Una Confrontación que Transforma

Definitivamente, la palabra de Dios tiene un poder confrontativo y transformador.

No en vano la expresión: “el evangelio es una confrontación constante”, porque cuando navegamos en la Palabra, andamos de sopapo en sopapo.

Solía decir tiempo atrás que, cada vez que la lectura me lleva a retomar los evangelios (Mateo, Marcos, Lucas, Juan), me acomoda las ideas que uno va olvidando o dejando pasar.

El AT tiene la particularidad de endurecerte, de tomar las armas, y eso te corre de la gracia de Jesús. Entonces, cuando leés: “poné la otra mejilla…” (Lucas 6:29), te quedás con la boca abierta, porque cambia tu “filosofía” de vida.

(De eso hablamos anoche: de las filosofías que aceptamos y adoptamos, pero que, en definitiva, están opuestas al plan de Dios y a la ley de Cristo).

Viví experiencias sobrenaturales por medio de la Palabra de Dios. Tal vez por eso me volví un fanático de la Biblia, al punto de tener que aclarar cada tanto: “no, no soy bautista”, ¡como si fuera algo malo! ¿No?

Es que algunas de esas “filosofías” que se metieron en la iglesia se atrevieron a decir que “la Biblia pasó de moda” y pretenden reemplazarla con autoayuda y coaching

Pero no, la Biblia fue, es y seguirá siendo la Palabra de Dios. ¿Te olvidaste que Jesús dijo: “De cierto les digo que, mientras existan el cielo y la tierra, no pasará ni una jota ni una tilde de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:18)?
O: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.” (Mateo 24:35).
O Isaías: “La hierba se seca, y la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre.” (Isaías 40:8).

Pero mejor aún Hebreos, cuando levanta la espada diciendo: “La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos, pues penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (Hebreos 4:12).

Así, la Palabra de Dios tiene el poder de transformar. Cuando Nehemías encaró el proceso de restaurar el orden de la ciudad, administrativo y espiritual, lo que lo llevó a sacar funcionarios, reponer sacerdotes, ¡expulsar extranjeros y dividir familias!, fue promovido por la lectura de la Palabra de Dios:

“Aquel día se volvió a leer la ley de Moisés, y cuando el pueblo la escuchó, se dio cuenta de que los amonitas y los moabitas no podían ser parte del pueblo de Dios…” (Nehemías 13:1).

No podés seguir siendo el mismo ante un encuentro con Dios. No podés seguir pensando y/o actuando igual al toparte con su Palabra. Te confronta, te choca, te expone, te cambia…

¿Será por eso que a veces la evitamos?
¿Será por eso que el diablo nos presenta mil alternativas distintas?
¿Será por eso que cuesta leer, cansa leer, te pesan los ojos?
¿Será por eso que, al ser confrontado, salta el “no entiendo”, o “es anticuada”?

Por más vueltas que le demos, la Palabra sigue siendo el sustento de todo. Dijo también el autor de Hebreos: “Por la fe entendemos que Dios creó el universo por medio de su palabra…” (Hebreos 11:3).

¿Fuiste confrontado alguna vez?
¿Hay algún texto o pasaje que te haya llevado al cambio?
¿Tenés algún verso favorito? (O más de uno).

El evangelio, señoras y señores, es una confrontación constante.

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