Dicen que “la mona, aunque se vista de seda, mona se queda”, o que “el hábito no hace al monje”. Creo que me quedo con este último: el hábito no hace al monje.
Es un tema de apariencias y formas. Cuando prestamos más atención a las formas y apariencias que al fondo o la esencia de las cosas, nos desviamos de lo que verdaderamente importa.
Vivimos una época en la que la imagen pesa mucho. Bueno, siempre pesó la imagen, pero hoy invertimos tiempo y dinero en mostrar lo que no somos, para conseguir aceptación, interés, ventas o likes.
La Iglesia no es ajena a esto: procuramos ser atractivos, dar una buena impresión, tener una buena estética, a tono con las tendencias del momento; cuidamos lo que mostramos en redes, siendo muy detallistas en qué mostrar y qué no.
Lo mismo hacíamos con la imagen de la vida cristiana: me formé en una iglesia donde era más importante qué ropa llevabas que cómo estabas; que tuvieras camisa, corbata y zapatos al momento de ministrar, que una relación con Dios y buena oratoria. Le doy gracias a Dios que eso quedó en el tiempo y ya no pasa, pero… seguimos poniendo en primer lugar la apariencia antes que la transformación.
Digamos todo… es más fácil aprender formas que cambiar el fondo. Es más fácil imitar costumbres que incorporar hábitos. Es más fácil… tapar los “rollitos” que adelgazar.
Y esto viene de tiempo. No solo de la iglesia de los 90 en la que dimos nuestros primeros pasos, sino de la del siglo I. Pablo tenía este conflicto con los que querían volver a las costumbres del judaísmo, los que querían reimplantar la Torá, los que exigían observar ritos y rituales, como la circuncisión.
Pablo los confronta desde el mismo judaísmo. Astuto como pocos, les habla desde sus mismas enseñanzas:
“El verdadero judío lo es en su interior, y la circuncisión no es la literal, sino la espiritual, la del corazón. El que es judío de esta manera es aprobado, no por los hombres, sino por Dios.”
(Romanos 2:29)
La imagen pesa, la imagen cuenta y la imagen vale. Pero la imagen no es nada si no refleja una transformación.
Las formas son importantes, los modales y las maneras también, pero no son nada si no acompañan a un espíritu renovado.
Las costumbres son importantes, las tradiciones también, pero no sirven de nada si no muestran a Cristo en vos.
Cuidá tu aspecto, tu imagen, tus maneras, tus formas. Procurá dar una buena imagen, pero por sobre todo, que “se vean tus buenas obras” y que eso invite a “dar la gloria a Dios” (Mateo 5:16).
No te gastes en imagen. Renová tus pensamientos, tu mente, tu espíritu; mostrando una genuina transformación.

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