¡Ay corazón, corazón!

¿Por qué, a pesar de que la Biblia lo dice una y otra vez, seguimos cometiendo el mismo error? ¿Por qué, a pesar de que el fruto demostró qué clase de árbol era, seguimos cayendo en lo mismo? ¡Qué gran verdad esa que dijo alguien (andá a saber quién…) que el hombre es “el único animal que cae dos veces en un mismo pozo”!

Animalitos de costumbre, hijos del rigor, “duros de entendederas”, diría El Chavo. ¿O Jirafales? ¿O tal vez Don Ramón? Después está la otra: el espíritu adolescente —”tengo que tener mi propia experiencia”— o la hermana —”no se puede vivir de experiencias ajenas”. Pero no se trata de experiencias ajenas, sino de las propias… “Bueno, hay que darle otra oportunidad”. Y así, ya no caemos en el mismo pozo, sino que miramos bien antes, no sea cosa que le erremos y quedemos fuera del pozo.

Jeremías lo dijo así, clarito: “Nada hay tan engañoso como el corazón…” (Jeremías 17:9), y David advierte: “Cuida tu corazón más que otra cosa, porque él es la fuente de la vida.” Ya dijo Jesús que nada bueno se puede esperar de ese órgano emocional, del cual “salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad” (Marcos 7:21-22), y que Pablo define, bien suelto de cuerpo, como “entenebrecido” (Romanos 1:21).

Pero, a pesar de eso, seguimos confiando en el corazón.

Seguramente me vas a decir —porque todos apuntamos a eso— que Juan dijo que le prestemos atención, que el corazón es la brújula que nos muestra si estamos en lo correcto o no. ¿Acaso no dice… “si nuestro corazón no nos reprende…”? Sí, dice eso, pero anteriormente también dice: “Dios es mayor que nuestro corazón, y él sabe todas las cosas.” (1 Juan 3:20-21). Así que no se trata de una cuestión “de corazón”, sino de qué es lo que dice Dios.

Aclaremos, por las dudas, que cuando hablamos de “corazón” no estamos hablando de novelas románticas ni del programa de chimentos de la tarde. Que no se trata de qué futbolista esté saliendo ahora con qué modelo, ni qué actriz haya sido vista con qué empresario, sino que estamos hablando de esa voz interior, una mezcla de espíritu humano, alma, conciencia y experiencia, a la que le prestamos, a mi entender, demasiada atención.

A ver: ¿cuántas veces le hiciste caso a tu corazón y te fue mal? Obviamente que habrá otras en las que te fue bien, pero entonces… ¿es el corazón la voz de Dios? Vuelvo con Juan: “Dios es mayor que nuestro corazón, y él sabe todas las cosas.” (1 Juan 3:20)

“Siento que es por ahí”, “No siento de hacer tal cosa”, “¡Siento paz!” (la gran estafa). Dice Proverbios 28:26: “Es de necios confiar en el propio corazón; el que camina sabiamente saldrá bien librado.” Necio… Es de necios…

Proverbios le dedica más de un capítulo a la necedad y a los necios. Va desde ser un caprichoso a un rebelde, pasando por un tonto. Necio es el perezoso, necio es el arrogante, necio es el que pone su confianza en los gobernantes, necio es el que ¡vuelve a su vómito!, necio es el que se junta con malandras, necio es el que gasta todo en perfumes y vinos, necio es el que le da la espalda a Dios… Necio, en ese mismo contexto, es el que “confía en el propio corazón”.

¿En qué/quién estás confiando?
¿En qué/quién te estás apoyando?
¿Sobre qué criterios tomás tus decisiones?
¿En qué te basás para afirmar tus pensamientos?
¿Cuánto lugar le estás dando a tus sentimientos? ¿Y a tus emociones?

Si, como dice Jeremías, “el corazón es engañoso”; si, como dice Salomón, “es de necios guiarse por el corazón”, este no puede ser tu GPS ni tu brújula espiritual. Las decisiones se toman sobre criterios claros, definidos, concretos. Aun cuando nos equivoquemos, que haya sido sobre una dirección firme, no algo “emocional, sentimental, de corazón”.

La única seguridad viene de Dios y su palabra, esa que dice Pedro que es “la palabra profética más segura” (2 Pedro 1:19), y por lo tanto, en la que podés confiar.

No decidas desde lo que sentís. Decidí desde lo que creés.

“Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos…” (2 Corintios 4:13)

Dejar un comentario