Inútiles útiles

Me acuerdo de una vez, hace muchos años atrás, en la que Dios me dio una palabra —o sea, me habló en forma personal—, de esas que se parecen más a un sopapo que a un aliento.

La cosa venía así: había cambiado de iglesia, había dejado un ministerio (para mí, “perdido” un ministerio), había dejado de predicar, enseñar, ministrar, cantar… y me sentía un poco a la deriva.

El diablo (sí, nunca lo nombro, pero ahí está) me había convencido de que mi tiempo se había terminado y que me restaba solo el “hacer silla” por las siguientes décadas.

Me sentía nada, sin llamado, sin propósito, y Dios me habla:
“No temas, gusano de Jacob,…; yo soy tu socorro, dice Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor.” (Isaías 41:14)

¡Lindo aliento! Me siento una basura y me manda al basurero. Me siento una laucha y me lleva con las ratas. Me siento un gusano ¡y me lo afirma!
Hasta que la suave voz del Espíritu me explicó: “Nada hay bueno en mí” (Romanos 3:12), y por eso Dios puede obrar en mí (2 Corintios 12:9).

¡Casi que le agradezco al diablo por confrontarme con mi miseria y mi realidad! Me hizo entender la grandeza de la misericordia de Dios… (Efesios 2:4-5)

Siempre vamos a encontrar gente más capacitada, con mayores talentos, con más gracia, con más habilidades y una mejor actitud.

Siempre nos vamos a chocar con la realidad de que no somos lo buenos que nos gustaría ser, y el sistema social en que vivimos nos lo va a recordar constantemente.

“Que tenga buena presencia…”, dice el aviso; “que tenga entre 25 y 30 años” (¡y los demás, que revienten!), que sepan tantos y tales idiomas, que entienda de tal y cual sistema informático, que sea especialista en IA… ¡falta que diga: “que tenga cuerpo crossfit“!

Buscamos ser como… parecernos a… hablar como tal… movernos como tal otro… tener la gracia de… ser atractivos como… captar la atención de… ser “influencers” de la vida. (¡Ojo! Lo sos).

Pero cuando San Pablo les habla a los Corintios, que se movían con esos criterios, rechazaban la falta de cultura, menospreciaban la falta de destreza física y buscaban todo el tiempo la nueva revelación (¿de qué vivía esa gente?), les dice:

“Consideren, hermanos, su llamamiento: No muchos de ustedes son sabios, según los criterios humanos, ni son muchos los poderosos, ni muchos los nobles;…” (1 Corintios 1:26)

Parece que es verdad. No somos los mejores y hay muchos mejores que nosotros.
Parece que era cierto: a la medida “del mundo”, no soy de lo mejorcito (¿volvemos a hablar de mediocridad?).

Pero lo que también parece es que somos, sos, soy, a quien Dios eligió usar para que los demás puedan conocerlo:

“…sino que Dios eligió lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo, para avergonzar a lo fuerte.” (1 Corintios 1:27)

¿Querés más?

“También Dios escogió lo vil del mundo y lo menospreciado, y lo que no es, para deshacer lo que es,…” (1 Corintios 1:28)

¡Tremendo el sopapo que Pablo le pegó a los Corintios!

¡Tremendo cómo te dejó sin excusas!

¿No das la medida?
¿Según quién?
¿Te falta entendimiento?
¿Quién lo dice?
¿No tenés condiciones?
¿Quién pone la regla?

Pero sin embargo, si realmente “no das la medida según los criterios del mundo”, sos perfectamente apto para hacer la obra de Dios.

No te quedes con opiniones ajenas.
No te limites por tus propias limitaciones.
“No tengas de vos un concepto más alto que el que debas tener” (Romanos 12:3), pero tampoco lo tengas más bajo.

Si Dios te llamó, es porque Dios te eligió.
Si Dios te eligió, es porque Dios te capacitó.
Si Dios te capacitó, es porque tenés las condiciones necesarias para hacer aquello… para lo que Él te llamó.

¿Inútil?
¡Qué útil sos!

Dejar un comentario