.
En 1762, Jean Jacques Rousseau publicó un libro que se convirtió en la base fundacional del estado democrático moderno. Se llama “El contrato social” y básicamente sienta los principios de las relaciones entre las personas, bajo el manto de un estado administrador y regulador. Como resultante del mismo podemos leer, por ejemplo, a Sartre diciendo que “mis derechos terminan donde comienza el de los demás”, un principio que también está reflejado en la Constitución Argentina (si, también aplica para los que cortan calles y avenidas reclamando “sus” derechos constitucionales).
Somos seres sociales, sociabilizamos con otros, no vivimos solos y también dependemos de relacionarnos unos con otros. Por eso es importante valorar los principios de la comunicación y aprender qué hacer, cuándo hacerlo y si hay que hacerlo; lo mismo que qué decir, cuándo decirlo y si hay que decirlo.
Jesús, que fue un maestro de la ironía, que no se quedaba callado ante las provocaciones, también supo cerrar su boca cuando la situación lo requería. Proféticamente Isaías dijo de él que “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.” (Isaías 53:7) o Juan, al presentarlo en sociedad diciendo que: “vimos su gloria,… lleno de gracia y de verdad.” (Juan 1:14)
“Lleno de gracia y de verdad”, la gracia suficiente para hablar con elegancia, hablar la verdad sin perder la empatía. Como dijo Pablo: “…que su conversación siempre sea agradable y de buen gusto,…” (Colosenses 4:6)
En tiempos complejos como los que vivimos, es ¿entendible? que uno tenga la lengua afilada lista para responder a cualquier situación incómoda. Te agreden, te acusan, te señalan, te juegan mal, te cobran de más, te atienden mal, te miran mal, te tratan mal… o simplemente no te gustó el trato recibido… sacamos el puñal con forma de lengua y estamos dispuestos a matar.
Santiago, que se ve que tuvo que aprender de sus errores, dijo con sabiduría “la lengua es un fuego, un mundo de maldad entre nuestros órganos. Contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, prende fuego a todo el curso de la vida.” (Santiago 3:6) Por eso, otra vez la pregunta inicial:
¿Hay que decir todo lo que se piensa? ¿Hay que hacer todo lo que se siente? ¿Debemos dejarnos llevar por nuestras emociones? ¿Por sentimientos? ¿Está bien reaccionar impulsivamente?
Salomón nos deja una enseñanza. Después de todo el fin de proverbios es ese: “Para entender sabiduría y doctrina, y conocer razones prudentes. Para recibir prudentes consejos, y justicia, juicio y equidad. Para dar sagacidad a los incautos, e inteligencia y cordura a los jóvenes.” (Proverbios 1:1-4). Dice en 17:27
“Sabio es quien cuida sus palabras; inteligente es quien tiene un espíritu prudente.”
Aprendamos a callar cuando es apropiado y necesario.
Ejerzamos el dominio propio, para no ser arrastrados por nuestras emociones.
Imitemos a Jesús, que nos dio ejemplo.
Contemos hasta 100, como nos enseñaban antes, para evitar decir algo “de lo que te tengas que arrepentir”
Además, ¿no dice también Proverbios que “Aun el necio, cuando calla, es contado por sabio” (Proverbio 17:28) O la otra que dice: “mejor callar y pasar por tonto que hablar y se den cuenta”
Dijo Jesús: “…cada uno de ustedes dará cuenta de cada palabra ociosa que haya pronunciado.” (Mateo 12:36)
Es mejor, morderse los labios y sangrar, que sangrar por haber hablado…
“Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse.” (Santiago 1:19)
