“¡No doy dos pesos por este…!” ¿Lo escuchaste alguna vez?
Es común (o era habitual) en conversaciones chismosas hablando de un tercero. A veces ese tercero es “un nuevo”, alguien recién llegado, o alguno de aspecto cuestionable (cuestionable por quienes lo juzgaban).
Es cierto, muy cierto, que la imagen cuenta. Ayer mismo te hablé de que tenemos que procurar dar una imagen aceptable para que el mensaje sea recibido.
Si el mensaje es más importante que el mensajero, el mensajero debe dejar de lado sus cuestiones personales y hacer que ese mensaje sea comunicado.
¿Y si ese tercero eras vos? ¿Si a quien están juzgando es a vos?
Dicen que no hay que juzgar un libro por su portada, pero a ver… ¿cómo me va a llamar la atención un libro si su portada pasa desapercibida?
Dicen que no juzguemos a las personas por su apariencia, que lo valioso está en el interior, que conectemos con ese interior.
Ok. Buenísimo lo tuyo, pero para que me interese conectar con ese interior, me tiene que llamar la atención lo que veo… si no, sigo de largo.
¿No dicen también acaso que la comida entra por los ojos?
En todo caso, lo que no hay que hacer con un libro es juzgarlo por un capítulo flojo, o hasta malo. Como las series (me encantan las series).
Lo ideal es que el episodio 0, el “piloto”, sea lo suficientemente impactante como para engancharte a seguir…
El problema es si después va perdiendo atractivo.
Yo prefiero un capítulo inicial normal, y que vaya subiendo la tensión a cada episodio.
Entonces, cuando aparece uno malo, medio pelo, o de transición, a dejarlo pasar para ver el final.
A ver… digamos todo: si el inicio es muuuy malo… ni siquiera lo termino.
Algo así es lo que pasa con nosotros, lo que pasa con los demás, lo que pasa con vos…
Tal vez procuramos dar una buena primera impresión (no hay segundas oportunidades para una primera impresión), pero después la vamos embarrando.
Tal vez nos preparamos para la entrevista… pero después mostramos la hilacha y dejamos bastante que desear.
Tal vez vestimos ropa nueva para esa ocasión, pero después las zapas sucias y el pantalón manchado no hablan… ¡gritan! acerca de quién sos.
Ya escucho las voces críticas diciéndome discriminador.
Ya escucho a los débiles y “cristalitos” sintiéndose señalados y marginados.
¿Sabés las veces que me dijeron “cabezón”, “gordo”, “pata dura” y ahora “pelado”?
No juzguemos el libro por la portada, y que no te juzguen por esa primera impresión, pero ocupate de mostrar lo bueno que hay en vos.
Sí. Todos tenemos algo bueno. Vos tenés algo bueno.
Puede ser más o puede ser menos que el otro. Pero lo que vos tenés no lo tiene el otro: lo tenés vos.
Puede ser mejor, o puede ser peor que lo del otro. Pero lo que tenés vos es tuyo, no es del otro.
Y Dios puso en cada uno su Espíritu.
¿Vos creés que Dios va a habitar en algo inútil e inservible?
Dice Proverbios 25:4: “Limpia la plata de la escoria, y el fundidor sacará de ella una alhaja.”
Dice Jeremías 15:19: “Si entresacas lo precioso de lo vil, serás como mi boca. ¡Haz que ellos se vuelvan a ti, pero tú no te vuelvas a ellos!”
Dios puso en vos su Espíritu.
Dios te llamó y te eligió con un propósito.
Te dijeron que no valías, que no servías, te juzgaron por tu portada o por algún capítulo medio flojo.
Pero todavía está en vos el mostrar a Cristo, el ser luz, el ser sal.
Dios te hizo como sos. Él te pensó, te moldeó, te formó.
Solo hay que pulir un poco. Sacar el polvo. Quitar lo que sobra.
Pulir… para brillar.
¿Qué es lo que está sobrando?
¿Qué te está opacando?
¿Qué cosas no permiten que te conviertas en una joya?
En todo lo que tiene que ver con lo que Dios quiere hacer en vos, se requiere tu intervención.
No esperes que algo pase o que alguien haga.
Tomá las riendas de tu transformación y avanzá a ser una herramienta en las manos de Dios.
No te conformes con tu condición.
No te amoldes a tu situación.
Sacá la escoria para que Dios haga una joya.
Sacá lo vil para convertirte en la boca de Dios.
