Metamorfosis

Seguramente habrás escuchado alguna vez decir que “el cristianismo no es una religión, sino una forma de vida”. Es una frase un poco ambigua y forzada, porque, aunque a algunos nos moleste, el cristianismo es una religión.

Ahora es cuando aparecen los haters y detractores a tildarme de carnal o poco espiritual por poner a la misma altura la relación con Dios por medio de Cristo (cristianismo) con todo el abanico de religiones y sectas existentes. Por supuesto que nada que ver con eso, ni mucho menos. Pero si nos enfocamos en el significado de la palabra “religión”, el cristianismo es una religión.

Proviene del latín religare, que básicamente significa volver a unir y apunta al conjunto de normas, creencias y prácticas que hacen al hombre acercarse y unirse a Dios. ¿Acaso no es eso el cristianismo? ¿Cómo definirías si no: “Vuélvanse a mí, y yo me volveré a ustedes” (Zacarías 1:3); “Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes” (Santiago 4:8); o el “¡Reconcíliense con Dios!” (2 Corintios 5:20)?

El cristianismo es una religión.

Dicho esto, entiendo la postura de quienes rechazan el concepto. Realmente, el cristianismo no está ni cerca de cualquier religión existente o conocida, ni las de corte cristiano ni, mucho menos, las paganas u ocultistas. No hay manera de comparar lo que sucede por creer en Mahoma (Alá), Buda, Shiva o cualquier otro, con lo que sucede al creer en Jesús y creer en Dios. Y no, no estoy hablando de la tumba vacía —aunque eso pesa mucho—, sino del efecto que provoca esa fe en nosotros.

Pablo lo dice con estas palabras: “El que está en Cristo es una nueva creación” (2 Corintios 5:17). ¡Ya está! El cristianismo no se trata solamente de creer en la obra de Cristo, sino que eso hace que cambie ¡tu estructura molecular! Bueno, no tanto… o sí… pero lo que pasa es que dejás de ser lo que eras y empezás a ser una persona nueva, distinta: una nueva creación.

Juan dice que pasamos a ser “hijos de Dios” (Juan 1:12); Pablo dice que Dios nos adopta (Romanos 8:15); pero Pedro aclara que, en realidad, pasamos a “ser parte de su naturaleza divina” (2 Pedro 1:4). Lo que también se comprueba por el cambio de mentalidad, ya que ahora “tenemos la mente de Cristo” (1 Corintios 2:16).

Eso es el cristianismo, eso es el evangelio: una experiencia sobrenatural que nos coloca en una nueva posición espiritual. Exagerando, podría decir que ser cristiano es ser un extraterrestre, o que ser cristiano es ser una persona “paranormal” o “sobrenatural”.

Ahí es donde aparecen los conflictos en el proceso de transformación. Por un lado, instantáneamente cambiamos nuestra esencia espiritual, pero nuestro cuerpo y alma están habituados a los años de vida en un mundo natural, lo que hace que, a veces, sea más complicado dejar un vicio que un pecado. ¿Viste que dejaste de mentir pero te costó dejar de fumar? Bueno, yo dejé de fumar casi en el acto, pero otras cosas me llevaron más tiempo.

Cuando aparecen los viejos hábitos que se quieren volver a instalar en nuestra nueva vida —ahora espiritual—, aparece lo que la Biblia llama “carne”, o “vivir en la carne” (¡esa manía evangélica de hablar raro!). Para aclarar: seguimos viviendo en la carne porque seguimos dentro de un cuerpo de carne y hueso, pero a lo que la Biblia se refiere es a que ese cuerpo domine lo que el espíritu debería dominar. Si te dejás guiar por el Espíritu de Dios, sos una persona espiritual; si te dejás guiar por tus pasiones y deseos —que habitan en tu cuerpo y alma—, sos una persona carnal.

No se trata de hacer un estudio de transformación espiritual o “metamorfosis”, sino de entender que ya no somos lo que fuimos, y eso que fuimos pelea por recuperar su lugar. Ahí fue cuando Pablo, enojado, gritó: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24).

En esto consiste la verdadera guerra espiritual. No se trata de identificar pokemones que nos persigan, sino de tomar las armas para permanecer en esta nueva vida, para no retroceder a lo que dejamos atrás. Recibir a Cristo es una declaración de guerra contra un mundo espiritual que nos quiere ver rendidos a sus pies, atados a la muerte y condenación.

¡Pero si estás en Cristo (dentro de Cristo), ya no hay condenación! (Romanos 8:1). Cuando salís de un sistema, las normas de ese sistema ya no aplican sobre vos, así que ya estás libre de condenación. Y sí, hay quien te puede “librar de este cuerpo de muerte” (¡pobre Pablo!).

Él mismo, Pablo, lo dijo así: “Dios hizo lo que para la ley era imposible hacer” (Romanos 8:3). Sí, no es cuestión de normas, de estrategias, de estudios o preparación. Era solo cuestión de la transformación que solo Dios puede hacer.

Te pido disculpas si hoy se hizo demasiado técnico o teológico, si tal vez no es algo que te lleve a la reflexión. Pero es bueno darnos cuenta y entender que ya no somos lo que fuimos, sino algo muy distinto: una nueva creación.

Si algo te tira para atrás, si sentís que querés retroceder, si estás viendo que tu viejo yo está ganando terreno en tu vida, si hay cosas que quieren volver… parate firme en “la libertad con que Cristo te hizo libre” (Gálatas 5:1) y tomá la autoridad de ser una nueva creación.

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