Hace unos días fui impactado por un versículo de esos que a veces se nos pasan por alto, que no les damos mucha importancia porque hay otros “mejores” o “más valiosos”.
Suele pasar con los textos doctrinales, aquellos donde, normalmente San Pablo, sienta bases y fundamentos del cristianismo, lo que se llama “doctrina cristiana”, o “teología paulina” y de la cuál nos tomamos, nos formamos y vivimos la fe.
No nos olvidemos (o enterémosnos) que Romanos es justamente la causa del resurgimiento evangélico en la llamada Reforma Protestante, cuando Lutero y otros se encuentran con “el justo vivirá por fe” (1:17), “todos somos pecadores” (3:23), y el remate “pero son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que proveyó Cristo Jesús,” (3:24)
Bueno, fue en 9:11 que Dios me abrió los ojos, pero no con una caricia sino con flor de sopapo que, como en los viejos dibujos animados de Hannah-Barbera y los Looney Tunes, me hizo girar la cabeza 360° (también el llamado “efecto Don Ramón-Chavo”)
“…el propósito de Dios no está basado en las obras sino en el que llama,…” (Romanos 9:11)
La Reforma también nos enseñó que no somos salvos por obras sino por gracia y que a esta accedemos a través de la fe (Efesios 2:8), pero a pesar de entenderlo y de disfrutar del beneficio de esta verdad, una vez salvos nos ponemos en jueces de las obras de otros, mirando desde lo alto, olvidando nuestro origen (nunca te olvides de donde venís…)
Señalamos. Levantamos la alfombra a ver qué hay. Le hacemos ADN a ver de donde viene. Nos convertimos en policías de la fe y la santidad.
¡Ay cristiano! ¿O debería decir fariseo? La sangre de Cristo tiene un poder limpiador punto “Blanco Ala”, como dice Isaías 1:18; pero también tiene un poder transformador ontológico y metafísica (¡hacete el filósofo!) que c-a-m-b-i-a nuestro ser, mente y esencia.
“Y eso eran algunos de ustedes, pero ya han sido lavados, ya han sido santificados, ya han sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.” (1 Corintios 6:11)
“Y eso eran… pero ya han sido lavados”. Ya no sos lo que eras, ya no sos quien eras. Eso quiere decir que las cuestiones de tu pasado ya no afectan tu vida, y si estás cargando todavía con las consecuencias de alguna mala siembra, solo es cuestión de esperar, de ignorarla y de sembrar distinto.
¡Ya no sos lo que eras! ¿Quién viene a acusarte, quién viene a señalarte por los errores de tu pasado? ¿Acaso no sabías que en esa condición deplorable Jesús murió por vos? (Romanos 5:8)
Ya no sos lo que eras, sos una nueva creación. ¿Por qué insistís en culparte o en hacerle caso a las esquirlas de una vida que ya no existe?
No juzgues a otro por su vida pasada.
No lo juzgues porque esa vieja vida quiera resucitar.
Por eso, no te juzgues, no te limites, no te condiciones, no te condenes a lo que decían que eras sino aceptá y viví en lo que Dios hizo y dice de vos.
Ya no sos lo que eras, ya no sos quien eras, sos una nueva creación.
