Paradigmas

Teoría o conjunto de teorías cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento.

El evangelio es un cambio de paradigmas. Sí, ya sé que el evangelio es “buenas noticias”, y buenas noticias de salvación, pero me refiero a vivir el evangelio.

Es como cuando mencionamos el hecho de “ser iglesia”: todavía hay discusiones y desacuerdos respecto al concepto “iglesia”. Para los conservadores tradicionales, la iglesia es Dios. Así como el catolicismo cree que en esa caja metálica que contiene rodajas de un pan sin levadura está Dios mismo, el evangelio conservador cubre al edificio de la iglesia de un manto de santidad.

Que el altar es sagrado, que el púlpito es santo, que solo los elegidos, ungidos, santificados pueden “subir” al lugar del sacrificio, etc., etc… Que la casa de Dios es santa, que no se puede ingresar con tal o cual vestimenta, y ¡que ni se te ocurra entrar con gorra!

De ahí pasamos a la ultrarenovación posmoderna, donde todo está bien y ya ni siquiera es necesario congregarse, que Dios está en tu corazón y donde vos estés, y que la iglesia es solo una vieja excusa antigua para adoctrinar y manipular.

¿Rechazo la modernidad? ¡Jamás! Voto por los predicadores jóvenes que visten remeras y zapatillas. Voto por las iglesias renovadas que entienden el concepto de comunicación, se atreven a usar colores oscuros (negro mejor), que usan luces de colores y cualquier otro tipo de elemento que sirva para atraer y generar un espacio “agradable”.
(¡Que la iglesia no debe atraer! ¡Que no debe ser agradable! ¡Que debe condenar el pecado!)
Sí, papi… pero si no alcanzás a la gente… ¿a quién le vas a hablar de pecado y salvación?

De ahí saltamos (volvemos) al concepto evangelio. El evangelio es el mensaje de salvación fundamentado en Cristo, pero “el evangelio” es la forma de vida de los que proclaman el Reino de Dios en la tierra, de los que claman: “Venga a nosotros tu Reino” (Mateo 6:10), de los que entienden el misterio de “atar y desatar”, y qué significa tener “las llaves del Reino” (Mateo 16:19), de los que “administran los misterios de Dios” (1 Corintios 4:1) y hablan de transformación más que de pollera, corbata y pecado (¡aleeeerta religiosos!).

Porque es muy fácil adquirir hábitos y cambiar formas. Dice el viejo dicho: “Al lugar donde fueres, haz lo que vieres”, y las formas se pegan. A algunos más y a algunos menos, pero las formas del lugar se nos pegan.

Yo soy un peligro: me ponés un cordobés al lado un rato y empiezo a estirar las sílabas; me ponés un riojano o sanjuanino y empiezo a arrastrar las erres.
Soy fácilmente adaptable, pero… ¿eso es transformación?

El último fin de semana el Señor nos habló, entre otras cosas, de que cuando Dios te cambia, no te cambia: te transforma, te hace de nuevo. Bueno, eso sí es el evangelio; eso sí es predicar Reino; eso sí es ser una nueva criatura e hijo de Dios.

2 Crónicas 25:2 dice que el rey “Amasías hizo lo recto a los ojos del Señor, aunque no de todo corazón…”. No alcanza solamente con “hacer cosas”, es necesaria una transformación, es necesaria la metamorfosis que habla de un cambio completo del ser.

Es esa “transformación ontológica” de la que hablaba el sábado, que hizo que John Newton (autor de Amazing Grace –Sublime Gracia) pase de ser traficante de esclavos a predicador del evangelio; que Pablo deje de ser un perseguidor de los cristianos y se convierta en uno de ellos y proclamador de la fe; que Mateo deje de ser un corrupto cobrador de impuestos y se convierta en uno de los apóstoles más conocidos (aunque no formó parte de la tríada); y que Pedro deje de ser un bruto pescador sin filtro para llegar a ser una columna de la iglesia.

Romanos da un pantallazo del evangelio como cambio de paradigmas. El capítulo 12 (uno de los que más me gusta) pega un volantazo a todo lo tradicional y humanamente esperado:

Dejá de ser quien eras,
Entregate en sacrificio,
No imites al entorno,
No te creas más de lo que sos,
Unite a un equipo funcional,
Sos parte fundamental en ese equipo,
No trabajes (o vivas) a reglamento,
Hacé las cosas con pasión,
Amá a los demás, amá de verdad, no finjas amor,
¡Peor esto!: “Bendecí a los que te persiguen y no los maldigas” (bue…),
Alejate de los arrogantes, acercate a los humildes,
Sé empático,
Procurá lo bueno para los demás,
Procurá estar en paz con todos,
¡No busques venganza!,
Dale de comer y de beber a tu enemigo…,
Vencé el mal con el bien.

El evangelio es un cambio de paradigma y solo puede funcionar mediante una transformación completa.
No sirve de nada vivir de apariencias o solamente hacer las cosas bien.
No es suficiente con generar buenos resultados, sino hacer las cosas de corazón.
No alcanza con ser eficiente, es necesario ser eficaz.

El evangelio no es solo un mensaje que se proclama, sino una vida que se vive.
No es un molde religioso al que te amoldás para encajar, sino una transformación profunda que te desarma y te vuelve a armar desde adentro.
El evangelio rompe estructuras, desafía lo establecido, porque no es solo religión… es revolución. ¡Un cambio de paradigma!
Una revolución del alma, del carácter, de la manera de mirar el mundo… y eso solo lo logra una transformación real.

¿Cómo estás viviendo el evangelio?
¿Estás procesando una transformación verdadera o solo estás decorando tu vieja vida con formas nuevas?
¿Te amoldaste a lo visible o dejaste que Dios te moldee por dentro?
¿Cambiaste tu manera de pensar o solo te acomodaste a lo que te conviene?
¿Estás poniendo a Dios en el centro o seguís girando alrededor tuyo?

Y como te dije hace unos días…
¿Qué estás haciendo con Jesús?

Porque el evangelio no es solo una buena noticia.
Es un cambio de vida.
Es un cambio de visión.
Es un cambio de posición.
Es un cambio de corazón.

No te conformes con las apariencias. Dejá que Dios te haga de nuevo. Dejá que el evangelio produzca una transformación de corazón.

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