Alternativas

Me gusta la palabra “alternativa”. En lo que llevo de vida, la vi usar en muchos contextos totalmente distintos, pero con el mismo sentido. Una alternativa es una opción. A veces una salida de emergencia, una colectora, un plan B; pero siempre es una opción. Creo que me gusta precisamente por eso, porque te muestra que siempre podés tomar una decisión (aunque eso genere temor) que cambie tu dirección o tu destino. Entender que lo que estés pasando puede cambiar, y que muy probablemente en tus manos esté esa posibilidad o capacidad de cambio.

Tal vez porque soy un defensor a ultranza de las libertades personales. Creo que uno puede y debe decidir qué hacer con su vida, y para eso están las “alternativas”. Conocí la “música alternativa”, la “medicina alternativa”, que eran una opción a lo tradicional. No me gustan las cosas que te dejan una única opción, aunque tal vez sea la mejor. Soy anti Apple en todas sus variantes: ni iPod, ni iPad, ni iTunes, ni iPhone… porque solo comulgan con su propio círculo y te obligan a meterte en él a la fuerza. ¡Nada que ver con Windows o Android, que se llevan bien con todo el mundo!

Me gustan las alternativas.

Pero hay cosas que no admiten alternativas. No porque sean elitistas o exclusivas, sino porque realmente no hay otra opción. Si querés comer carne, tenés varias “alternativas”, pero si específicamente querés comer un bife de chorizo, no podés reemplazarlo con asado. Si se murió tu mascota, no podés llenar el hueco con otra. Si estás enamorado de alguien, no lo podés reemplazar por “alguien mejor”. O como dijo Alberto Cortez: “Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo…”

Hay cosas que no tienen una alternativa viable o que no las podés poner a la misma altura que otras. Como cuando quieren igualar a Dios con el diablo en una lucha de poderes. ¡Es como si quisieras comparar a un mosquito con un león! (Y me quedo corto, todavía).

Suelo usar la palabra “alternativa” cuando predico o hablo de Dios, pero solo en el contexto de “probar a Dios”, “acercarse a Dios”, “conocer a Dios”, diciendo que “hay una alternativa distinta a lo que estás viviendo o estás pasando”, que “no estamos atados ni condenados a una vida de fracaso y necesidad”, sino que “se puede vivir de otra manera“.

Alternativa.

Pero no es una alternativa válida poner a Dios a la altura de cualquier entidad espiritual o pensar siquiera que es lo mismo. No es lo mismo Dios que el Gauchito Gil o la Desatanudos, o Sai Baba, o San Expedito, Gilda, el Potro, Evita o el curandero del barrio. ¡No son lo mismo!

Deuteronomio 7 lo dice tan simple y profundo: “Dios es Dios” (7:9).

El rey Ajaz “…ofreció sacrificios a los dioses de Damasco que lo habían derrotado, y dijo: «Ya que los dioses de Siria ayudan a sus reyes, yo también voy a ofrecerles sacrificios para que me ayuden.» Pero esos dioses fueron la ruina de Ajaz y la de todo Israel.” (2 Crónicas 28:23) ¡No es lo mismo! ¡No son lo mismo!

Dios no es un terapeuta, tampoco un médico. No es un vidente ni un curandero. No es un coach motivador ni un personal trainer. Dios es Dios.

¿Con qué lo estás comparando? ¿A la altura de qué lo estás poniendo?
¿Lo tomás como una opción más o como “el único y suficiente”?
¿Lo ves como alguien más a quien acudir, o te das cuenta de que es “el Todopoderoso”?

¿Lo pensás como uno de “los dioses del Olimpo”? ¿O de Asgard? ¿Está en el Panteón de los Dioses? ¿Es igual que Zeus, Júpiter, Alá… y sus secretarios Buda o Mahoma?

Dios es una alternativa, pero no es una alternativa.
Dios es la única alternativa posible.
Dios es Dios.

Dejar un comentario