¿Te lo dije? Sí, te lo dije. Soy fanático de la ciencia ficción y de los viajes en el tiempo. Hubo una época en mi infancia en que jugaba con esa posibilidad, pensando que, justamente, era algo viable. Especulaba más adelante a quién iría a conocer, qué época recorrer, y siempre estuvieron más o menos los mismos personajes: Buenos Aires colonial, Jesús, San Martín y Belgrano, mis ancestros en la línea de tiempo.
Después uno va endureciendo la inocencia y ya solo se me ocurría retroceder de a 50 años para ir comprando y acumulando dólares…
Dejemos algo en claro para que no te hagas ilusiones: técnicamente el viaje en el tiempo es posible, pero es imposible volver a revivir épocas, días, minutos ya pasados. Pablo lo sabía sin saber mucho de física: “las cosas viejas pasaron…” (2 Corintios 5:17).
Digo… ¿no te gustaría presenciar tu nacimiento? Mejor aún: ¿no te gustaría ver tu futuro, para saber si tenés que hacer alguna corrección hoy? ¿Saber si terminás bien? ¿Si alcanzaste tus sueños? ¡Sería fabuloso!
Y aburrido al mismo tiempo.
¿Qué sentido tiene la vida, el esfuerzo, el desarrollo, si ya sabés cómo va a ser? ¿Qué gracia tiene dar pasos que ya sabés que diste? Le quita toda la emoción, la adrenalina, las sorpresas y las alegrías.
Sí, no te emociones. Sería vivir un ciclo de rutina peor que las que te fastidian día a día.
Lo loco de esto es que Dios sí ve ese futuro. Isaías dice que “sus pensamientos y caminos son más altos que los nuestros” (55:8-9), lo que tiene una profundidad teológica y metafísica muy grande y relevante.
Dios no comparte la línea de tiempo de la humanidad, sino que “está por encima” de ella, ya que, al ser eterno, no tiene principio (sí, digerilo: Dios no tiene un principio ni un día en que nació), y tampoco tiene final. Ese es el concepto de eternidad.
Entonces, al mejor estilo de las series futuristas de multiversos y líneas de tiempo, Dios tiene la capacidad de ver, en el mismo momento, el día que naciste y el día en que vas a morir; tus luchas por progresar y tus fracasos y equivocaciones; las cosas que alcanzaste, las que abandonaste y las que estaban equivocadas.
Eso nos da dos ventajas.
Una: precisamente, ¡Dios nos da una ventaja!
Es algo complicado de explicar, pero para que te hagas una idea clara: cuando Dios ve tu final exitoso, acomoda algunas piezas —las que no son relevantes— para que no estorben en tu camino. Mientras que otras las deja a propósito, para que forjen tu carácter.
¿La otra?
Dios ve tu futuro, le habla a tu futuro, y te trata en función de tu futuro.
Dios llamó a un Moisés desterrado, pero le habló a un libertador.
Llamó a un Gedeón oprimido, pero le habló a un guerrero valiente.
Llamó a una tímida adolescente, pero le habló a la madre del Salvador.
Llamó a un pescador inculto, pero le habló a un transformador de naciones.
Llamó a un perseguidor de iglesias, pero le habló a un predicador.
¿Que si Dios no ve tu pasado? ¡Claro que sí!
No te comas ese cuento de que olvida tu pecado. Simplemente “no lo trae más a su memoria” (Isaías 43:25), porque conoce tu pasado, pero le habla a tu futuro.
David había establecido y afirmado su reino. Siente una carga “culposa” al ver el tabernáculo donde habitaba el arca de la presencia de Dios, en comparación con su propio palacio. Este era un lujo de cedro y mármol; el otro, apenas una carpa.
Se propone, entonces, construir un lujoso templo, pero Dios se lo impide y, al contrario, le habla de su reinado, de su linaje y su legado.
David, consternado y emocionado, le dice a Dios que él no merece semejante honra, y agrega:
“¡Y aun esto te ha parecido poco, Dios mío! Tú, mi Señor y Dios, hablas en futuro de la casa de tu siervo, y me ves como si fuera yo un hombre excelente.”
(1 Crónicas 17:17)
¡Ay, David!
No te veía “como si fueras”: veía de vos lo que vos todavía ignorabas…
Te veía —como después escribiría en tu CV y carta de recomendación— “varón conforme a su corazón” (Hechos 13:22), aunque tu corazón todavía andaba revoloteando, saltando del trono a la cama de Betsabé.
Dios conoce tu pasado. Pero Dios le habla a tu futuro.
¿Qué estás viendo de vos mismo? ¿Tus errores? ¿Tus caídas? ¿Tus incoherencias?
Dios no le habla al que fuiste, sino al que vas a llegar a ser.
No te detengas por lo que fuiste.
Ni por el proceso que estás atravesando.
Avanzá confiado, sin ver, hacia lo que Dios ya vio de vos.
