Volver al Futuro

Posiblemente ya lo sepas, es un tema que suelo mencionar muchas veces. Tal vez lo hayas escuchado o ya leído por acá: soy un amante de la ciencia ficción (también del cine de terror). Dentro de la ciencia ficción, me apasiona lo futurista. ¡A veces llegué a pensar que nací en la época equivocada! Me hubiera encantado vivir en un mundo tecnológico, con robots asistentes, autos que se manejan solos, edificios y autopistas inteligentes, etc., etc., etc.

Eso está muy relacionado con la admiración que tuve siempre por lo sobrenatural. No parece, pero son cosas muy relacionadas: es lo no natural (sobre-natural), lo irreal, lo fantasioso pero probable. ¿Habrían imaginado los héroes de nuestra independencia la existencia de, por ejemplo, un simple teléfono o un televisor? Algo que para nosotros es tan común, hace 200 años ni siquiera era fantasía (aunque Verne ya lo veía). Del mismo modo, cosas que hoy son protagonistas del cine podrían ser reales en un futuro no tan lejano.

Obviamente, por lo tanto, soy fanático de Volver al futuro. Digamos todo: como película es medio berreta, las actuaciones son más de comedia adolescente, Biff Tanner es un bobo como personaje y como actuación… pero la trama, el tema, los viajes en el tiempo… ¡wow!, una locura.

Podría mencionarte cien series y películas sobre el tema, desde La máquina del tiempo (basada en la novela de Wells de 1895), hasta Mensaje en una botella (pésima, argentina), que aborda la cuestión temporal.

Más allá de hacer promoción cinematográfica, el concepto fantasioso de viaje en el tiempo se enfoca en una realidad de la física: el pasado no se puede cambiar, aunque el futuro sí se puede modificar. Si mirás, por ejemplo, 12 monos, hay un viajante que tiene plena conciencia de los eventos pasados y futuros; si mirás El ministerio del tiempo, de la TV española, hay un equipo de auditores que corrige posibles alteraciones en el pasado que afecten presente y futuro.

En todos los casos hay una línea de tiempo que alguien ya conoce, cuida y no debe alterar.

Dejando de lado la fantasía (en serio, me hubiera encantado viajar en el tiempo: hubiera ido a conocer a Jesús, a San Martín y a mi generación futura. -También habría ido cien años atrás a comprar dólares, obvio-), hay alguien que está por encima de esa línea del tiempo, que conoce pasado y futuro y nos guía por ella. El concepto de la predestinación es un error de la interpretación bíblica, pero Pedro habla del preconocimiento: la capacidad que tiene Dios de saber las cosas que van a pasar antes de que pasen (si no, no sería Dios).

En ese preconocimiento es que a veces, siendo parte del equipo ganador (creyentes), obtenemos algunas ventajas: cuando Dios te vio llegar a tu posición en la eternidad, cuando ya te vio alcanzar tus metas y cumplir su propósito, te tira alguna “data” para que evites conflictos innecesarios (algunos son necesarios) y para que llegues más tranquilo a donde vas a llegar.

¿Acomodados? Sí. Dios privilegia a su pueblo.

No se trata de pretender conocer el futuro, sino de confiar en el que lo conoce y, por lo tanto, dejarnos guiar por Él. Proverbios dice que no tratemos de entender todo lo que pasa, ya que “Dios dirige nuestros pasos” (20:24). Y en la lectura de hoy: “Lo cierto es que hay un futuro, y tu esperanza no se verá frustrada” (Proverbios 23:18).

Esto me lleva a entender que muchas veces los problemas que “nos hacemos” son porque no estamos mirando al futuro ni al que lo conoce, sino que solo miramos nuestro ombligo, nuestra situación de hoy y nuestros recursos limitantes… y cuando nos enfocamos en lo que nos pasa y nos falta… eso cobra relevancia y perdemos el foco de lo que está por venir, lo que está delante, lo que tenemos por alcanzar.

También dice Proverbios (¿será por eso?): “Tus ojos miren lo recto, y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante” (4:25). O Hebreos: que tengas “puestos los ojos en Jesús…” (12:2). O el ejemplo de Pedro, que cuando sacó la mirada de Jesús, se hundió (Mateo 14:28–31). ¿Querés algo más? Ya que estuvimos hablando de Elías, ¿cómo comenzó todo? “Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue…” (1 Reyes 19:3).

No nos quedemos enfocados en lo que falta o en el conflicto. No te limites por tus limitaciones (juego de palabras o enredo, pero real). Me encanta la historia de hoy sobre Naamán, el general sirio. 2 Reyes 5:1 cuenta que era importante, un tipo valiente, un general, pero… “era leproso”. ¿Le impidió la lepra ser un militar valiente, de alto rango e importante en el reino? Para nada, ¡y ni siquiera conocía todavía a Dios!

Que nada te impida hacer lo que tenés que hacer. Como le dijo Eliseo a su siervo Giezi, cuando lo mandó a orar por el hijo de la mujer de Sunem: “Cíñete la ropa, toma mi bastón y ponte en marcha. Si te encuentras con alguien, no lo saludes; y si alguien te saluda, no le respondas. Al llegar, pon mi bastón sobre el rostro del niño” (2 Reyes 4:29). ¿Te lo resumo? No te detengas por nada. Hacé lo que tenés que hacer.

Entiendo lo difícil que es levantar la cabeza cuando todo te tira para abajo. Entiendo que no es fácil confiar cuando la cosa no está saliendo como querías. Entiendo que a veces uno se cansa de no ver respuestas. Si querés… lloramos juntos. Pero después de llorar, levantate a hacer lo que tenés que hacer, sabiendo… ¡ey! sabiendo que “hay un futuro, y tu esperanza no se verá frustrada”.

Te quedan dos caminos, y ya termino porque me extendí (como siempre):

Quedarte mirando tu problema, lamentando el fracaso de tu condición, dándote lástima a vos mismo y seguir en la misma situación.

Creer en Jesús, creerle a Dios: que Él ya sabe, Él ya te vio, hasta te vio vestido de gala, que tenés futuro… “y tu esperanza no se verá frustrada.”

Dejar un comentario