Vamos a generar debate. Vamos a ser “antibíblicos”. Vamos a romper estructuras y sacar palabras de contexto… Je… ¡Acá vamos!
Sabés, si me seguís sabés, si me conocés sabés, que soy un fanático de la Biblia, la palabra de Dios. Si bien hay todavía algunos creyentes que la ponen en segundo plano, yo creo que la Biblia es la fuente de todo.
Es fácil: ¿cómo conocés acerca de Jesús? Por la Biblia. ¿Cómo sabés sus historias y lo que pasó con la cruz? Por la Biblia. ¿De dónde sacaste la idea de: arrebatamiento, segunda venida, resurrección de los muertos, vida eterna…? De la Biblia. Cuando aprendiste los 10 mandamientos (si es que los aprendiste o te los enseñaron), ¿de dónde los sacaste? De la Biblia. ¿Y el Padre Nuestro? ¡De la Biblia!
Por eso siempre digo que si una fuente me da información, tengo que aceptar todo lo que la fuente da, y no solo lo que decido creer o no. ¿Ok?
La Biblia es la palabra de Dios. La Biblia es Dios, en palabras. La Biblia es Cristo, o Jesús, porque es él “el Verbo de Dios hecho carne” (Juan 1:14); ese mismo “Verbo” que “en el principio estaba con Dios y era Dios” (Juan 1:1-2). Es el mismo “principio” del que Génesis dice que “Dios creó todas las cosas” (1:1). ¿Y cómo las creó? ¡Pues por medio de su palabra! Ya que dice: “Y dijo Dios… y fue hecho” (Génesis 1:3, 6, 9, 11, 14, 20, 22, 24, 26, 28).
¡Qué loco! Porque al mismo tiempo, Pablo dice que el que creó todas las cosas fue Jesús (Colosenses 1:16-17), el mismo que Juan dice que es la Palabra… Así que hay una tremenda relación que demuestra esa identidad. La Palabra de Dios es Dios. La Palabra de Dios está por encima de todo.
Por eso es que Salomón, con toda convicción y seguridad, dice: “No pierdas de vista mis palabras; guárdalas muy dentro de tu corazón. Ellas dan vida a quienes las hallan; son la salud de todo el cuerpo.” (Proverbios 4:21-22)
Hablando, obviamente, de la palabra de Dios. ¿No?
No. (¡Chan…!)
¿No te enseñó tu mamá de chiquito que “toda palabra fuera de contexto es un pretexto”? Bueno, si no te lo enseñó mamá, al menos quien te discipuló o lideró en tus primeros años de creyente te lo habrá dicho. Seguramente lo escuchaste desde algún púlpito o algún viejo evangélico te lo habrá recitado (quiero decir: viejo en el evangelio, eh…).
Porque también se trata de eso. De que en algún momento… alguien te enseñó. ¡O tampoco te dijo tu mamá de chiquito que “nadie nació sabiendo”!
Cuando comienza Proverbios, capítulo 1, se presenta su autor:
“Proverbios de Salomón, hijo de David, rey de Israel: para adquirir sabiduría y disciplina; para discernir palabras de inteligencia…” (1:1-2)
Y cuando comienza el capítulo 4, de donde surge el texto que te compartí líneas arriba, dice:
“Hijos, escuchen las enseñanzas de su padre; presten atención, y adquirirán entendimiento.”
O sea que es un escrito de sabiduría para jóvenes, de parte de Salomón a sus hijos… (que mucho caso no le hicieron) para formarlos para la vida y el reinado.
Así que… cuando dice: “No pierdas de vista mis palabras…” (Proverbios 4:21), ¡no está hablando de la Palabra de Dios! Sino de sus propias enseñanzas. (¿Cabe otro ¡Chan!?)
¡Cuántas veces escuché decir: “Yo tengo que tener mi propia experiencia”!
¡Cuántas veces escuché decir: “Bueno, pero vos también te podés equivocar”!
¡Cuántas veces escuché decir: “No todos pensamos de la misma manera”!
Y cuántas veces, al final, me tuve que morder los labios para no decir: “¡Te lo dije!” (Nunca digas “Te lo dije”).
Sí, la experiencia cuenta. Sí, la experiencia sirve.
Aunque te moleste (en realidad, molesta a tu orgullo), aprender de experiencias ajenas evita errores, leves o graves, y te posiciona en un mejor lugar. Las palabras de sabiduría, la palabra de la experiencia, el consejo del que te quiere bien, te van a preparar un nuevo piso sin tener que cavar bases nuevas cada día, sin tener que levantar columnas otra vez. Te colocan en un nivel superior.
¿Nunca te preguntaste por qué pasan los años y la sociedad no progresa?
¿O por qué repetís los errores de tu familia?
¿O por qué, cuando pensabas que habías descubierto la pólvora, en realidad solo estabas perdiendo (perdón, desperdiciando) el capital más valioso que tenés, que es tu tiempo?
Obviamente, no se trata de escuchar a cualquier payaso.
Hasta como país nos pasa eso. La política es un clarísimo ejemplo de constantes refundaciones que anulan lo anterior para tener su propia y nueva experiencia. ¿Resultado? Mientras en otros lados ves ingeniería robótica y competencia digital, a nuestro alrededor todavía luchamos por cloacas, agua potable o calles asfaltadas.
Pero Salomón no era un cualquiera. Es cierto que la embarró mal… pero eso no quita que:
“Dios dio a Salomón sabiduría e inteligencia extraordinarias; sus conocimientos eran tan vastos como la arena que está a la orilla del mar. Sobrepasó en sabiduría a todos los sabios del Oriente y de Egipto.” (1 Reyes 4:29-30)
No era un “don nadie”, no era un “caído del catre”, era un hombre entendido, con sabiduría milenaria, natural, sobrenatural y espiritual. Daba como para que Roboam le preste 5 minutos de atención…
En el camino del desarrollo cristiano, el Señor nos ha provisto de distintas y muchas fuentes de sabiduría, de consejo y dirección. Dios nos pone mentores, líderes, consejeros y pastores. ¡Y por supuesto que no dejo atrás a los padres!
Son todos ellos (somos) los primeros en querer que te vaya bien, que crezcas sano, que te desarrolles, que prosperes, que triunfes, y algo más… los únicos en desear que nos superes, para continuar con un legado y que se haga realidad, por extensión:
“El camino de los justos es como la luz de un nuevo día:
va en aumento hasta brillar en todo su esplendor.” (Proverbios 4:18)
Tengo que hacer una confesión: no puedo ser 100% objetivo en este tema porque soy mentor, líder, consejero, padre y pastor. Pero sin compararme con Salomón, pero comparándome con él, todo lo que recibimos proviene de Dios.
Seguir el consejo te da sabiduría.
Seguir el consejo te aleja de los peligros.
Seguir el consejo te posiciona en un mejor lugar.
Seguir el consejo ¡te ahorra tiempo!
Seguir el consejo, las palabras de tus mayores, de tu guía, de tu mentor, de tu maestro, de tu líder, de tu pastor…
“da vida a quienes las hallan; son la salud de todo el cuerpo.”
Dice también Proverbios, pero ahora 3:7: “No seas sabio en tu propia opinión…”
