Anoche, predicando, hice mención a la historia de Uza, el atrevido bienintencionado que cayó muerto por tocar el Arca del Pacto (2 Samuel 6). Uza y el Arca no eran el tema de lo que estaba hablando, sino David, que, a pesar de los errores cometidos, la ignorancia de las cosas espirituales y de cómo “manejar” la presencia de Dios, mantuvo siempre una “actitud de alabanza”. Decía, en el mensaje, que la alabanza es una forma de vida.
Pero en esos minutos que hablamos de Uza, me detuve en cómo se torna rutinario lo sobrenatural, cómo perdemos la conexión con las cosas de Dios y con lo que Él hace, al punto de “acostumbrarnos” a su mover y tomar como normal y habitual la manifestación de su presencia. El Arca del Pacto había estado en su casa; prácticamente él y su hermano se criaron con esa gran caja de madera que los acompañaba. No quiero inventar, pero se me ocurre (por los resultados) que hasta fue objeto de juegos y escondites, que tal vez terminó siendo un mueble más de la casa o, peor, donde todos acumulaban la ropa encima.
Repito: no quiero inventar. Pero si hubiera sido formado en ellos el temor de Dios, la reverencia por su gloria, el entendimiento de lo que significaba el Arca y aun el mismo Dios, no creo que se habría atrevido a meter mano cuando estaba por caer.
Sí, acá viene el debate: ¿la tenía que dejar caer?
Y el otro debate: ¿acaso las buenas intenciones no valen nada?
Y la verdad… según de qué se trate, las buenas intenciones no valen nada.
Tengo sentimientos encontrados en este tema, no sobre las buenas intenciones sino sobre la costumbre y la familiaridad. Por un lado, animo a la gente a sentirse en la iglesia como en su casa, que los chicos, los más chicos también, se puedan mover con la misma libertad. ¡Qué mejor cosa para un chico —y para la familia de ese chico— que criarse en la iglesia! A veces pasa que algunos padres me dicen: “No lo traigo porque se porta mal”, y más allá del problema de la falta de una crianza responsable que enseñe a portarse bien, siempre les digo: “Si no lo traés, nunca se va a portar bien. Se tiene que acostumbrar a estar acá”.
Pero al mismo tiempo, no les permitimos a los chicos que se desbanden, que molesten al resto, que los gritos o llantos incomoden a la congregación o interrumpan la prédica; mucho menos que suban al “altar”, que quieran correr en el escenario o tocar instrumentos o algún otro elemento (no por santidad, ¡sino por valor económico!).
Está bien que te sientas en tu casa, pero cuando estás en tu casa no andás desnudo delante de la familia y tampoco hacés pis o caca delante de los invitados… ¿No? “Todo tiene su tiempo” dice Eclesiastés y yo digo “y todo tiene su lugar”.
Por algo dijo Pablo: “…hágase todo decentemente y con orden.” (1 Corintios 14:40), y Salomón: “El que bendice a su amigo en alta voz, madrugando de mañana, por maldición se le contará.” (Proverbios 27:14).
Todo tiene su momento, todo tiene su lugar. No siempre las buenas intenciones valen, y el acostumbramiento a las cosas de Dios solo trae frialdad, dureza y muerte espiritual. Uza no fue ejecutado por sus buenas intenciones, sino por su falta de reverencia y temor de Dios.
Por eso me impacta lo que pasó con el rey Josías, ese que vimos que fue criado por su madre y por un sacerdote, ese que no tuvo ni tiempo de contagiarse de las aberraciones de su padre y se formó en un ambiente de adoración y honra al Señor. A los 18 años de su reinado —10 en total de estar reinando nominalmente, 2 de ser rey en la práctica— se da cuenta de que todos venían errando en su relación con Dios.
Encuentran el libro de la ley, se lo hacen llegar, él lo hace leer, y su reacción es un ejemplo de una vida cristiana dedicada a servir y honrar al Señor:
“Cuando el rey oyó las palabras del libro de la Ley, se rasgó las vestiduras…” (2 Reyes 22:11)
¿Qué te provoca la manifestación de Dios?
¿Qué te causa cuando Dios te habla o simplemente escuchás su palabra?
¿Con qué enfoque leés la Biblia, escuchás una prédica, o leés este devocional?
¿Y con qué expectativas?
Cuando leés, cuando escuchás, ¿tomás nota —al menos mental— para llevarlo a la práctica?
¿Lo recibís en primera persona para ser transformado?
¿O en tercera, para que “tu pareja” o “fulanito” cambie?
La palabra de Dios te invita a cambiar. ¿Aceptás la invitación?
Una cosa es clara: si bien “rasgarse las vestiduras” era una señal de humillación, de expresar dolor y quebranto, al mismo tiempo demuestra un cambio. Por lo menos, esa ropa ya no servía más. El rey tuvo que mandarse a hacer un vestido nuevo. No creo que lo haya remendado. Podría ser más lindo o más feo que el rasgado… pero no era el mismo, no era igual.
Una cosa es clara: cuando tenés un encuentro con Dios o un sincero encuentro con su palabra, ¡no podés seguir actuando igual! ¡No podés seguir siendo el mismo!
Sobre esta línea, Pablo decía que, mejor que circuncidarse “el cuerpo” (bue… ya sabés qué), era circuncidarse el corazón (Romanos 2:29), que en Deuteronomio está bien clarito: “Así que circunciden el prepucio de su corazón, y no sigan siendo obstinados…” (tercos, ¡bah! – Deuteronomio 10:16)
Está bueno estar acostumbrado.
Es muy malo perder la capacidad de asombro.
Y es peor todavía no reaccionar ante lo que Dios hace o dice.
Cuando su presencia deja de asombrarte, es señal de que algo dentro tuyo empezó a morir.
Y cuando su palabra ya no te sacude… tal vez necesitás volver a empezar.
Hacé como David, decile al Señor: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón…” (Salmo 139:23)
…y entonces volvé a circuncidar tu corazón, para no dejar de ser sensible a su voz.
¡Ay!
