El Poder del Llamado

Creo que no entendemos el valor y la fuerza que tienen el llamado y el propósito. Sí, propósito. Tal vez te canse hablando de esto y algunos me cargan diciendo que es “mi tema”. No es mi tema… pero debe estar en el top five de mi carrera ministerial.

Justamente hoy leí en Dicho Está que “el llamado determina la función”, algo que es más que una frase: encierra una gran verdad. Aquello para lo que fuiste llamado define qué clase de persona sos, cuáles son tus habilidades y cuál va a ser tu perfil de comportamiento. Aquello para lo que fuiste llamado se convierte en tu propósito porque, en definitiva, es tu meta de vida, el logro a alcanzar. Y algo más: si fuiste llamado para algo, es porque tenés las condiciones, herramientas y recursos a disposición para encargarte de ese llamado. ¿Acaso pensabas que Dios iba a poner en tus manos una tarea, arriesgándose a que falles? ¿No se te ocurrió pensar que Dios, como un ingeniero, acomoda cada pieza para que sea funcional a su propio plan?

Bueno, es así. Dios prepara las herramientas. Dios provee los recursos o los medios para alcanzarlos. Entonces, Dios toma la herramienta para usarla, y así la obra avanza y el plan es ejecutado. Acá el “toma la herramienta” es el llamado.

El propósito tiene varias capas funcionales, así como el llamado. Ya hablamos varias veces de eso y no viene al caso ahora, pero sí decirte que todos —no zafa nadie—, todos tenemos un propósito en la vida, y por lo tanto, todos tenemos un llamado a disposición. La diferencia no está en ser llamado; la diferencia la hacemos cuando respondemos al llamado.

Pablo era un tipo muy consciente de su llamado. Él llegó a decir: “para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21), precisamente entendiendo el valor. Tenía algo por hacer, y eso era prioritario antes que su propio bienestar o su propia vida. Él llegó a comprender que morir en Cristo y estar con Él es mejor que vivir sin Cristo y terminar sin Él.

Alguna vez escribí, a partir de esta enseñanza, que “el ministerio (el llamado) es trascendente a mi propia vida”. No muchos lo entendieron. No muchos lo entienden. Es que, como arranqué esta reflexión: no todos entienden el valor y la fuerza que tienen el llamado y el propósito.

En Hechos 23 lo vemos a Pablo enfrentando varios frentes de batalla a la vez. Una cosa es cierta: no se puede pretender cambiar la estructura social sin que haya oposición. Tal vez, inocentemente, pensamos que, como venimos con “buenas noticias” (evangelio), nuestra intervención debería ser ampliamente aceptada…

No. No funciona así. Cambiar lo establecido siempre ofrece resistencia.

Los líderes religiosos lo querían muerto. No sería la primera vez: durante todo su ministerio estuvo expuesto a cárcel y muerte. Pero tenía un propósito.

Una vez él escribió: “…todo ayuda a bien… a los que son llamados conforme al propósito de Dios” (Romanos 8:28). Pablo tenía un propósito. Fue capaz de discernir que, aunque a la vista humana las cosas estuvieran mal, si él conectaba y permanecía en el propósito de Dios… todo iba a estar bien.

Pablo tenía un propósito, y ese propósito lo puso a salvo. En el Hechos 23:11, Dios le dice: “Pablo, ten ánimo, pues necesito que des testimonio de mí en Roma, así como lo has hecho en Jerusalén”.

¿Te das cuenta del poder que tiene un llamado? Era tan importante el testimonio que Pablo tenía que dar en Roma, que Dios impidió que los ataques resultaran en muerte. Se desarmaron conspiraciones, se cayeron planes y estrategias, todo… por el poder de un llamado.

¿Te dije? Te dije. Todos tenemos un llamado, todos tenemos un propósito. Todos tenemos una función por cumplir, una tarea a desarrollar, un “algo” que define nuestra razón de existir.

¿Y vos? (¡Y yo!) ¿Qué estás haciendo con tu llamado? ¿Qué hiciste hasta ahora con tu propósito? ¿Qué lugar ocupa en tus planes lo que Dios quiere hacer con vos?

¡Ay, ay! No sé si preguntarte la que tengo en mente… (ma’ sí…)
¿Qué es más importante para vos: el propósito, el llamado, o tus deseos e intereses?

Ay, ay… si entendiéramos el valor y el poder que tiene nuestro llamado y nuestro propósito…

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