Renunciamientos

¿Cuál es la diferencia entre una persona exitosa y la que no lo es? La respuesta a esta pregunta tal vez esconda la clave del éxito, o del progreso, o de la superación personal, o simplemente de cómo alcanzar las metas.

Esto va a parecer casi un spoiler, porque hablando los miércoles de “Conquistando la Promesa”, vamos a tocar este y otros temas que, en definitiva, tienen que ver con nuestras decisiones personales.

Sí, hace rato que estamos hablando de decisiones, y es que —¿te lo dije?— “el evangelio es una confrontación constante”. Cuando llegás a Cristo, cuando te encontrás con el evangelio, sos confrontado a tomar una decisión. Nadie puede seguir como si nada al encontrarse con Dios.

Volviendo a la pregunta original, la respuesta básica sería: “los que tienen éxito hacen cosas todos los días que los que no lo tienen hacen de vez en cuando”, o “los que triunfan no se detienen con los sueños, sino que les suman la acción para convertirlos en realidad”.

Lo que queda en claro es que, como decía estos días: “las cosas valiosas de la vida requieren un esfuerzo y un renunciamiento”. (ver mensaje completo)
¿Qué cosas obtuviste sin esfuerzo? ¿Cuáles alcanzaste sin algún tipo de renunciamiento?
Si hilamos fino, desde el día en que nacemos debemos esforzarnos, y si bien aquel que haya nacido por cesárea dirá que no, todo lo que gira alrededor del nacimiento involucra un esfuerzo.

¿Sabías que el feto/bebé colabora en el momento del parto? ¿Sabías que no todo depende de las contracciones? ¿Sabías que, acompañándolas, empuja para abrirse camino? Desde el momento en que nacemos le damos la mano al esfuerzo.

Aprender a caminar requiere del esfuerzo. Observá detenidamente los gestos de un bebé que se pone de pie por primera vez: se nota la fuerza que hace con sus piernas y el balanceo hasta encontrar el equilibrio.

Los años de escolaridad requieren del esfuerzo. Sea poco o mucho, tenés que estudiar y prepararte para avanzar y ser promovido.

¡Qué decirte de la Universidad! Hoy aumentó muchísimo la oferta educativa. En mis años de estudiante la cosa era mucho más tradicional, con las carreras tradicionales.

Hoy tenés cursos, carreras cortas, carreras largas, terciarios, posgrados; algunos requieren una demanda exclusiva, otros tienen una dedicación más flexible que te permite, por ejemplo, trabajar. Si tenés el tiempo para trabajar, tenés que esforzarte para hacer ambas cosas; si no tenés el tiempo para trabajar, tenés que esforzarte en cómo sobrevivir.

Además, avanzar en una carrera afecta cada área de tu vida: tu familia, tu entorno, tus relaciones, tus amistades. Si estabas pensando en casarte, tenés que evaluar los pros y contras; si estabas pensando en tener hijos, igual; si pensabas salir con amigos, divertirte, vacacionar… tenés que elegir y equilibrar a cuál de las cosas priorizar. Supongo que, sea cual fuere la carrera que estudies, tu meta es terminarla rápido… no creo que estés cómodo pasando 10 años de tu vida atado a parciales y finales (salvo que vayas a “la facu” solo a hacer política —¡lo tenía que decir!—).

¿Y si sos deportista? No digo del que le gusta el deporte, sino del que hace del deporte una carrera o una profesión. Inevitablemente implica esfuerzo y renunciamiento: horas de entrenamiento, dietas especiales, determinadas horas de sueño o descanso, etc., etc. ¡Si es que querés ser exitoso! Porque si solo es por hobby, como diría Salomón:
“Alégrate, joven; aprovecha tu juventud. Bríndale placer a tu corazón mientras dure tu adolescencia. Déjate llevar por donde tu corazón y tus ojos quieran llevarte.” (Eclesiastés 11:9)
o Isaías: “¡Comamos y bebamos, que mañana moriremos!” (22:13).

Todo lo que vale la pena en la vida conlleva un esfuerzo y un renunciamiento. ¡Y eso que no uso la palabra sacrificio! Porque inmediatamente la ligamos a sufrimiento, pero un sacrificio no es sufrimiento, sino la resignación que hacemos de algo valioso, para entregarlo, rendirlo, ofrecerlo para honrar, reconocer, o tal vez pagar algo que es más valioso.

Eso es lo que se dice “vale la pena”: no me importa desprenderme de lo que amo y valoro si a cambio recibo algo más valioso y amado.

Tal vez estás procurando alcanzar algo, tal vez querés terminar una carrera, tal vez querés cambiar tu nivel y condición de vida. Todo eso requiere esfuerzo y renunciamiento.

Salomón lo decía de esta manera (antes de desviarse por los lujos y las mujeres): “El que ama el placer se quedará en la pobreza; el que ama el vino y los perfumes jamás será rico.” (Proverbios 21:17)

Sí, no es un buen referente, pero que su vida haya sido un desastre no anula la verdad de lo que dijo. Después de todo, son enseñanzas que resultan de la sabiduría que Dios le dio. Lo demás son decisiones personales. ¿¡Ah, viste!? Constantemente nos enfrentamos a decisiones que nos potencian o nos anulan.

¿Te gusta saborear, disfrutar de un buen vino? Bueno, yo sí… pero, ¿hasta cuánto estás dispuesto a pagar?
¿Te gustan los perfumes? Eeeeeh… a mí sí… Pero lo mismo: ¿qué precio sería apropiado pagar?

Digo vinos y perfumes porque es de lo que habla Salomón. Tal vez tu caso sea distinto. Tal vez no sea de cosas costosas, sino de otras que solo te distraen o te corren del foco de lo que es bueno.
Tal vez ponés en primer lugar el descanso antes que el esfuerzo. O la diversión antes que el desarrollo. O la comida, antes que la salud. Tal vez te importa más un momento de placer que una eternidad de bendición. No sé, puede ser…
Tal vez vale más un partido del mundial, o el cumple de la tía, o la juntada con los amigos… que adorar a Dios o recibir una palabra con la que puedas ser formado.

Todos tomamos decisiones. Pero nuestras decisiones se convierten en acciones y resultados.

¿Qué resultados estás obteniendo?
¿Son los que esperabas tener?
¿Qué metas estás alcanzando?
¿Cuánto creciste este año? ¡Ya estamos en la segunda mitad, eh!
¿Estás avanzando o estás estancado?

“Las cosas valiosas de la vida requieren un esfuerzo y un renunciamiento”

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