No quería ir por acá. Parece que fuera obsesivo, y la verdad que no es así. No lo hago a propósito ni tuerzo los versículos para que digan lo que yo quiero, sino que… ¡hablan por sí solos!
Bueno… obsesivo no, pero obsesionado tal vez sí. A veces, conversando, digo exagerando que ¡soy un maniático…! Pero tampoco es así (¿o sí? No sé…).
Se suele decir “a las pruebas me remito”, así que dejaré que “el público” (bueeee…) juzgue.
Hace un par de años, exactamente en 2023, declaramos que era el “año de la excelencia”. A partir de ahí, eso fue, para nuestro ministerio y para mí en particular, un desafío a mantener el nivel y cada vez dejar la vara más alta. Por supuesto que no digo que lo hayamos logrado; es más, yo sigo pensando que nos falta mucho, demasiado, cada vez más. Y a veces es un vaso de agua fresca cuando personas que recién nos conocen mencionan, precisamente, la excelencia.
No estoy diciendo esto para autoalabarme ni alabar a la iglesia, ya que la Biblia es bien clara, y con la Biblia no se… juega:
“Deja que sean otros los que te alaben; no está bien que te alabes tú mismo.” (Proverbios 27:2)
Y aunque soy malo para recibir elogios o alabanzas, soy bueno para insistir en que este es un tema relevante.
No… ¡No estoy hablando del propósito! Aunque por supuesto que es súper importante para mí. Hablo de la excelencia, una meta anhelada, una realidad lejana.
¿Qué es la excelencia? Es algo tan complejo como definir el amor. Si empezamos a hablar de amor, vamos a estar haciendo más referencias a la pasión que al amor en sí, lo que hace que muchos crean que “el amor se termina”. Así de complejo, por ser algo abstracto, es hablar de la excelencia; no por lo abstracto, sino por los parámetros.
¿Cómo se mide la excelencia? ¿Desde qué lugar? ¿Quién puede decir que algo es excelente o no? ¿Es posible alcanzarla? ¿Vivirla?
Mi libro Fracasados nació justamente en el año de la excelencia. Estaba haciendo una serie de mensajes acerca de aquellos que se desviaron de su llamado o propósito, que se enfocaron en otras cosas, que se alejaron del plan; pero, a pesar de eso, Dios siguió considerándolos excelentes. Ahí es donde me di cuenta de que “excelencia” no es algo según el formato o la medida del hombre, sino según las pautas y la visión de Dios.
Yo puedo poner mi nivel de excelencia, pero puede ser muy distinto al tuyo. Tal vez lo que para mí es un excelente trabajo, para vos sea mediocre. O, a la inversa, lo que yo considere medio pelo vos lo veas superior.
Con la Biblia aprendí que Dios no se detiene en algunos aspectos que a nosotros nos encantaría señalar. ¿Podés creer que en mis primeros años de creyente, siendo discipulado, se enseñaba que si, por ejemplo, cruzaba una luz roja, perdía la salvación?
¿Cómo puede llamar Dios “excelente” a un hombre que toma la esposa de otro y manda matar a este? David.
¿Cómo puede llamar excelente Dios a un hombre que entrega a su mujer para protegerse a sí mismo? Abraham.
¿Cómo puede Dios llamar excelente a un hombre que engaña a su padre y a su hermano para salir favorecido? Jacob.
Al mismo tiempo, hacer esas —o cualquier otra cosa en esa misma línea de acción— no te hace excelente, sino necio y “pisoteador” de la sangre del Señor. ¡Qué difícil! Sí, por eso Jesús dijo que “lo que para el hombre es imposible, es posible para Dios” (Lucas 18:27).
¿Cómo defino a la excelencia entonces? Robert Barriger, en su libro La Iglesia Relevante, dice algo más o menos así:
“Hacer tu mayor esfuerzo, creer que no tenías manera de hacerlo mejor”, lo que también, por defecto, dice:
“Si creés que podías hacerlo mejor, no estás dando tu nivel de excelencia.”
¡Ese es el punto! Dar lo máximo que puedo dar, independientemente de la calificación de otro, pero bajo la mira del Señor. ¿Entendés ahora por qué calificó igual a los dos primeros de la parábola de los talentos? No se trataba del número; se trataba del porcentaje. Uno produjo cinco, otro produjo dos, pero ambos produjeron 100 %.
No se trata de que hagas las cosas bien.
No se trata de que las hagas mejor que otro.
Se trata de que las hagas de la mejor manera que las podés hacer.
¡Ufff! Confrontativo. Sí, el evangelio es una confrontación constante.
Cuando David —el mismo que mandó matar al marido de su amante— quiso dejar organizado su legado, le dio varias instrucciones a Salomón. Salomón fue el sucesor designado por el dedo de Dios a través de la mano de David. No era por derecho legítimo, sino por voluntad divina (lo señalo solo para que veas como se maneja el Señor).
Entre las instrucciones, le pone la carga de construir una casa para Dios, ya que hasta el momento no existía un templo, sino que “los cultos” se hacían en esa gran carpa al mejor estilo del Circo Rodas.
“Entonces dijo David: «Salomón, mi hijo, es todavía un niño de tierna edad, pero la casa que debe edificarse al Señor tiene que ser una obra excelente, de gran renombre en todo lugar. Así que voy a prepararle todo lo necesario.» Y antes de su muerte, David hizo abundantes preparativos.” (1 Crónicas 22:5)
Acá tendría que sacar dos líneas de reflexión, pero si hago eso no termino más. Porque si bien está hablando del templo que Salomón iba a edificar, hoy la casa de Dios no se limita a un edificio, sino que:
“¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?”
(1 Corintios 3:16)
Entonces, ¿me quedo solo con los arreglos de la iglesia, con la manera de recibir a “los nuevos”, con la forma de hacer una buena contención, con brindar un lugar cómodo, agradable y atractivo, con tratar de tener un buen sonido, una buena alabanza? ¿Me quedo con que haya una “buena palabra”, con que “se sienta a Dios”?
¿O también tengo que enfocarme en qué clase de vida llevo siendo yo el templo de Dios?
¿Le estoy dando a Dios una casa excelente? Me parece que de esta no zafamos ninguno.
En lo ministerial, mi abuela decía: “Que al que le quepa el saco, que se lo ponga”.
Si desde tu área de ministerio no estás dando tu mejor nivel, o creés que podés hacerlo mejor, no estás sirviendo con excelencia.
Pero en lo personal… ¿qué clase de casa le estás dando?
¿Puede Dios sentirse honrado viviendo en vos?
¿Tu forma de vida hace que Dios se sienta cómodo?
Tus decisiones, tus costumbres, tus acciones… ¿van a tono con el Inquilino que tenés en tu cuerpo?
Ya que digo “Inquilino”… ¿te acordás que lo recibiste como Señor? (O sea, como dueño).
El evangelio es una confrontación constante.
Hace mucho que no lo decía, ¡y ya lo escribí dos veces hoy!
David era cuidadoso de eso, tal vez conociendo sus inclinaciones, y con astucia le pidió a Dios:
“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis ansiedades.
Fíjate si voy por un camino que te ofende y guíame por el camino eterno.”
(Salmos 139:23-24)
Yo avisé. El que avisa no traiciona.
No quería ir por este lado, pero…
¿Creés que podrías hacerlo mejor?
El evangelio es una confrontación constante. (3…)
