Dios de Pactos

Los pactos son cosa seria. Dar la palabra es algo serio. Si bien es cierto que en esta época cada vez tiene menos valor y hay más demandas por promesas incumplidas o contratos quebrados, para Dios los pactos siguen vigentes y teniendo valor.

Dios es Dios de pactos —por lo menos así lo dice Marcos Witt—, pero aunque no lo dijera, Dios es y sigue siendo un Dios de pactos. Digo “sigue siendo” porque Dios no cambia. Esa verdad de la invariabilidad de Dios nos da confianza. Los hombres cambian (las mujeres también, ¡eh!). A veces cambiamos para bien: creciendo, razonando, avanzando… A veces cambiamos para mal: retrocediendo, abandonando principios y valores, rompiendo pactos. Pero Dios no. Hebreos 13:8 dice que: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por siempre”. Y si no te alcanza con Jesús, el Salmo 102:27 dice que: “Tú eres siempre el mismo” (Dios, Jehová, Yavé, Adonai… ¿ok?). Y Malaquías 3:6, “Porque yo Jehová no cambio”. (Directo y tajante. Dios no cambia).

Saber que Dios no cambia te da seguridad de que lo que dijo una vez, lo sigue diciendo hoy; que lo que prometió, lo cumplirá; que de la manera que actuó, seguirá actuando. Sumale a eso que “su misericordia es para siempre”, como lo cuenta tooodo el Salmo 136.

Por eso los pactos son cosa seria, porque aunque yo podría poner mil argumentos para alterar las condiciones originales, Dios sigue siendo el mismo y espera la misma respuesta (aunque conoce nuestras debilidades).

Sostener un pacto habla mucho de carácter: de perseverancia, compromiso y responsabilidad. Mantener y cumplir una palabra dada habla de la calidad de persona que podés ser, y eso vale delante de Dios.

No es que Dios evalúe tu comportamiento o tu futuro según tu actitud ante los pactos, pero sí que ellos muestran qué clase de persona sos. Malaquías, por ejemplo, habla del pacto que hace una pareja al casarse (2:14). No es solamente el deseo de dos enamorados (o no) de formar una familia, tener hijos, estar juntos o compartir un lecho. Es el pacto que dos personas hicieron delante de Dios, comprometiéndose a fidelidad, acompañamiento, asistencia, provisión, cuidados y amor mutuos. (Me parece que voy a volver a los contratos de casamiento).

No es el único tipo de pacto que existe. Hay muchos más: algunos más notorios y otros más sutiles. Cuando contraés una deuda, por ejemplo, estás haciendo un pacto con tu acreedor (aunque no firmes pagarés). No pagar tu deuda no te hace más vivo, sino que te convierte en un deudor moroso que no cumple sus compromisos. Si eso llega a pasar ante una entidad —por ejemplo, no pagar el resumen de tu tarjeta de crédito—, afecta además tu perfil crediticio y baja tu valoración.

Pero también hacés un pacto cuando le prometés a tu hijo llevarlo a fútbol o comprarle una play station.

Los pactos son cosa seria y dignos de tener en cuenta. A veces nos vemos presionados a violar esos pactos o darlos por finalizados solo porque las condiciones cambiaron y continuar con el pacto termina en un perjuicio para uno.

Y ahí, otra vez, se revela qué clase de persona somos…

Se presenta una disyuntiva: ¿Qué vale más? ¿El pacto o sus consecuencias? ¿Si me va bien lo cumplo, si me va mal lo rompo?

¿Qué dice Dios? ¿Qué revela su Palabra?

Dios es Dios de pactos, ya lo habíamos dicho, así que Dios respeta el pacto. Dice Salmos 15:1: “Señor, ¿quién puede vivir en tu templo? ¿Quién puede habitar en tu santo monte?”
Y el verso 4 responde: “El que desprecia al que Dios desprecia, pero honra al que da honra a Dios; el que cumple sus promesas aunque salga perjudicado”.
Toda una definición: Dios califica y pondera, Dios habilita y reconoce a aquellos que toman decisiones firmes y determinadas, alineándose con su plan y propósito.
Pero además… “el que cumple sus promesas aunque salga perjudicado”.

Los pactos son cosa seria. No son resultado de decisiones impulsivas o caprichos momentáneos. Son acuerdos, valores, ¡contratos! que deben ser respetados.

¿Cuál es tu postura en el tema?
¿Sos de los que cumple su palabra o de los que se cuelgan?
¿Sos de los que respetan lo hablado o de los que cambian con el viento?

¿Y con Dios? ¿Hiciste pactos con Dios? No… los de plata no. Los de entrega, servicio, pertenencia, adoración.
¿Cómo respondés? ¿Cómo actuás? ¿Sabías que el día que lo invitaste a tu corazón, estabas haciendo un pacto con Él, de tomarlo como dueño de tu vida, como Señor?

Los pactos son cosa seria. Los pactos son importantes. Tu respuesta a los pactos muestra qué clase de persona sos.

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