Hablar de amistad es hablar de esas cosas que te hacen bien. Aunque a veces lo queramos negar, o tal vez el andar de la vida nos haga un poco más reservados, por naturaleza somos seres sociales.
Es independiente de la personalidad. Podés ser más o menos extrovertido, pero por esencia sos un ser social. Fuimos creados para afectar el entorno, para gobernar y expandirnos… Es imposible hacer eso sin ser sociales.
Recuerdo los días de pandemia: ¡nos querían hacer creer que nunca más volveríamos a juntarnos, relacionarnos, abrazarnos y socializar! ¡Qué ridículos!
Las relaciones interpersonales, los vínculos afectivos, las metas en común y el contacto con pensamientos distintos nos forman, nos moldean, perfilan carácter y temperamento… ¡y hasta nos pulen!, sacando las cosas que no son productivas.
Dice Proverbios 27:17: “Como el hierro se afila con hierro, así un amigo se afila con su amigo.”
Es verdad que, a medida que vas creciendo, te ponés más selectivo, y el concepto de mejor amigo se corre para dar lugar al de amigo verdadero: el que pasó las pruebas y tormentas con vos, el que se mantuvo en el tiempo, el que capaz ya ni ves, pero el día que te lo cruzás parece que lo viste ayer.
Hablar de amistad es hablar de cosas que te hacen bien, que te potencian, te animan a más y mejor; de esas cosas que elevan tu nivel, que sacan lo mejor de vos y te llevan a experimentar la plenitud.
Plenitud… Qué cosa casi abstracta, pero tan real al mismo tiempo. A veces pretendemos encontrarla en una pareja, en un trabajo, en una actividad… en una amistad. Pero el concepto real de plenitud solo lo encontrás en Dios.
El Salmo 3 dice que “Él es mi gloria” (3:3); Efesios 1:23 dice que la Iglesia es “…la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”; Colosenses 3:4 afirma “Cristo, nuestra vida”; y el Salmo 16:11 declara: “En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre.”
Hablar de amistad es hablar de cosas que te hacen bien. Y si hay algo que te hace bien es la intimidad con Dios. David, bien basado, decía: “Mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos” (Salmo 84:10), él, que habiendo tenido fama, lujo, riquezas y mujeres, encontró que la plenitud viene de Dios.
Creo que una buena manera de medir cuán cerca de Dios estamos es analizando cuánto necesitamos de las cosas o de las personas. Cuando necesitás tapar huecos o buscar en algo externo lo que te haga ser feliz o sentirte pleno, es porque no estás disfrutando la intimidad con Él.
Una cosa es la amistad que edifica o la relación que llena, y otra muy distinta es la dependencia de cosas o personas para sentirnos realizados, para vivir en plenitud.
Termino con Colosenses, otra vez, pero 2:10, “Estamos completos en Él.”
Cuando algo está completo, ya no entra nada.
Cuando algo está completo, no necesita nada.
Cuando algo está completo, no tiene lugar para algo más…
“Estamos completos en Él.”
