El evangelio es “poder de Dios”, así dice el famoso texto de Romanos que encontramos en la lectura de hoy (1:16). No solo poder de Dios, sino además, “poder de Dios para salvación”.
Pero el evangelio también es una “buena noticia” (significado de la palabra griega evangelio).
Ahora bien, evangelio, dicen, también es una forma de vida. Algunos son bien dogmáticos y agregan: “no es una religión, sino una relación”.
El evangelio es transformación. Eso es un “re sí”. Involucrarte en el plan de Dios cambia tu vida. Lento o rápido, pero es imposible que sigas siendo el mismo cuando te acercás a Dios, conocés más íntimamente a Jesús o te involucrás en su obra.
Es más, me gusta decir —y hace mucho que no lo digo— que el evangelio es una “experiencia sobrenatural transformadora que nos coloca en una nueva posición espiritual” (¡decí amén!).
Pero más allá de todos estos “sí y amén”, el evangelio es muerte, el evangelio comienza con una muerte y depende de una muerte.
Juan 3:16 lo deja más que claro —no por nada es el pasaje más famoso de la Biblia, presente hasta en los mundiales de fútbol—: “De tal manera amó Dios al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (¡decí otro amén!).
Ya está. Eso es el evangelio: la buena noticia de que si creés en Jesús y en su muerte a tu favor en la cruz, estás libre de la perdición eterna (salvo) y alcanzás la vida eterna. (¿Otro amén?)
Pero como nada es gratis, y la salvación gratuita la pagó Jesús, se requiere de nuestra participación.
El evangelio es muerte: empieza con una muerte e involucra nuestra muerte. Jesús lo dijo, bien clarito: “Si el grano de trigo no cae a tierra y muere, queda solo, no cambia; pero si muere, produce mucho fruto” (Juan 12:24, adaptación mía).
Por las dudas, Pablo lo aclara: “Hagan morir lo terrenal en ustedes…” (Colosenses 3:5), o “nuestro viejo hombre fue crucificado… porque el que ha muerto ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Romanos 6:6-8).
Es lo que se llama, por un lado, “el precio del discipulado”, y por otro, “santificación progresiva”.
Sí, ser cristiano no es para débiles y pobrecitos, ignorantes o necesitados —como algunos sugieren—, sino para “violentos que arrebatan el Reino de los cielos” (Mateo 11:12).
O por lo menos, es lo que Jesús dice… y para mí, algo entiende.
Por eso David quedó traumado cuando Uza cayó muerto después de querer tocar el arca de la presencia de Dios (1 Crónicas 13:10). Más allá de la buena intención de este hombre, tocar a Dios, querer meter mano, manipular su presencia, “ayudar” a Dios es cosa seria… y las cosas serias se pagan.
Había mucha falta de entendimiento, no solo en Uza, sino también en David. Hacía tanto que se habían olvidado de Dios, que ya todos creían que sabían cómo relacionarse con Él. ¡Ay, querido mío… una cosa es bien cierta: las cosas de Dios no son a tu manera, son a la manera de Dios!
Después de ver caer a Uza fulminado (carbonizado), David dijo: “¿Y cómo voy a llevar el arca de Dios a mi casa?” (1 Crónicas 13:12). Sí. Relacionarte con Dios es cosa seria.
Estoy dando vueltas con una palabra para la prédica de esta noche. Todavía no está pulida, pero el eje está en las palabras de Pilato: “¿Y qué voy a hacer con Jesús?” (Mateo 27:22).
Esa pregunta me/te hago ahora:
¿Qué vas a hacer con Jesús?
¿Qué estás haciendo con Jesús?
¿Cómo te estás relacionando con Él?
¿Estás en condiciones de que habite en tu casa?
Sabés que, cuando digo casa, no hablo de tu casa, ¿no?
Reformulando: ¿Estás en condiciones de que Jesús habite en vos?
¿Qué estás dispuesto a dejar?
¿Cuánto estás dispuesto a invertir para recibirlo a Él?
¿Valdrá la pena?
¿Qué vas a hacer con Jesús?
No hay evangelio sin muerte, ni tampoco hay evangelio sin transformación.
