Anoche tuvimos una reunión con los líderes de jóvenes para planificar su próxima reunión. No quiero adelantar nada ni spoilear sobre sus actividades, pero surgió un tema interesante que en algún momento será tratado y que, en lo personal, me interesa mucho: la identidad.
Recuerdo que, siendo apenas un recién convertido, escuché una conversación entre dos personas, donde una le preguntaba a la otra: “¿Qué hizo el Señor en tu vida?”
Esa pregunta, para mí, fue toda una revelación, porque aunque no me la hicieron a mí, me hizo pensar profundamente: ¿qué hizo Dios en mi vida?
Recuerdo que, totalmente desubicado, me metí donde no me llamaban y respondí (como si a alguien le interesara): “¡Me dio identidad!”
No puedo calificar qué es más importante en la obra de salvación. Por supuesto que lo que está en el podio es la misma salvación, nada se le puede comparar. Estábamos perdidos, ahora somos salvados. Estábamos encadenados, ahora somos liberados. Estábamos destinados a la condenación, ahora a la vida eterna. Una profunda transformación.
Pero en los intermedios, ¿sanidad? ¿provisión? ¿restauración? ¿Qué es más valioso o importante? No sé… pero Dios me dio identidad. “Como también se dice en Oseas: ‘Llamaré “pueblo mío” al que no era mi pueblo, y llamaré “amada mía” a la que no era mi amada'” (Romanos 9:25).
Un cambio de pertenencia, de no ser a ser. Como también dice Pedro: “Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora ya la han recibido” (1 Pedro 2:10).
Identidad. Una nueva creación. Una nueva posición. Una nueva pertenencia.
Por eso no puedo entender al rey Josafat. Mirá que era un tipo importante. No era un bebé de pecho, sino que 2 Crónicas cuenta que “se impuso por la fuerza sobre Israel” (2 Crónicas 17:1). Pero, sin embargo, supo ser políticamente correcto en su relación con el rey de Israel, su consuegro Acab. Este lo invita a ir juntos a la guerra, y Josafat responde: “—Yo soy como tú, y mi pueblo es como tu pueblo. Iremos contigo a la guerra.”
¡No, Josafat! ¡No sos como Acab! Bueno… no eras como Acab.
Cuando llegás a Cristo, ya no podés seguir siendo el mismo. Cuando llegás a Cristo, te da una nueva identidad. Cuando llegás a Cristo, ya no sos el que eras: sos una persona nueva, una nueva creación.
¿Por qué esa manía de querer encajar o pertenecer cuando ya no sos y no pertenecés? ¿Por qué esa costumbre de no querer desencajar, cuando fuimos llamados y puestos para “llamar la atención” y “trastornar al mundo” (Hechos 17:6)?
¿Será que no te sentís cómodo o parte en esta nueva posición?
¿Será que creés que, en realidad, seguís siendo lo que ya no sos?
Cuando hablamos de identidad, me gusta poner a la par el concepto del bautismo. Pablo dice que: “Mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva” (Romanos 6:4), y también agrega: “Ya no vivo yo, sino Cristo en mí” (Gálatas 2:20).
¿Entendés el punto? ¡Estás muerto! Los muertos no respiran, no se mueven, no hablan, no piensan… ¡Estás muerto!
Si querés seguir comportándote como el que murió, o sos un zombie o estás dudando de tu identidad en Cristo.
¡No sos lo mismo! Sos distinto. Estás en otro plano, tanto espiritual como sobrenatural.
No busques parecerte a lo que no sos, ni cambies tus vestiduras para caer bien o ser aceptado.
No sos lo que eras.
No sos igual.
No sos lo mismo.
Dios te dio identidad.
