Contracorriente

Persecución y Cristianismo son dos palabras que las vas a encontrar juntas muchísimas veces. Casi me animo a decir que la persecución fue y es una constante en el cristianismo y, al mismo tiempo, su propio motor.

No es de extrañar que, cuando alguna nueva filosofía quiera introducirse para cambiar lo establecido, provoque oposición, rechazo y, si toca a los poderes del lugar y momento, también persecución. A nadie le gusta que aparezca algún “caído del catre” a querer darte cátedra o criticar tu manera de pensar; y mucho más cuando, repito, afecta tus intereses o incluso involucra a tus afectos y familia.

Imaginate este escenario: vos sos creyente, tenés tu fe puesta en Dios. No importa si hace mucho o poco tiempo, pero estás siguiendo a Cristo y los valores y principios cristianos. Tenés un hijo, o mejor, una hija adolescente que, como se decía antiguamente, “ya está en edad de merecer” (¡qué fea expresión! al escribirla me sonó totalmente anacrónica, abusiva y ofensiva, jajaja). Digamos que hay algún muchachito (un buitre, bah) interesado en relacionarse con ella y empiezan a tener un vínculo cercano.

La cosa avanza, no mucho todavía, pero ya pasaron del helado a los mates en la plaza y de los mates a las conversaciones por WhatsApp hasta la madrugada. Algo te indica que hay un interés mutuo y te ponés triste/contento por ver cómo “la nena” crece.

Siendo un padre responsable (y madre, obviamente), querés conocer un poquito más al extraño zaparrastroso desgraciado que captó el interés de tu pequeña y tierna princesa, entonces lo invitás a cenar, o a tomar mate, es igual. Viene, se conocen, charlan, todo bien y, de golpe… el tipo es ateo, o peor, umbanda, peor aún, ¡satanista! ¿peor? ¡comunista! (o… no, mejor dejá…)

¿Vas a permitir que confunda a tu hija? ¿Vas a aceptar que venga con sus ideas y las comparta en tu mesa? ¿Le vas a dar el espacio y tiempo para, siquiera, comentar lo que cree y por qué? Sincerate conmigo… ¿no lo sacás a patadas, con amor y elegancia, por supuesto? (Bueno, no te conviene sacarlo a patadas; te conviene enseñar bien a tu hija para que sepa qué creer y qué no.)

Otro escenario: estás en la iglesia. Buena reunión, lindo tiempo de alabanza y adoración. Una buena palabra habló a tu corazón. Alguien nuevo quiere dar testimonio, pide pasar al frente y le dan el lugar (nunca a un desconocido, eh) y arranca diciendo: “Yo soy el Cristo y a mí me tienen que escuchar”. ¿Qué hacés? ¿Lo seguís escuchando? ¿O lo mandás a tomar mate con churro frito junto al pretendiente de tu hija?

Algo así les pasó a los cristianos del primer siglo cuando querían compartir su fe en Jesús con los judíos y griegos. Acumularon cientos (¿miles?) de enemigos y opositores. Fueron echados de las ciudades. Fueron apedreados, encarcelados y azotados. Fueron perseguidos y amenazados de muerte… solo por creer en una alternativa distinta y por haber encontrado el camino a la salvación verdadera.

Pasaron los años, casi 2000 ya, y seguís creyendo. Ya no usás las mismas técnicas porque el mundo cambió, y para que el mensaje sea recibido no tenés que ir al choque, sino que tenés que infiltrarte con estrategias astutas. Entendés que tenés que ser lo suficientemente igual para ser aceptado y lo suficientemente distinto para marcar una diferencia.

Adoptás sus formas, sus criterios, su léxico, sus costumbres.
Copiás sus sistemas para santificarlos, entonces inventás un “GodTube”, un “Faithbook” para compartir tu fe, que son un tremendo fracaso porque no pasan de ser eso: unas copias baratas.
Te acercás a la política, porque pensás que es una manera de impactar la sociedad, y terminás dándote cuenta de que fuiste burdamente usado como elemento de campaña política, intentando captar tu precioso caudal de votantes.

Creés, erróneamente, que ser aceptado en la sociedad es una señal de posicionamiento y aprobación divina, cuando simplemente pasaste a engrosar la categoría de “sociedades de fomento, entidades culturales, iglesias…”.

Dejaste de ser perseguido.
Dejaste de marcar la diferencia.
Dejaste de mostrar un camino distinto.

Los cristianos de la primera iglesia no rechazaron la persecución. No hicieron planteos de Derechos Humanos, no reclamaron al INADI (gracias a Dios ya no existe más) ni fueron a los tribunales internacionales. Cuando su vida corría peligro, se escondían y escapaban, y a cada lugar que llegaban, volvían a compartir sus buenas noticias.

Hechos 17:6 cuenta cómo eran señalados, denunciados, investigados y llevados “ante las autoridades de la ciudad, mientras gritaban: —¡Esos que están trastornando el mundo entero, ya han llegado acá!—”

La iglesia del siglo I molestaba, porque estaba “trastornando el mundo entero”.
Las críticas sobre la iglesia de hoy son por la música alta, gritos, abuso psicológico, abuso económico, fanatismo religioso y… abuso sexual…

¿Cómo estás afectando tu entorno?
¿Estás “trastornando” el mundo a tu alrededor, o solo estás haciendo ruido?
¿Te critican por marcar la diferencia o te critican por escandaloso?
¿Estás haciendo de tu lugar de influencia un lugar mejor… o solo buscás la manera de encajar para ser aceptado?
¿Copiás las costumbres del “mundo” que tenés que “trastornar y afectar”… o mostrás un camino para ser copiado?

Te dije días pasados que debemos “Adaptarnos sin Amoldarnos” para que el mensaje sea aceptado y recibido. Debés adaptarte para ser recibido y mantener tu esencia para transformar ese lugar.
Dios te puso como embajador.
Dios te quiere usar como una herramienta.
Dios te manda a un mundo de tinieblas, para que ahí, vos seas la luz…

“Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:16)

Dejar un comentario