Lo que es mío, es mío

No sé si en esta época se sigue haciendo o si es una de esas costumbres que han quedado en el pasado. Es increíble cómo cosas que en un momento eran totalmente habituales han caído en desuso, y no te diste cuenta en qué momento pasó. Hoy les hablás a tus hijos o a los adolescentes de cosas de “nuestra época” (esa frase por sí sola es una confesión de antigüedad), y te miran raro, o te tratan de loco, o piensan que te estás burlando.

Podría dar una lista enorme, pero te nombro solo algunas cosas que hoy son de museo:

  1. Tener cinco canales en la tele. En realidad cuatro, porque el otro tenías que ser astronauta para poder sintonizarlo bien.
  2. Hablando de sintonizar canales: la perilla de la tele para cambiar de canal, con su típico “tac-tac”.
  3. El walkman, o el discman.
  4. Los “asaltos” en las casas, donde las chicas llevaban comida y los chicos, la gaseosa.
  5. etc…

Entre esas cosas estaba la devolución de regalos post-ruptura. Una pareja de novios iba guardando “cartitas” (¡nos mandábamos cartas!), regalitos, servilletas, papeles de caramelo, tarjetas de cumpleaños (¡comprábamos una tarjeta en el kiosco para mandártela por tu cumple!). Normalmente lo escondías en un lugar de tu habitación, lejos del alcance de miradas indiscretas o hermanos chistosos. Hasta que…

Hasta que la pareja se separaba y entonces, según el tono de la separación, se devolvían los regalos. Las cartas no. Las cartas se rompían, y si podía ser en la cara del otro, ¡mejor! Aunque, digamos todo, siempre uno de los dos se quedaba con algo a escondidas… Hoy sería más fácil: te bloquean de WhatsApp e Instagram ¡y ya está!

Este mismo razonamiento lo aplicamos a la relación con Dios. Como fuimos creados a su imagen y semejanza, es simple razonar que, como actuamos nosotros, así actúa Dios. Pero el asunto es al revés. Dios no actúa como nosotros, sino que nosotros, siendo restaurados, deberíamos actuar en la manera en que Él nos programó. Por eso dice cosas tan transgresoras como “ama a tus enemigos” (Mateo 5:44), o que si alguien tiene problemas conmigo, yo tengo que dar el primer paso para arreglarlo (parafraseando Mateo 5:23-24).

En cierta manera, la Biblia es culpable de que pensemos así (¡alerta religiosos!). Para que comprendamos más la manera en que Dios actúa y las cosas que hace, usa expresiones humanas como “la mano de Dios”, “el rostro de Dios”, “la espalda de Dios”, “Dios se arrepintió” y otras que van en esa línea. Pero eso es solamente un recurso literario, como cuando vos intentás conectar con alguien de otra cultura —¡o con tus hijos!— y usás expresiones que ellos entienden para poder establecer un diálogo.

Pero no. Dios no es como nosotros. Él no devuelve los regalos ni reclama los que dio (que seguramente son más). Y básicamente por dos razones fundamentales:

  1. Dios no rompe relaciones.
  2. Sus regalos no tienen un motivo.

¿Te explico? Vos hacés un regalo a alguien en función de la relación y porque querés agasajar, honrar, o al menos hacer sentir bien a la persona a la que se lo hacés.
Pero lo que Dios te da no es por nada de eso: simplemente porque te lo quiere dar. Nosotros regalamos; Dios da dones. Y “don” significa “regalo no merecido”.

Si no te lo merecías cuando te lo dio, ¿ahora merecés que te lo saque? Si no habías hecho nada para ganarlo, ¿con qué fundamento ahora no lo merecés?

Podríamos poner un montón de cosas sobre la mesa y hasta generar un debate, pero una cosa es clara y contra eso no hay discusión: “…los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables.” (Romanos 11:29)

¿Qué recibiste de parte de Dios?
¿Qué creés que perdiste?
¿Qué cosa pensás que Dios te sacó?
¿Actuaste mal con Dios? ¿Te alejaste de Él? ¿Se rompió la relación?

Lo que recibiste de Dios sigue estando en el mismo lugar donde lo dejaste.
Lo que recibiste de Dios sigue activo en la misma posición espiritual en la que lo recibiste.
Lo que recibiste de Dios es de Dios, pero es tuyo. Y es tuyo, aunque es de Dios.
Lo que recibiste de Dios, nada ni nadie te lo puede sacar.

¿Qué hacer entonces?
Volvé a pararte en la misma posición en la que estabas cuando Él te lo dio.
Los dones… son irrevocables.

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