Dicen que “la esperanza es lo último que se pierde”. No lo voy a discutir, seguramente es así. Por una tendencia natural del instinto de supervivencia, estamos programados para hacer cualquier cosa por salvar nuestra vida, y aún cosas que rozan lo ridículo. En situaciones de riesgo o ante un peligro inminente, tenemos reacciones tan absurdas como querer detener con las manos a un auto que nos va a atropellar (¡un tren también, eh!) o, con las mismas manos, intentar amortiguar una caída de 100 metros de altura.
¿Exageración? ¡Sí, claro! Pero la exageración, por absurda, nos permite ver cosas que tal vez no notamos.
Claro que está el factor personalidad: no es lo mismo una persona con un temperamento depresivo que alguien que se pone tan por encima de los problemas que vive en una negación constante. También es una exageración —en este caso por defecto y exceso—, pero muestra nuestro comportamiento.
Es cierto que hay momentos en que la cosa ya no da para más. Me lleva a pensar en las series de emergencias médicas, cuando se involucran afectos y el médico de urgencias tiene que hacer RCP a un amigo, familiar o relación cercana… Siempre les cuesta aceptar que ya se murió: siguen, siguen, siguen… ante la mirada silenciosa de los demás… hasta que alguno lo convence y aparece el típico: “hora de muerte…”
Una cosa es tener esperanza, y otra cosa es vivir en Disneyworld. Las cosas… como son. ¿Y entonces, cuando se termina la esperanza?
Pablo iba rumbo a Roma a ser juzgado. El viaje en barco se complicó por el clima, se levantó tormenta y eso puso en peligro a la tripulación. En un momento, Dios advirtió por medio de Pablo (o Pablo se mandó por cosa suya) que iban a estar en riesgo y era mejor no zarpar. Pero, aunque no lo creas, el centurión escolta de Pablo decidió hacerle caso al capitán de la nave y al piloto antes que al preso Pablo, fabricante de tiendas… ¿Raro, no? (Hechos 27:11)
Al final, el barco quedó “casi” a la deriva, arrastrado por el viento y empujado por las olas contra las rocas, al punto que, relata Lucas: “Durante muchos días no pudieron verse el sol ni las estrellas, y la fuerte tempestad nos seguía azotando, así que ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos.” (Hechos 27:20)
Otra vez: ¿qué queda cuando termina la esperanza?
Pedro vivió algo caaasi parecido. Era una situación distinta. Él estaba preso y esperando la ejecución. ¿Tenía posibilidades de escapar, siendo vigilado por “cuatro grupos de cuatro soldados cada uno”? (Hechos 12:4) Tan rendido y entregado estaba Pedro que tuvo que intervenir un ángel y darle un golpe en el costado mientras este dormía entre dos soldados, apoyado contra la pared, con los brazos extendidos y sentado en el piso (Hechos 12:7). ¡Tan resignado estaba que ni creyó que estaba siendo liberado, sino que pensó que estaba soñando! (12:9)
Pero en ambos casos, la esperanza dio paso a la fe.
No quiero exagerar, no quiero inventar, me voy a salir de contexto y de doctrina, pero… ¿y si la esperanza es un obstáculo para la fe? ¿Y si Dios está esperando que dejes de poner la confianza en los recursos humanos, las posibilidades humanas, las personas, la casualidad… y empieces a confiar en Él?
¿Cuál es la base donde se apoya la esperanza? ¿En qué fundamento descansa?
¿Tenés esperanza o tenés fe?
Lucas y la tripulación habían perdido la esperanza de sobrevivir. No era el caso de Pablo, que tenía la convicción de salir vivo (Hechos 27:22). ¡Cuántas veces somos simples víctimas de los errores de otros! ¿No?
Haciendo un análisis objetivo de la situación, realmente ya no tenían oportunidad. Lo más probable era que el barco terminara destruido contra las rocas. Y así fue (27:41). Pero ni uno de ellos murió.
“La esperanza es lo último que se pierde”, y cuando se pierde… todavía queda la fe.
Hacemos análisis basados en nuestro conocimiento y experiencia.
Calculamos las probabilidades de éxito guiados por estadísticas y fórmulas de marketing.
Cada vez se usa menos la “inversión de riesgo” y se confía más en el coaching y los Community Managers para que dirijan nuestro negocio.
Tenemos esperanzas… ¿tenemos fe?
No confíes solo en lo que ves (a veces, ni siquiera eso).
No esperes solo en lo seguro. (¿Acaso no se lo llevaron preso?)
No te limites a lo establecido ni a lo calculado.
No te conformes con tener esperanzas… tené fe.
