El Salmo 150 es el cierre perfecto para el libro de los Salmos.
Sí, hoy terminamos Salmos con el plan de lectura diaria, peeero… mañana retomamos otra vez. Nuestro plan de lectura nos lleva a leer la Biblia completa en un año, Proverbios todos los meses y Salmos dos veces en el año.
Volviendo a lo que te decía, es el cierre perfecto porque, más allá de algunos temas secundarios, Salmos es alabanza y adoración al Señor.
Algunos llaman a Salmos “el cancionero del Antiguo Testamento”. No sé si es tan así, pero esos poemas que leemos son oraciones cantadas, que el salmista eleva a Dios.
A lo largo de todo el salmo corre el verbo hebreo halal, que es la raíz y origen de “Aleluya”.
Sí, Aleluya no es un grito de alegría o celebración, ni siquiera una palabra de adoración. Aleluya es una invitación a alabar a Dios. Recorriendo los seis versículos, te da un panorama bien amplio de por qué, cómo y quiénes deben (¡tienen que!) alabar a Dios.
Ahora, hilando fino, ¿qué significa alabar?
Ya te dije que proviene de halal, pero eso no te dice nada. Lo que sí te dice es que significa, básicamente: “hacer brillar a Dios” o al nombre de Dios. Que, entre otras acepciones, está: hacerlo de manera notoria y entusiasta; hacer visible la grandeza de Dios, como si uno estuviera “presumiendo de Él”.
Se trata, redondeando la idea, de una alabanza gozosa, ruidosa, apasionada, incluso escandalosa para los estándares humanos, que hable de Dios, le dé la gloria y haga que otros conozcan sus maravillas.
¡Ups! Acá me frené…
En los 80/90 se definía a la alabanza como, precisamente, cantar “lo que Dios hace”; mientras que la adoración le canta a Dios, en primera persona, acerca de lo que Él es. Muy simplista, suficiente tal vez para el entendimiento que teníamos en esos años, pero muy flaco para hablar acerca de lo que significa alabar a Dios en el contexto que te mostré líneas arriba.
Ahora digo: si todo lo que respira tiene que alabar a Dios (Salmos 150:6), vos y yo, que respiramos (¿sí, no?), ¿de qué manera lo hacemos?
¿Hacemos brillar a Dios?
¿Contamos de sus obras y maravillas?
¿Presumimos de Él?
¿Lo hacemos en forma “escandalosa” para que todos se enteren?
¿O respetuosa y recatadamente para que nadie se ofenda o moleste?
¡Ay!
