En los últimos años —bueno, décadas— hemos tenido cambios culturales muy profundos. Algunos de ellos, creo que la mayoría, son positivos en lo que afecta a las relaciones sociales; pero tengo que decir que en otras áreas no fue así.
Si nos remontamos un siglo atrás, había mucha frialdad y firmeza. Una firmeza que era autoritarismo. Todavía me sigue sonando extraño cuando, en alguna película argentina de los ’40, los hijos se dirigían a sus padres usando “usted” o “señor”, poniendo una distancia muy difícil de acortar.
No puedo decir que haya sido bueno ni malo; no lo viví. Mi experiencia ya fue distinta, aunque manteniendo siempre el respeto, el lugar, la posición. A papá no le decía “señor”, pero su presencia en la mesa era una solemnidad sagrada, y las tardes de siesta ¡inviolables!
Hoy todo cambió. Estamos más descontracturados, somos más informales, acortamos distancias, y todo eso es bueno. Pero perdimos un poco el respeto y, con eso, el entendimiento de la investidura y la autoridad.
En los ’70 (mi escuela primaria), si volvías a casa con una mala nota, te castigaban; si la maestra llamaba a tus padres, ¡preparate! Ni qué decir si te llegaban a suspender… Hoy, con todo eso, primero te mandan al psicólogo y después a reclamar a la escuela por malos tratos, discriminación y no inclusión.
En aquellos años, la palabra de la maestra era ley; ahora se tiene que cuidar de no decir algo de más que pueda ofender.
Hubo un presidente que eliminó por decreto el título de “Excelentísimo” (¡era demasiado!). Hubo otro que impuso la costumbre de llamarse por nombre de pila, no apellido. Ese mismo quiso ser más cool, más popular, dejando de usar corbata. Hoy algunos políticos incorporan el mate a sus discursos y presentaciones oficiales para “acercarse al pueblo” (pero no tanto, para que no se note la falta de propuestas y políticas eficientes).
¿Resultados?
Falta de respeto a la autoridad y a todas las instituciones oficiales.
Está bien modernizar, está bien desestructurar, está bien descontracturar; está mal perder noción de los valores, la investidura y la autoridad.
Lo lógico (si hubiera lógica) sería edificar sobre bases anteriores. El revisionismo, la izquierda, el espíritu adolescente buscan romper para rehacer. Es una intención muy noble, muy de vanguardia, muy revolucionaria, que rompe con las viejas estructuras machistas, occidentales, capitalistas, conservadoras, de derecha y los grupos hegemónicos concentrados que se levantan en contra del pueblo… (dejalo ahí), pero no edifica, no avanza, no progresa. Quedamos como Israel dando vueltas en Egipto sin avanzar.
Salomón dijo: “No traspases los linderos de antaño que tus antepasados establecieron” (Proverbios 22:28), precisamente para sobreedificar y crecer. Y Nehemías muestra cómo la posición vale, la autoridad cuenta y la investidura sirve a su función:
“Esdras abrió el libro ante todo el pueblo, y como él estaba por encima de los presentes, todos lo vieron y prestaron mucha atención” (Nehemías 8:5).
No se puede transmitir una enseñanza, una visión transformadora, generar influencia, provocar un cambio, edificar una vida, en forma eficiente, siendo uno más, estando a la par. Es necesario tomar posición, elevarse, estar más alto, ampliar la visión.
Tendría que ir ahora a las preguntas reflexivas con las que somos confrontados y que nos empujan a tomar una decisión. Pero ¿qué te voy a preguntar?
¿Si estás tomando tu lugar? ¿Si estás siendo influencia? ¿Si entendés tu posición y llamado? ¿Si, como te dije días atrás, estás actuando en función de ese llamamiento?
O también te podría preguntar si te estás poniendo a la par de los demás, si te considerás uno más, si sos uno del montón…
Pero me parece que lo que te voy a preguntar es:
¿Estás cumpliendo tu propósito?
La forma en que te movés, ¿es efectiva? ¿Es eficiente?
El evangelio es una experiencia sobrenatural transformadora que te coloca en una “nueva posición” espiritual que tiene impacto en tu vida natural.
