Si bien el pasaje del que vamos a charlar es puntualmente específico para la Cena del Señor, no solo no se limita a eso, sino que es un principio de aplicación para la vida cristiana. Ese es el punto: vida cristiana.
En estas últimas semanas estamos siendo muy confrontados. Tal vez no, capaz soy el único confrontado, pero en cada reunión, en cada devocional, en cada prédica que escucho o recibo y en cada ministración en la que Dios habla, aparecen piedras en los zapatos, de esas que te molestan y necesitás hacer algo, que no te permiten seguir así.
Decía ayer que cada vez que nos encontramos con el Señor y con su Palabra somos confrontados. A Nehemías y al pueblo de entonces les pasó: se dieron cuenta de que no estaban marchando por el lugar correcto y tuvieron que pegar un volantazo, un gran “recalculando” versión siglo V a.C., que los llevó a tomar decisiones drásticas (Nehemías 13:1).
Y me gusta que haya una confrontación. Es bueno ser confrontado. Son buenas las piedras en los zapatos, así como las chinches en la silla o, para ser más suave, un sillón que no sea tan cómodo como para relajarte en él.
La incomodidad es el principio del progreso, porque ¿qué invento habría aparecido si no fuera para generar mayor comodidad y practicidad en algo que ya existía? Desde la rueda hasta la IA, todo contribuye a un (supuesto) mejor nivel de vida: mayor comodidad, menor esfuerzo personal. El tipo que inventó el clip sujetapapeles… ¿pensás que fue una gran obra de ingeniería pensando en el cambio climático, el agujero de ozono y las emanaciones de carbono? No. Fue para simplificar la manera de agrupar expedientes.
Entonces, cada vez que Dios nos incomoda es para llevarnos a algo mejor. En el momento es molesto, pero cumple su función. Como tenemos la tendencia a “achancharnos”, acomodándonos en algún lugar, Dios tiene que mover el piso, así como el “águila que agita la nidada” (Deuteronomio 32:11). Para que la iglesia primitiva, por ejemplo, empezara a expandir el evangelio, tuvo que mandar persecución; de tal manera, los cristianos invadieron todo el Asia Menor.
Por eso, ¡bienvenidas sean las incomodidades y la confrontación! (Mientras escribo esto pienso en cómo vamos a hacer para acomodar a la gente en el aniversario o en la próxima Semana Santa si no conseguimos un lugar más grande… la incomodidad te empuja a algo mejor).
¿Y en qué estamos siendo confrontados? En reconocer que Dios es Dios. En entender que el evangelio no es un ritual, una costumbre, una tradición. En darnos cuenta de que cuando nos reunimos no es “solamente” para pasar un buen momento, sino para ser transformados, empujados, enviados a impactar y transformar.
El evangelio es una confrontación constante…
Cuando Pablo les habla a los corintios acerca del momento de compartir la Cena del Señor, ese momento de conmemorar el pacto de sangre y el pacto de la cruz, les dice:
“…el que come y bebe de manera indigna, y sin discernir el cuerpo del Señor, come y bebe para su propio castigo.” (1 Corintios 11:29)
La clave está en discernir. ¿Qué es discernir? Entender, juzgar, reconocer, identificar, evaluar. Dice la RAE: “Distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas. Conocer, distinguir por medio del intelecto.”
Discernir. No es lo mismo “chicha que limonada”, dice un viejísimo refrán. Evitar que “te metan gato por liebre” y darte cuenta de que “la mona, aunque se vista de seda, mona queda”.
No, no es lo mismo. No es lo mismo tomar la iglesia como un club social, una reunión de tupper o terapia grupal, que ir a adorar a Dios.
No es lo mismo solo escuchar una conferencia que escuchar la Palabra de Dios.
No es lo mismo presenciar un concierto que abrir tu corazón en adoración.
No es lo mismo. El evangelio es una confrontación constante.
