Anoche, en la iglesia, reflotamos momentáneamente el tema de las Maldiciones Generacionales. Volvimos al punto de que, en realidad, no existen como tales, sino que se trata de una repetición de patrones de comportamiento y hábitos adquiridos.
Hablamos de Ezequías y Manasés, donde se ve claramente ese patrón. Pero alrededor de ellos hay una secuencia muy interesante:
Ezequías fue un “señor rey”, hasta que se desvió.
Manasés, su hijo, se crió en ese desvío de Ezequías y así llegó a ser el peor rey de Judá.
Amón, hijo de Manasés, fue tan malo como su padre, pero duró mucho menos. Fue asesinado cuando quiso hacer cosas peores que Manasés.
Josías, su hijo, quedó huérfano y fue coronado cuando apenas tenía 8 años. Resalto lo de huérfano: no tuvo tiempo de ser formado por su padre, todavía estaba en edad maternal y, por lo tanto, durante 8 años más necesitó un regente, un rey sustituto temporal.
¿A dónde vamos con esto? A ningún lado, nos quedamos acá. Pero el punto es que no fue “mal” formado por su padre, aunque tampoco incorporó una vida espiritual ni una búsqueda de Dios.
Desconocía la ley de Dios. Ignoraba la voluntad de Dios. Era ajeno y extraño a las demandas y requisitos, tanto para su puesto como para la nación. Después de todo, Israel era lo que era por Dios, y sin Dios no hubiera existido.
Pero un día…
Un día descubrió el libro de la ley, se lo hizo leer, lo estudió, y a partir de ahí todo cambió. Ordenó el templo, derribó altares paganos, expulsó a sacerdotes corruptos y otros falsos, puso a Dios en su lugar… y todo el reino fue prosperado.
Solo por meterse en la palabra de Dios.
“Tan pronto como el rey oyó las palabras de la ley, se rasgó las vestiduras.” (2 Crónicas 34:19)
¡Que no vamos a ningún lado! ¡Que acá estamos bien!
No podés ser el mismo cuando le das lugar a la palabra de Dios en tu vida. Ya no sos el mismo cuando te involucrás con Él, cuando tenés un encuentro con Él, cuando lo ponés en todo en primer lugar.
Pero si encima te empapás de su pensamiento, su dirección, su ley, su mente… las palabras que salen de su boca… ¡no volvés a ser el mismo y no podés no reaccionar!
Bueno, por algo el autor de Hebreos dice que: “…es viva y eficaz, y más cortante que las espadas de dos filos, pues penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (Hebreos 4:12)
¡Ni que hablar si te digo que esa palabra es el mismo Jesús, el mismo Dios… en palabras!
Ya que “…la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria (la gloria que corresponde al unigénito del Padre)…” (Juan 1:14)
Anoche hablamos de esto, bueno, de perder el foco… cuando nos acostumbramos a un nivel y entonces sacamos la mirada del Señor.
¿Qué te pasa cuando leés su Palabra?
¿Qué te causa este devocional?
¿Cómo recibís una prédica, de las tres que compartimos cada semana?
No perdamos el foco.
No nos acostumbremos a lo divino.
No le bajemos el precio a lo que nos habla el Señor.
