El desarrollo personal es la clave de una vida exitosa. Sí, no te asustes. Ni dejé de creer en Dios ni me convertí en un coach ontológico motivacional (¿qué cuernos es “ontológico”?), pero para triunfar en la vida no necesitás a Dios.
Ya parece que puedo escuchar a mis queridos haters seguidores (que no sé para qué me siguen si no les gusta mi contenido) acusándome de alejar a la gente de Dios. Nada más lejos de mí. Pero digamos todo: no necesitás a Dios para ser exitoso.
Está muy metida en la iglesia (o en el evangélico) la idea de que “si te va bien, Dios está con vos; si te va mal, Dios está en tu contra”, pero esa raíz cultural y religiosa no es la que Jesús predica. Es más bien el argumento de los “amigos” de Job.
Para ser exitoso necesitás esforzarte, capacitarte, prepararte, hacer renunciamientos, tomar decisiones. Para ser exitoso tenés que ponerte metas, tener un plan, juntarte con los que te potencien, alejarte de los que te anulan. Para ser exitoso es más productivo “quemarte las pestañas” que “quemarte el hígado con grasas y alcohol”.
Estar bien con Dios es otra cosa. La bendición de Dios es otra cosa. Y alcanzar salvación es algo totalmente distinto. Una cosa es estar con Dios, y otra es que Dios esté con vos.
Insisto siempre en el carácter formativo de la iglesia. Creo que el fin de la iglesia no es enseñar teología ni hablar en lenguas. Tampoco creo que la iglesia esté, como alguna vez me “enseñaron”, para capacitarnos para la vida eterna. Sí es cierto que, si no te bancás media hora de adoración, vas a tener un problema en la eternidad (e-ter-ni-dad) cantando “Santo, Santo, Santo…”
Pero la iglesia está para otra cosa.
En la Edad Media, con la aparición de los monjes y monasterios, pensaban que para ser santo tenías que vivir aislado, encerrado, para no contaminarte con el mundo perdido y pecador. Mejor todavía si eras monje o monja de clausura, encerrado en una “celda” orando todo el día. Más aún si, como la popular Santa Rosa de Lima —la primera santa americana— o los también conocidos San Ignacio de Loyola o Santa Catalina de Siena, usabas cadenas bajo tus hábitos para “afligir tu cuerpo”, para así estar más cerca de Dios (eso de “participantes de los sufrimientos de Cristo”, que escribió Pedro —1 Pedro 4:13—).
Pero digo, pienso, pregunto… ¿era productivo? ¿Cuántos fueron salvos gracias a eso?
La iglesia está para otra cosa. La iglesia está para reunirse a adorar, conectar con una visión, salir a alumbrar. La iglesia está para formar a los cristianos de esta y la siguiente generación, para impactar en el mundo de esta y la siguiente generación.
La iglesia no es un búnker para santos, sino un centro de formación para transformar el mundo.
Ok, ya me mareé. ¿Entonces? ¿Me capacito para triunfar o me meto en la iglesia para adorar?
Y… las dos cosas. Proverbios 21:31 dice que: “El caballo se prepara para el día de la batalla, pero la victoria pertenece al Señor.” Tenés que estar preparado para una vida exitosa, para poder tener una posición de liberalidad a través de la cual puedas servir al Señor con libertad; pero tus metas y tus planes tienen que ser avalados y animados por Dios. Después de todo, “Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer…” (Filipenses 2:13).
Pero tu preparación, tu capacitación, tu esfuerzo, tus conocimientos, tus títulos, tu experiencia, tu trayectoria y tu currículum… nada de eso mueve el corazón de Dios.
Un versículo antes, en Proverbios, dice: “Ante el Señor nada vale el sabio, ni el inteligente ni el consejero.” (Proverbios 21:30)
Sí, necesitás capacitarte, formarte y esforzarte. Con eso vas a ser un triunfador; podés llegar a ser una persona exitosa. Pero éxito no es plenitud. La plenitud solo proviene de la relación con Dios, de la intimidad, de servirlo a Él. La plenitud es fruto del cumplimiento de tu propósito, y puesto a disposición de Él. La plenitud no viene por sabiduría, ni inteligencia ni consejeros… sino por estar a los pies de Cristo.
Podés ser exitoso, sí. Pero eso no te garantiza una vida feliz. Ojo… podés vivir a los pies de Cristo… y eso no te garantiza triunfar en la vida. Es fundamental que, otra vez, hagas planes y los pongas al servicio del Señor.
¿Dónde estás poniendo tu esfuerzo?
¿Dónde estás poniendo la mirada?
¿Hacia dónde te estás dirigiendo?
¿Cuáles son tus metas a alcanzar?
¿A qué aspirás en tu vida?
Lo que estás haciendo… ¿te lleva a ese lugar?
Esforzate para impactar al mundo.
Rendite en adoración para tocar el corazón de Dios.
Sé un profesional y un siervo… para vivir en plenitud.
