La acción determina la condición. Es algo parecido a “por el fruto se conoce el árbol” (Mateo 12:33), pero más marquetinero.
Digamos que es un principio de la vida natural: si ves un caballo correr, sabés que el caballo corre, aunque no sea lo único que hace ni “sirva” solo para correr. Si ves un auto en marcha, sabés que su motor funciona, aunque eso no implica que pueda o no andar; si no tiene las ruedas, por más que el motor gire, no va a llegar a ningún lado.
Pero tampoco se limita a lo natural; también tiene que ver —o impacta— en lo emocional, en lo sentimental, en lo espiritual: si ves a alguien reírse, debe ser porque algo le causó gracia, o también podría ser por los nervios; si ves a alguien llorar, casi seguramente sea por dolor, pero también puede ser por emoción o por impotencia.
¿Si ves a alguien corriendo? Puede ser que esté entrenando, o que le hayan robado y quiera atrapar al ladrón. Como sea, la acción determina la condición, pero se debe prestar atención al contexto.
Esto está casi, casi ligado al concepto de propósito. Pero no quiero centrarme en eso, porque si no, ya no le prestás mucha atención. Debés estar cansado (espero que no harto) de escucharme o leerme hablar de propósito, y va a seguir siendo así, porque el propósito es trascendente a nuestra propia vida y es lo que define directamente nuestra función y razón de existir.
Pero, más allá de eso, está tu condición.
Pasamos por distintos estadios en nuestra vida. Están las etapas naturales de crecimiento, en las que tenemos limitaciones y funciones propias de esa etapa. No es lo mismo las habilidades y recursos de un chico de 5 años que las de un hombre de 40. Pero, una vez alcanzada la madurez “biológica” (dejemos la otra para otro momento), también se presentan otros niveles y estados:
·Estás estudiando.
·Estás de novio.
·Estás recién casado.
·Estás cambiando de trabajo.
·Estás criando hijos.
·Te estás mudando.
·Estás emprendiendo.
·Estás enfermo.
·Estás cansado.
·Estás “bajón” (deprimido, angustiado, caído, desanimado).
No estás siempre igual, ni con las mismas ganas, ni con las mismas fuerzas. Tal vez el motor funciona pero no tenés ruedas, o tal vez estás corriendo y no para entrenar.
Pero la acción determina la condición, y la acción no debería estar sujeta a la condición, sino que la acción debería estar sujeta ¡a la asignación! A ver… ¿qué dice, Pastor? ¡Muy lunes!
Digo que el motor no mira si están o no las ruedas: arranca y gira.
Digo que las piernas no analizan si te robaron o estás entrenando: se activan en carrera.
Para decirlo de otra manera, como diría el querido Juan Carlos Alvarado: “Las circunstancias no me mueven a mí, el victorioso vive en mí”, o como dijo David: “Aun si me rodean legiones de soldados, no tengo nada que temer” (Salmos 3:6); o como dice el autor de Dicho Está 3 #47: “Dios no cambia tus circunstancias, Dios te cambia a vos en medio de tus circunstancias”.
Eso está intentando Pablo que los Corintios entiendan. Esta gente tenía un perfil muy particular. Corinto no era un barrio de bajos recursos, sino una ciudad de alto nivel adquisitivo. Encima eran griegos: la cuna de la filosofía, la búsqueda de sabiduría y la habitación de arrogantes “superados” que se creían lo mejor del mundo.
¡Qué difícil era enseñarles algo a esta gente! Ellos sabían lo que hacían y no necesitaban nada de nadie.
A ellos les dice: “…cada uno debe comportarse de acuerdo a la condición que el Señor le asignó y a la cual lo llamó” (1 Corintios 7:17).
La acción determina la condición, y la condición se sujeta a la asignación.
Mi comportamiento debe reflejar mi llamado, no mi estado de ánimo; debo actuar en función de lo que soy, no de cómo me siento; debo representar lo que hay en mí, antes que lo que me pase a mí. ¿Fácil? Obvio que no. ¿Difícil? ¡Más vale! Eso, lo que cuesta, vale.
Decía estos días: se trata de tomar decisiones. Decisiones que también estén alineadas con quién soy, mi llamado y… y bue… mi propósito.
Empaparme de la Palabra.
Buscar intimidad con Dios.
No actuar por emoción, sino por asignación.
Poner siempre los ojos… en el Señor.
¿Viste cuando en las reuniones el que está al frente dice: “No sé cómo llegaste hoy… tal vez estás sin ganas… tal vez la estás pasando mal… tal vez hoy habías decidido que era la última oportunidad…”, etc., etc.? Bueno, eso. Solo que no se trata de saber cómo estás o qué te pasa, sino de que entiendas que tenés un llamado, tenés una asignación, y lo más valioso, como te dije ayer, o anteayer, o uno de estos días: “Si Dios te llamó, eso demuestra que tenés la capacidad de hacer aquello para lo que te llamó”. Dios no pierde el tiempo.
¿Estás bajón? Actuá según tu asignación.
¿Estás cansado? Actuá según tu asignación.
¿Tenés dudas o temor? Actuá según tu asignación.
Te dejo con un texto de la lectura de ayer:
“Levántate, y manos a la obra, que ésa es tu responsabilidad” (Esdras 10:4).
La acción determina la condición, y la condición se sujeta a la asignación.
