Conocí el evangelio a principios de los 90. Conocer el evangelio es una manera de decir que “me hice cristiano” y empecé el camino de la nueva vida en Cristo. Ya lo dije alguna vez: no me animo a decir “conocí al Señor”, como se decía en esos tiempos, porque conocer a Cristo es un proceso tan profundo que no es para decirlo así nomás.
Le doy gracias al Señor por haberme llevado a un lugar donde fui formado doctrinalmente, donde no había excesos de ningún tipo, donde la Palabra era el centro y eje de cada reunión y de la vida cristiana en general. A diferencia de lo que hacemos ahora, apenas llegué a la iglesia empezaron los “cursos de discipulado”, el “ABC” de la vida cristiana, el “¿Y ahora qué?”, y no podía faltar el fatal de “las 28 lecciones”, que no recuerdo cómo se llamaba realmente, ya que le decíamos así: “las 28 lecciones”.
El discipulado es algo vital para el desarrollo del cristiano recién nacido (Juan 3:3, 6). Cuando está bien fundamentado en la Biblia, centrado en Cristo, enfocado en el evangelismo y en el crecimiento espiritual personal, evita que seamos “arrastrados por cualquier viento de doctrina” (Efesios 4:11-14).
Como ese que decía que el Antiguo Testamento era solo historia, y que solamente debía predicarse el Nuevo. Y yendo más profundo, solo los Evangelios. ¡Qué burrada! El cristianismo no arranca en Mateo, sino que en Génesis ya aparece la figura de Jesús, escondida en el sacrificio que Dios hizo para cubrir a Adán y Eva (Génesis 3:21). Y no solo eso, sino que Lucas relata que, mientras Pablo estuvo dos años en prisión domiciliaria en Roma, “…desde la mañana hasta la tarde les habló del reino de Dios, citando tanto la ley de Moisés como a los profetas para convencerlos acerca de Jesús” (Hechos 28:23).
En esa época, por ejemplo, estaba en auge (moda) la guerra espiritual. No solamente era una moda, sino que si ibas a una librería cristiana —una librería enfocada en temas cristianos únicamente—, la góndola de guerra espiritual era la más buscada y la más llena. Las Rebeca Brown, Ana Méndez, Cindy Jacobs, y los Carlos Annacondia, Edgardo Silvoso, Derek Prince… ocupaban todo el espacio, dejando fuera de la bolsa a Frank Hammond e Ida Hammond, autores del único libro serio sobre el tema: “Cerdos en la sala.”
Todo era demonios. Así como en los 70/80 todo era pecado, en los 90 todo era demonios. Después fue todo alabanza… pero esa es otra historia. Tanto fue el énfasis sobre los demonios, que todavía hoy, después de casi 40 años, hay que sanar corazones y corregir enseñanzas que ponían al diablo ¡a la altura de Dios! y a los demonios por encima de los hombres. Cuando Jesús dijo: “Les he dado autoridad a ustedes para pisotear serpientes y escorpiones, y vencer todo el poder del enemigo; nada les podrá hacer daño” (Lucas 10:19); “las puertas del Hades [infierno/muerte] no prevalecerán contra ella [la iglesia]” (Mateo 16:18); y Juan cierra el círculo diciendo: “el maligno no toca al nacido de Dios” (1 Juan 5:18).
Pero no quiero hacer un tratado de demonología ni un documental sobre el evangelio de los 90, sino solo enfocarme en la verdad de la Palabra y lo que Dios me habló hoy:
“Pero Pablo se sacudió la víbora y esta cayó en el fuego, sin que Pablo sufriera ningún daño.” (Hechos 28:5)
No hizo un culto de oración.
No ayunó una semana.
No convocó a los intercesores.
No ató al hombre fuerte de Malta, y por las dudas, el de Roma y Jerusalén.
No se cubrió con la sangre de Cristo.
No reprendió a Publio.
No le echó la culpa a Cástor y Pólux, los ídolos que encabezaban el barco.
¿Sabés qué hizo?
Se sacudió la víbora y siguió como si nada…
La guerra espiritual no es un conflicto de poder, sino un conflicto de verdad. La verdad de saber quién sos. De saber quién es Dios. De saber quién es Jesús. De reconocer tu posición delante de Él.
Cuando conocí el evangelio me parecía raro que todo fuera tan simple.
33 años después, le doy gracias a Dios que sea tan simple.
(Ahora se ofenden porque dije “simple”).
No le busques “la quinta pata al gato”; tampoco “el pelo al huevo”. Las cosas de Dios son simples.
No pierdas tu tiempo echando demonios: sacudí lo que estorba y seguí con tus tareas.
No te distraigas con doctrinas extrañas: afirmate en su verdad.
No te deslumbres con las nuevas modas: ya pasarán.
No hagas caso a los que aplauden ni a los que critican… chequeá tu nombre escrito en el Libro de la Vida.
Y si algo estorba… ¡sacudite y avanzá!
